La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– Pues mira a Mammy -dijo Marie-; creo que es muy egoísta por su parte dormir bien por las noches; sabe que necesito cuidados casi cada hora, cuando me llegan los peores ataques, y, sin embargo, ¡cuesta tanto despertarla! Estoy mucho peor esta mañana por los esfuerzos que tuve que hacer anoche para despertarla.
– -¿No ha pasado muchas noches levantada contigo últimamente, mamá? -dijo Eva.
– ¿Cómo lo sabes tú? -preguntó Marie ásperamente-. Se habrá quejado, supongo.
– No se quejó. Sólo me contó que habías pasado muy mala noche, varias noches seguidas.
– ¿Por qué no dejas que Jane o Rosa la reemplacen durante una noche o dos -dijo St. Clare- para que ella descanse?
– ¿Cómo puedes proponer tal cosa? -dijo Marie-. St. Clare, eres de lo más desconsiderado. Estoy tan nerviosa que cualquier susurro me molesta, y una mano extraña me volvería loca del todo. Si Mammy tuviera el interés por mí que debiera, se despertaría más fácilmente, ya lo creo. He oído hablar de personas que han tenido a criados así, pero yo no tengo tanta suerte y Marie suspiró.
La señorita Ophelia había escuchado la conversación con un aire de gravedad astuta y observadora; y permaneció con los labios fuertemente apretados como si estuviera empeñada en averiguar exactamente qué terreno pisaba antes de comprometerse.
– Ahora bien, Mammy posee una especie de bondad -dijo Marie-; es dócil y respetuosa, pero en el fondo es egoísta. Nunca para de inquietarse y de preocuparse por ese marido suyo. Veréis, cuando me casé y vine a vivir aquí, la tuve que traer conmigo, pero mi padre no podía prescindir de su marido. Era herrero y, naturalmente, le hacía mucha falta; y yo pensé en ese momento, y así lo dije, que lo mejor era que él y Mammy se olvidaran el uno del otro puesto que era poco probable que nos viniera bien que volviesen a vivir juntos. Ojalá hubiese insistido más y hubiese casado a Mammy con otro; pero fui tonta e indulgente y no quise insistir. Le dije a Mammy entonces que no debía esperar verlo sino una o dos veces más en su vida, porque el aire de la casa de mi padre no me sienta bien, y no puedo ir allí; y le aconsejé que se juntara con otro, pero no quiso. Mammy es un poco obstinada a veces, pero nadie más que yo se da cuenta de ello.
– ¿Tiene hijos? -preguntó la señorita Ophelia.
– Sí; tiene dos.
– Supongo que le duele estar separada de ellos.
– Bien, naturalmente no me los pude traer. Eran unos críos muy sucios, y no podía tenerlos por aquí; además, la entretenían demasiado; y creo que Mammy siempre lo ha tomado a mal. No se quiere casar con ningún otro y estoy convencida de que, aunque sabe la falta que me hace y lo mala que es mi salud, volvería con su marido mañana si tuviera oportunidad. Ya lo creo que sí -dijo Marie-. Así de egoístas son, incluso los mejores.
– Es triste pensarlo -dijo St. Clare secamente.
La señorita Ophelia lo miró intensamente y vio su rubor de mortificación y desazón y sus labios sarcásticamente torcidos cuando habló.
– Ahora bien, Mammy siempre ha sido mi favorita -dijo Marie-. Quisiera que algunas criadas del Norte echaran un vistazo a su guardarropa: tiene colgados vestidos de seda y muselina y hasta uno de auténtica batista de lino. He trabajado tardes enteras a veces bordándole gorros y preparándola para ir a una fiesta. En cuanto a malos tratos, no sabe lo que son. No la han azotado más de una o dos veces en su vida. Toma café fuerte o té todos los días con azúcar blanco. Desde luego es una aberración; pero St. Clare se empeña en que se lo pasen en grande ahí abajo y cada uno de ellos hace lo que le da la gana. El caso es que nuestros criados están demasiado consentidos. Supongo que es en parte culpa nuestra que sean egoístas y se comporten como niños malcriados, pero me he cansado de hablar de ello con St. Clare.
– Y yo también -dijo St. Clare, cogiendo el periódico de la mañana.
