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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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– Bien, espero que sí. ¿Cómo te llamas? ¿Tom? Es más probable que lo haga si lo pides tú que si lo pido yo. ¿Sabes conducir caballos, Tom?

– Estoy acostumbrado a los caballos desde siempre -dijo Tom-. El señor Shelby los criaba a montones.

– Bien, entonces creo que te pondré de cochero, con la condición de que no te emborraches más de una vez por semana, excepto en caso de emergencia, Tom.

Tom puso cara de sorprendido y algo ofendido y respondió:

– Nunca bebo, amo.

– He oído esa historia antes, Tom; pero ya veremos. Prestarás un gran servicio a todos nosotros, si es así. No te preocupes, muchacho -añadió de buen humor, al ver que Tom seguía serio-; no dudo que tengas buenas intenciones.

– Ya lo creo que las tengo -dijo Tom.

– Y lo pasarás bien -dijo Eva-; papá trata muy bien a todo el mundo; sólo se ríe de ellos.

– Papá te agradece tus recomendaciones -dijo St. Clare, riéndose al darse la vuelta para marcharse.

CAPÍTULO XV

SOBRE EL NUEVO AMO DE TOM
Y VARIOS OTROS ASUNTOS

Ya que el hilo de la vida de nuestro modesto héroe se ha entretejido con el de personas más importantes, hay que hacer una breve presentación de éstas. Augustine St. Clare era hijo del rico dueño de una plantación de Luisiana. La familia era originariamente del Canadá. De los dos hermanos, muy parecidos en temperamento y en carácter, uno se había instalado en una próspera granja en Vermont y el otro se convirtió en un opulento plantador de Luisiana. La madre de Augustine era una dama hugonota francesa, cuya familia emigró a Luisiana en los primeros tiempos de su colonización. Augustine y su hermano eran los únicos hijos de sus padres. Como aquél heredó de su madre una constitución delicadísima, lo enviaron durante muchos años de la infancia, a instancias de los médicos, a casa de su tío en Vermont, con el fin de que el clima frío y tonificante le fortaleciera la constitución.

Durante la infancia, lo caracterizaba una marcada y exagerada sensibilidad de carácter, más propia de la ternura de una mujer que de la dureza habitual en su mismo sexo. El tiempo, sin embargo, cubrió esta ternura con la dura corteza de la hombría, y sólo unos pocos sabían que aún yacía latente y viva en su interior. Sus talentos eran de primera clase, aunque su mente se inclinara siempre hacia lo ideal y lo estético y tenía esa repugnancia por las crudas realidades de la vida que es el resultado habitual de esta tendencia de las facultades. Poco después de completar sus estudios universitarios, toda su naturaleza se concentró en la efervescencia intensa y ardorosa de una pasión romántica. Llegó su hora, esa hora que llega sólo una vez; salió su estrella, esa estrella que sale muchas veces en vano, para que se recuerde sólo como algo quimérico; y para él salió en vano. Para dejar a un lado las metáforas, conoció y se enamoró de una mujer noble y bella, de uno de los estados del norte, y se prometieron. Regresó al sur para hacer los preparativos de la boda y, de repente, le devolvieron por correo sus cartas, con una breve nota del tutor de la dama, informándole de que, antes de recibirla, ella ya se habría casado con otro. Incitado a la locura, esperó en vano, como otros muchos han esperado, desterrarla de su corazón con un esfuerzo sobrehumano. Demasiado orgulloso para suplicar o pedir explicaciones, se lanzó a la vorágine de la sociedad de moda y, quince días después de que recibiese la carta fatal, ya era el pretendiente formal de la belleza oficial de la temporada; y en cuanto se pudieron completar los trámites, se convirtió en el marido de un bello cuerpo, un par de brillantes ojos negros y cien mil dólares; y, naturalmente, todo el mundo lo consideró un tipo afortunado.

El matrimonio disfrutaba de su luna de miel y se hallaba celebrando una recepción para un brillante círculo de amigos en su magnífica villa junto al lago Pontchartram, cuando un día le llevaron una carta escrita con esa letra tan bien recordada. Se la entregaron en medio del torbellino alegre y ocurrente de la conversación, en una sala repleta de personas. Se puso mortalmente pálido cuando vio la letra pero mantuvo la compostura y completó el asalto lúdico de chanzas que llevaba a cabo en ese momento con la dama que tenía enfrente; poco después, lo echaron de menos en el círculo. Solo en su habitación, abrió y leyó la carta, que ahora no servía para nada leer. Era de ella, y le contaba con detalle la persecución que había sufrido a manos de la familia de su tutor, para conseguir casarla con el hijo de éste; y narraba cómo, durante mucho tiempo, las cartas de él habían dejado de llegar; cómo ella había escrito una y otra vez, hasta que empezó a cansarse y a dudar; cómo se había resentido su salud por la ansiedad padecida y cómo, por fin, había descubierto todo el fraude a que los habían sometido tanto a él como a ella. La carta acababa con una nota de esperanza y gratitud y profesiones de amor eterno, más amargas para el desgraciado joven que la muerte. Le escribió inmediatamente:

