La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– A los negros -dijo St. Clare-; es demasiado para ti, ¿eh?
– Pues, sí, eso es. ¿Cómo puede hacerlo ella?
St. Clare se rió al salir al corredor. -¡Hola, hola! ¿Qué pasa aquí fuera? Eh, vosotros, Mammy, Jimmy, Polly, Sukey, ¿estáis contentos de ver al amo? -dijo, al pasar de uno a otro dándoles la mano-. Cuidado con los bebés -añadió, al tropezar con un niño del color del hollín que andaba a gatas-. Si piso a alguien, que me lo diga.
Hubo muchas risas y bendiciones para el amo, mientras St. Clare distribuía entre ellos algunas monedas.
– Bien, marchaos ya, como buenos muchachos dijo; y toda la compañía oscura y clara, desapareció por una puerta que daba a un gran porche, seguidos de Eva, que llevaba una gran bolsa que había llenado con manzanas, frutos secos, caramelos, cintas, encajes y juguetes de todo tipo durante su viaje de vuelta a casa.
Cuando St. Clare se giró para regresar, posó su mirada en Tom, que estaba de pie inquieto, descansando el peso primero en un pie y luego en el otro, mientras Adolph se apoyaba indiferente en la barandilla, escudriñando a Tom a través de unos gemelos de teatro, con un aire digno del dandi más importante del mundo.
– ¡Mira al pisaverde! -dijo su amo, quitándole los gemelos de un manotazo-. ¿Es ésa forma de tratar a un compañero? Me parece a mí, Dolph -dijo, tocando el elegante chaleco de raso que llevaba Adolph-, me parece a mí que este chaleco es mío.
– ¿Qué, amo, este chaleco todo manchado de vino? Por supuesto que un caballero como el amo nunca se pondría un chaleco así. Tenía entendido que me lo había de quedar yo. Está bien para un pobre negro como yo.
Y Adolph movió la cabeza y pasó los dedos por el cabello perfumado con gran elegancia.
– Conque así están las cosas, ¿eh? -dijo displicente St. Clare-. Bien, pues yo voy a llevar a este Tom ante el ama para enseñárselo y después te lo llevas tú a la cocina y cuidado con darte aires ante él. El vale por dos pisaverdes como tú.
– El amo siempre está bromeando -dijo Adolph, riendo-. Me alegro de verlo de tan buen humor.
– Por aquí, Tom -dijo St. Clare, haciéndole un gesto de que se acercase.
Tom entró en la habitación. Miró pensativo las alfombras de terciopelo y los esplendores indescriptibles de los espejos, cuadros, estatuas y cortinas y, como la reina de Saba ante Salomón, se quedó sin ánimos. Parecía temeroso incluso de posar los pies en el suelo.
– Mira, Marie -dijo St. Clare a su esposa-, por fin te he traído a un cochero en regla. Te digo que es como un enterrador por su negrura y sobriedad y te llevará como si fueras a un funeral, si así lo deseas. Abre los ojos, pues, y míralo. Y no digas que no pienso en ti cuando estoy fuera.
Marie abrió los ojos y los fijó, sin levantarse, sobre Tom.
– Sé que se emborrachará -dijo.
– No, me han garantizado que es un hombre pío y abstemio.
– Pues espero que dé buen resultado -dijo la dama-, aunque no lo creo.
– Dolph -dijo St. Clare-, acompaña a Tom abajo; y ¡cuidado! -añadió-. Acuérdate de lo que te he dicho. Adolph se adelantó con elegancia y Tom lo siguió con andares toscos.
– ¡Es un perfecto monstruo! -dijo Marie.
– Vamos, vamos, Marie -dijo St. Clare, sentándose en un escabel a sus pies junto al sofá-, sé amable y dime algo agradable.
– Has tardado quince días más de lo previsto -dijo la dama, haciendo pucheros.
– Pero te escribí explicándote el motivo.
– Una carta tan corta y fría -dijo la dama.
– ¡Vaya por Dios! Se iba el correo y tenía que ser esa carta o ninguna.
– Siempre es igual -dijo la señora-; siempre hay alguna excusa para hacer más largos tus viajes y más cortas tus cartas.
