La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
En la cubierta inferior estaba sentado nuestro amigo Tom con los brazos cruzados, dirigiendo de vez en cuando unas miradas ansiosas a un grupo de personas que se hallaba al otro lado del barco.
Allí estaba la bella Evangeline, algo más pálida que el día anterior pero por lo demás sin mostrar ninguna huella del accidente que había sufrido. A su lado había un joven elegante y de proporciones armoniosas, con el codo apoyado de forma displicente en una bala de algodón y una gran libreta abierta delante de él. Era evidente, sólo con mirarlo, que se trataba del padre de Evangeline. Tenía la misma forma noble de cabeza, los mismos ojos grandes y azules; sin embargo, la expresión era totalmente diferente. En los grandes ojos límpidos y azules de él, aunque tenían exactamente la misma forma y el mismo color, faltaba la profundidad de expresión soñadora y romántica; todo era claro, gallardo y luminoso, pero con una luz totalmente de este mundo; la boca de bellas proporciones tenía una expresión orgullosa y un poco sarcástica, mientras que cada uno de los elegantes movimientos de su bello cuerpo delataba, no sin gracia, un aire de despreocupada superioridad. Estaba escuchando con un aire festivo e indiferente, mitad cómico, mitad desdeñoso, a Haley, que se explayaba volublemente sobre las cualidades de la mercancía por la que regateaban.
– ¡Todas las virtudes morales y cristianas encuadernadas en tafilete negro! -dijo cuando terminó Haley-. Entonces, mi buen hombre, ¿cuánto he de soltar, como dicen en Kentucky? En otras palabras, ¿cuánto hay que pagar por este asunto? ¿Cuánto dinero me va a timar usted? Dígamelo.
– Bien -dijo Haley-, si dijera mil trescientos por este tipo, sólo cubro las pérdidas, y ésa es la pura verdad.
– ¡Pobre! -dijo el joven, mirándolo con ojos burlones-; pero supongo que me lo dará por esa cantidad por el aprecio que me tiene, ¿eh?
– Pues, la damita parece estar empeñada en ello, y es natural.
– Oh, desde luego, ése es el motivo de su benevolencia, amigo mío. Ahora bien, como cuestión de caridad cristiana, ¿cuál es el precio más barato por el que está dispuesto a darlo, para hacerle un favor a una jovencita que está prendada de él?
– Bueno, piénselo simplemente -dijo el tratante-; mire esas extremidades solamente, y es ancho de pecho y fuerte como un toro. Mire su cabeza: esas frentes despejadas son típicas de los negros pensadores, que sirven para todo tipo de cosas. Ya me he dado cuenta. Ahora, pues, un negro de esta corpulencia y este peso vale mucho, podríamos decir, sólo por el cuerpo, si no es inteligente; pero si tenemos en cuenta sus facultades intelectuales, que puedo demostrar que están fuera de lo común, pues, entonces, vale más. Si este tipo llevaba toda la granja de su amo. Tiene un talento excepcional para los negocios.
– ¡Malo, malo: sabe demasiado! -dijo el joven, con la misma sonrisa burlona en los labios-. No puede ser. Los tipos listos siempre se largan, roban caballos y dan guerra de mil maneras. Creo que tendrá que descontar un par de cientos por su inteligencia.
Pues podría tener algo de razón si no fuera por su carácter; pero le puedo enseñar referencias de su amo y de otras personas para demostrar que es un verdadero santo, la criatura más humilde, pía y beata que haya visto usted nunca. Si lo llamaban predicador en esas partes de donde procede.
– Y podría utilizarlo como capellán de la familia, supongo -dijo secamente el joven-. ¡Qué buena idea! La religión es un artículo que escasea en nuestra casa.
– Bromea usted.
– ¿Cómo lo sabe? ¿No acaba usted de afirmar que él es predicador? ¿Ha pasado el examen del sínodo o del concilio, acaso? Vamos, muéstreme los papeles.