La bella Eva había escuchado a su madre con esa expresión de seriedad profunda y mística que le era peculiar. Se acercó suavemente a la silla de su madre y le rodeó el cuello con sus brazos.
– Bien, Eva, ¿qué quieres ahora? -preguntó Marie.
– Mamá, ¿puedo cuidarte yo una noche, sólo una? Sé que no te pondría nerviosa y no me dormiría. A menudo me quedo despierta por las noches pensando…
– ¡Tonterías, hija, tonterías! -dijo Marie-. ¡Eres una niña tan extraña!
– Pero, ¿me dejas, mamá? Creo -dijo tímidamente que Mammy no está bien. Hace poco me ha dicho que le duele la cabeza todo el tiempo.
– ¡Ésa es una de las manías de Mammy! Mammy es igual que los demás, arma escándalo por cada dolorcito de cabeza o de dedo. ¡No podemos consentirlo! Tengo principios sobre este asunto -dijo, volviéndose hacia la señorita Ophelia-; te darás cuenta de que es necesario. Si alientas a los criados a que se dejen llevar por cada sensación desagradable y se quejen de cada achaque, no te darán tregua. Yo nunca me quejo; nadie sabe lo que sufro. Considero que es mi deber aguantarlo en silencio y eso es lo que hago.
Los ojos redondos de la señorita Ophelia delataron un franco asombro ante esta perorata, que a St. Clare le pareció tan ridícula que estalló a reír a carcajadas.
– Siempre se ríe St. Clare cuando hago la más mínima alusión a mi mala salud -dijo Marie con voz de mártir atormentado-. ¡Espero que no llegue el día en que se acuerde de ello! y Marie acercó el pañuelo a sus ojos.
Siguió un silencio algo absurdo. Finalmente se levantó St. Clare, miró el reloj y dijo que tenía un compromiso calle abajo. Eva se marchó detrás de él y la señorita Ophelia y Marie se quedaron solas en la mesa.
– Esto es típico de St. Clare -dijo ésta, guardándose el pañuelo con un gesto algo fogoso ahora que no estaba delante el criminal al que pretendía afectar-. Nunca se da cuenta, no quiere, no le da la gana darse cuenta de lo que sufro y llevo años sufriendo. Si yo fuera de las que se quejan, o si diera importancia a mis males, estaría justificado. Los hombres se cansan, naturalmente, de las esposas quejumbrosas. Pero yo me guardo las cosas para mí y me aguanto hasta tal extremo que he hecho creer a St. Clare que puedo aguantar cualquier cosa.
La señorita Ophelia no sabía exactamente lo que debía responder a esto.
Mientras pensaba en algo que decir, Marie se enjugó las lágrimas y se compuso poco a poco como si fuese una paloma alisándose el plumaje tras un chaparrón; inició una conversación doméstica con la señorita Ophelia, sobre armarios, roperos, planchas, almacenes y otros asuntos de los que iba a hacerse cargo esta última de común acuerdo; y le dio tal cantidad de instrucciones y recomendaciones precavidas que hubieran mareado y confundido totalmente una cabeza menos sistemática y práctica que la de la señorita Ophelia.
– Y ahora -dijo Marie-, creo que te lo he dicho todo; así que, cuando me llegue el próximo ataque, podrás hacerte cargo perfectamente, sin consultarme, excepto en el caso de Eva, que necesita vigilancia.
A mí me parece que es una niña muy, muy buena -dijo la señorita Ophelia-; nunca he conocido a otra mejor.
– Eva es rara -dijo su madre-; muy rara. Tiene unas cosas tan extrañas; no se parece nada a mí y Marie suspiró, como si esta consideración fuera realmente melancólica.
La señorita Ophelia dijo para sí: «Espero que no», pero tuvo la prudencia de no decirlo en voz alta.
– A Eva siempre le ha gustado estar con los negros, y yo creo que eso está muy bien para algunos niños. Yo jugaba siempre con los pequeños negros de mi padre y nunca me hizo ningún daño. Pero Eva siempre se pone al mismo nivel que todas las criaturas que se acercan a ella. Es una cosa extraña de la niña. Nunca he podido quitarle la costumbre. Y creo que St. Clare le anima a ello. El caso es que St. Clare mima a todas las criaturas bajo este techo menos a su esposa.