– Vamos, vamos -añadió él, sacando del bolsillo un elegante estuche de terciopelo y abriéndolo-, aquí tienes un regalo que te compré en Nueva York.
Era un daguerrotipo, claro y suave como un grabado, de Eva y su padre sentados cogidos de la mano.
Marie lo contempló con aire insatisfecho.
– ¿.Por qué estás sentado en una postura tan incómoda? -preguntó.
– Bien, la postura puede ser cuestión de opinión, pero, ¿qué opinas del parecido?
– Si no te importa mi opinión sobre una cosa, supongo que tampoco te importará sobre la otra -dijo la dama, cerrando el daguerrotipo.
«¡Maldita mujer!» dijo mentalmente St. Clare; pero en voz alta añadió: -Vamos, Marie, ¿qué me dices del parecido? No seas tonta, vamos.
– Eres muy desconsiderado, St. Clare -dijo la dama- al insistir en que hable y mire cosas. Sabes que estoy con jaqueca todo el día, y ha habido tal escándalo desde que habéis llegado que estoy medio muerta.
– ¿Eres propensa a las jaquecas, prima? -preguntó la señorita Ophelia, emergiendo de pronto desde el fondo de un gran sillón donde estaba sentada en silencio, haciendo inventario de los muebles y calculando su precio.
– Sí, soy una verdadera mártir de las jaquecas -dijo la dama.
– El té de enebrina es bueno para los dolores de cabeza -dijo la señorita Ophelia-; por lo menos, así lo decía Auguste, la esposa del diácono Abraham Perry, y ella era una gran enfermera.
– Haré que recojan del jardín junto al lago las primeras enebrinas que maduren para ese propósito -dijo St. Clare, tocando la campanilla al mismo tiempo-; mientras tanto, prima, debes de tener ganas de retirarte a tus aposentos para refrescarte un poco, después del viaje. Dolph -añadió-, dile a Mammy que venga -entró un minuto después la respetable mulata a la que Eva había abrazado con tanto embeleso a su llegada, vestida con un turbante alto rojo y amarillo, reciente regalo de Eva, que ésta acababa de colocarle en la cabeza.
– Mammy -dijo St. Clare-, pongo a esta señora bajo tus cuidados; está cansada y necesita reposar; llévala a su habitación y asegúrate de que está cómodamente instalada -y la señorita Ophelia desapareció tras los pasos de Mammy.
CAPÍTULO XVI
Y ahora, Marie -dijo St. Clare-, llega una época dorada para ti. Aquí está nuestra prima práctica y eficiente de Nueva Inglaterra, que te quitará todo el peso de la economía doméstica de los hombros para que tengas tiempo de reponer fuerzas y ponerte más joven y guapa. La ceremonia de entrega de llaves debe llevarse a cabo enseguida.
Este comentario se hizo en la mesa del desayuno, unos días después de la llegada de la señorita Ophelia.
– Se las entrego encantada -dijo Marie, apoyando la cabeza lánguidamente en la mano-. Creo que se enterará de una cosa, y es que las amas somos las esclavas en estas partes.
– Oh, seguro que se enterará de eso, y una multitud más de verdades suculentas, sin duda -dijo St. Clare.
– Y luego hablan de que tenemos esclavos, como si lo hiciéramos por nuestra comodidad -dijo Marie-. Si lo hiciéramos por eso, los soltaríamos a todos en el acto.
Evangeline fijó sus grandes ojos serios en el rostro de su madre con una expresión seria y perpleja y le preguntó simplemente: -¿Y para qué los tienes, mamá?
– La verdad es que no lo sé, excepto para fastidiarme. Son una plaga en mi vida. Creo que tienen más culpa de mi mala salud que ninguna otra cosa; y sé que los nuestros son la peor plaga que nadie haya tenido jamás.
– Oh, vamos, Marie, estás alicaída esta mañana -dijo St. Clare-. Sabes que eso no es verdad. Si Mammy es la mejor persona del mundo. ¿Qué sería de ti sin ella?
– Mammy es la mejor de todos los que conozco -dijo Marie-, pero incluso Mammy es egoísta, terriblemente egoísta: ése es el defecto de toda su raza.
– El egoísmo es un defecto horrible -dijo St. Clare, muy serio.