Si el tratante no hubiera estado convencido, gracias a un guiño de buen humor en los grandes ojos, de que todas estas chanzas resultarían ser, a la larga, cuestión de dinero, puede que se hubiese impacientado un poco. Pero dadas las circunstancias, apoyó una cartera grasienta sobre las balas de algodón y se puso a estudiar ansiosamente algunos papeles que sacó de ella, mientras el joven se quedó de pie junto a él, mirándolo con un aire de suelta y desenfadada jocosidad.
– ¡Cómpralo, papá, no importa cuánto pagues! -susurró Eva dulcemente, encaramándose en una caja y rodeando el cuello de su padre con los brazos-. Sé que tienes bastante dinero, y lo quiero.
– ¿Para qué, gatita? ¿Vas a usarlo como cascabel o como caballo de balancín o qué?
– Quiero hacerle feliz.
– Desde luego es un motivo original.
En este punto el tratante le tendió un certificado, firmado por el señor Shelby, que cogió el joven con la punta de sus largos dedos y miró despreocupado por encima.
– Una letra señorial -dijo- y buena ortografia también. Bueno, pues, no estoy muy seguro, después de todo, por este asunto de la religión -dijo, con una expresión maliciosa de nuevo en los ojos-; el país está al borde de la ruina por culpa de los beatos blancos: los políticos tan beatos que tenemos antes de las elecciones, los tejemanejes beatos que tienen lugar en todos los departamentos de la iglesia y del estado, que uno no sabe quién va a ser el próximo en engañarle. Tampoco estoy muy seguro de que la religión esté en alza en este momento en el mercado. No he mirado su cotización en bolsa últimamente en el periódico. ¿Cuántos cientos de dólares me ha sumado por el asunto de la religión?
– Me parece que está usted bromeando -dijo el tratante-; pero tiene sentido lo que dice. Sé que hay diferencias en la religión. Algunos tipos son mezquinos; algunos celebran reuniones pías; otros cantan a voz en grito; en aquellos casos no hay diferencias entre blancos y negros pero en éstos, ya lo creo que las hay; lo he visto muchas veces en los negros, que se vuelven poco a poco tan tranquilos, honrados y píos que nada en el mundo podría tentarles a hacer nada que consideren que está mal; y ya ve usted en esta carta lo que dice de Tom su antiguo amo.
– Ahora -dijo el joven, inclinándose muy serio para mirar su libreta de facturas- si usted me asegura que puedo comprar esta clase de piedad, y que me lo apuntarán a mi cuenta en el libro de allá arriba como algo de mi propiedad, no me importa si pago un poco más por ella. ¿Qué me dice?
– Pues no puedo hacer eso -dijo el tratante-. Creo que cada uno tendrá que velar por sus propios intereses en ese lugar.
– Eso es un poco injusto para quien paga más por la religión, si no puede canjearlo en el lugar que más le interesa, ¿no es verdad? -dijo el joven, que había estado contando un fajo de billetes mientras hablaba-. ¡Ahí tiene, cuente su dinero, amigo! -añadió, ofreciendo el fajo al tratante.
– De acuerdo -dijo Haley, con una gran sonrisa de satisfacción; y sacando un viejo tintero de cuerno, se puso a hacer un contrato de venta que ofreció al joven caballero unos instantes después.
– Me pregunto yo, si me parcelaran e me hicieran inventario, cuánto darían por mí -dijo éste mientras leía el documento-. Digamos tanto por la forma de la cabeza, tanto por la frente despejada, tanto por los brazos y las manos y las piernas y después tanto por la educación, la cultura, el talento, la honradez y la religión. ¡Dios me ampare, poco cobrarían por lo último, me parece! Pero vamos, Eva,-dijo; y cogiendo de la mano a su hija, cruzó el barco, puso de forma desenfadada la punta del dedo bajo la barbilla de Tom y le dijo-: ¡Ánimo, Tom! Veremos si te gusta tu nuevo amo.
Tom levantó la mirada. No estaba en su naturaleza contemplar aquella cara alegre, joven y guapa sin experimentar placer; y Tom sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas cuando dijo de corazón:
– ¡Que Dios le bendiga, amo!