«He recibido la tuya… demasiado tarde. Creí todo lo que me dijeron. Estaba desesperado. Estoy casado, y todo ha terminado. Sólo te queda olvidar, es lo único que nos queda a los dos.»

Así terminó el romance y el ideal de vida para Augustine St. Clare. Pero quedaba lo real, como el barro desnudo, liso y húmedo que queda cuando se retira la ola azul y centelleante, con toda la compañía de barcos deslizantes con sus velas blancas como alas y la música de los remos y las aguas cantarinas: ahí se queda el barro, liso, yermo y viscoso, demasiado real.

Por supuesto en una novela las personas se rompen los corazones y mueren y ahí acaba todo; en un cuento, así es como debe ser. Pero en la vida real no morimos cuando se muere lo único que nos ilumina la vida. Aún tenemos que soportar unas sesiones muy ajetreadas de comer y beber, vestimos, caminar, comprar, vender, hablar, leer y todo lo que configura lo que se suele llamar vivir; a Augustine le quedaba esto aún. Si su esposa hubiera sido una mujer completa, aún podría haber hecho algo -como lo saben hacer las mujeres- para recomponer los hilos rotos de su vida y tejerlos en una tela luminosa. Pero Marie St. Clare ni siquiera se dio cuenta de que se hubiesen roto. Como hemos apuntado antes, era un bello cuerpo, un par de magníficos ojos y cien mil dólares; y ninguno de estos artículos era apto para auxiliar una mente enferma.

Cuando encontraron a Augustine tumbado en el sofá, pálido como la muerte, y dijo que la causa de su aflicción era un dolor de cabeza, ella le recomendó que oliese amoníaco; y cuando la palidez y el dolor de cabeza persistieron semana tras semana, sólo dijo que no había creído que el señor St. Clare fuera delicado; pero parece ser que era muy propenso a las jaquecas, y que era muy mala suerte para ella, porque a él no le apetecía salir con ella y parecía raro que saliese ella sola cuando hacía tan poco que se habían casado. En el fondo se alegraba Augustine de haberse casado con una mujer tan poco perspicaz; pero cuando desaparecieron el lustre y las cortesías de la luna de miel, descubrió que una bella joven que ha vivido toda su vida para que la mimaran y sirvieran los demás podría resultar ser un ama de casa difícil. Marie nunca había poseído gran capacidad de cariño ni mucha sensibilidad y lo poco que poseía se había trocado en un egoísmo muy fuerte e inconsciente, un egoísmo absolutamente irremediable por su estupidez y su ignorancia de cualquier necesidad que no fuera la propia. Desde la infancia había vivido rodeada de criados cuya única misión era hacer realidad sus caprichos; nunca se le había ocurrido, ni remotamente, que ellos pudieran tener derechos o sentimientos. Su padre, de quien era hija única, jamás le había negado nada que fuera humanamente posible concederle; y cuando llegó a la vida adulta, una heredera bella e instruida, tenía a todos los buenos partidos y a los menos buenos rendidos a sus pies, y no dudaba que Augustine era un hombre afortunado por haberla conseguido. Es un gran error suponer que una mujer sin corazón sea fácil de contentar en los asuntos amorosos. No existe sobre la tierra un ser más despiadado a la hora de exigir el cariño de los demás que una mujer totalmente egoísta; y cuanto menos bella se va haciendo, con más celos e intransigencia demanda el amor, hasta la última gota. Por lo tanto, cuando St. Clare empezó a descuidar las galanterías y las pequeñas atenciones que abundaban al principio por la costumbre de la conquista, descubrió que su sultana no estaba nada dispuesta a perder a su esclavo; hubo gran cantidad de lágrimas, pucheros y pequeñas tormentas además de disgustos, suspiros y reproches. St. Clare era generoso y poco dispuesto a sufrir, e intentaba aplacarla con regalos y halagos; y cuando Marie dio a luz una bella hija, sintió realmente despertar dentro de él, durante algún tiempo, algo parecido a la ternura.

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