La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– Bien, prima Vermont, supongo que estás preparada.
– Hace casi una hora que estoy preparada y esperando -dijo la señorita Ophelia-; empezaba a preocuparme por ti.
– Eres una chica lista -dijo él-. Bien, nos espera el coche, y se ha dispersado la multitud, de manera que ya podemos salir como cristianos decentes, sin que nos empujen y zarandeen. Toma -dijo a un cochero que estaba detrás de él-, llévate estas cosas.
– Iré a ver cómo las carga -dijo la señorita Ophelia.
– ¡Bah, prima! ¿Para qué? -dijo St. Clare.
– En todo caso, me llevaré esto y esto y esto -dijo la señorita Ophelia, apartando tres cajas y una maleta.
– Querida señorita Vermont, debes olvidarte un poco de tus costumbres norteñas ahora. Debes adoptar aunque sea un poquito de los principios sureños y no caminar con todo ese peso. Te tomarán por una camarera; dáselos a este individuo; él los cogerá como si fueran huevos.
La señorita Ophelia miró desesperada mientras su primo la desembarazaba de todos sus tesoros y se alegró cuando se reunió de nuevo con ellos, en perfecto estado, en el carruaje.
– ¿Dónde está Tom? -preguntó Eva.
– Está en la parte de fuera, gatita. Voy a dárselo a mamá como ofrenda de paz, para compensarle por aquel tipo que volcó el coche.
– Oh, Tom será un cochero magnífico, lo sé -dijo Eva-. El no se emborrachará nunca.
El coche se detuvo delante de una mansión antigua, construida con esa extraña mezcla de estilos francés y español de la que hay algunas muestras en algunas zonas de Nueva Orleáns. Estaba construida al estilo árabe: un edificio cuadrado rodeaba un patio, donde penetró el coche a través de una puerta en forma de arco. El patio interior evidentemente se había edificado según un modelo pintoresco y voluptuoso. Amplios pórticos bordeaban los cuatro costados, y sus arcos moros, sus finas columnas y sus motivos arabescos transportaban la mente, como en sueños, al romántico reino oriental de España. En el centro del patio, una fuente lanzaba al cielo sus aguas plateadas, que caían en un rocío incesante a la pila de mármol, rodeada de una ancha franja de aromáticas violetas. El agua de la fuente, diáfana como el cristal, estaba repleta de miríadas de peces dorados y plateados, que se revoloteaban chispeantes como joyas vivientes. Alrededor de la fuente había un sendero pavimentado con un mosaico de piedrecillas formando diversos dibujos fantásticos; y el sendero estaba rodeado de un césped suave como terciopelo verde, que estaba rodeado, a su vez, por el camino de entrada de coches. Dos grandes naranjos, fragantes de azahar, hacían una sombra deliciosa, y, colocadas en círculo en el césped, había macetas de mármol de diseño arabesco que contenían las plantas más exquisitas de los trópicos. Enormes granados, con sus hojas brillantes y sus flores llameantes, jazmines árabes de hojas oscuras con sus estrellas plateadas, geranios, frondosos rosales inclinados bajo el peso de sus abundantes flores, jazmines dorados, verbena con olor a limón, todos juntaban sus flores y sus aromas, mientras que se veían aquí y allá unos viejos áloes místicos, con sus extrañas hojas gigantescas, como ancianos magos sentados con peculiar pompa entre flores más delicadas y olores más fugaces.
Los pórticos que bordeaban el patio estaban adornados con cortinas de alguna especie de tejido árabe que se podían correr para tapar los rayos de sol. En conjunto, el lugar tenía un aspecto lujoso y romántico.
Al aproximarse el coche, Eva parecía un pájaro a punto de escaparse de su jaula, por la fuerza salvaje de su gozo.
– ¿No es precioso, magnífico, este queridísimo hogar mío? -dijo a la señorita Ophelia-. ¿No es precioso?
– Es un lugar muy bonito -dijo la señorita Ophelia al apearse-; aunque me parece a mí que tiene un aspecto algo pagano.
Tom se bajó del carruaje y miró alrededor con un aire de tranquilo y sereno placer. Los negros, no hay que olvidarlo, son originarios de algunos de los países más maravillosos y exóticos del mundo y tienen, en el fondo de su corazón, una pasión por todo lo que es magnífico, rico y espléndido; pasión que, cuando la ostentan sin refinamiento de gustos, les hace parecer ridículos ante el gusto más frío y rígido de la raza blanca.
St. Clare, que era en el fondo un sibarita poético, sonrió cuando la señorita Ophelia hizo el comentario sobre su hacienda y, volviéndose hacia Tom, que miraba alrededor con su rostro sonriente radiante de admiración, dijo:
– Tom, muchacho, esto parece ser de tu gusto.
– Si, amo, me parece perfecto -dijo Tom.
Todo esto ocurrió en un segundo, mientras se bajaban las maletas, se pagaba al cochero, y una multitud de todas las edades y todos los tamaños, hombres, mujeres y niños salía corriendo de los pórticos inferiores y superiores para ver llegar al amo. En primer lugar había un joven mulato bien atildado, evidentemente un personaje distinguido, vestido a la última moda y blandiendo en la mano un pañuelo de batista perfumado.
Este personaje se estaba esforzando por conducir, con gran rapidez, a todo el rebaño de criados al otro extremo del porche.
– ¡Atrás, todos! Me avergonzáis -dijo con un tono autoritario-. ¿Queréis meter las narices, nada más llegar el amo, en sus relaciones familiares?
Todos pusieron cara de vergüenza al oír este elegante discurso, pronunciado con gran solemnidad, y se quedaron apiñados a una distancia respetuosa, con la excepción de dos gordos mozos de cuerda que se acercaron y comenzaron a llevarse el equipaje.
Gracias a la organización sistemática del señor Adolph, cuando St. Clare se volvió tras pagar al cochero no quedaba nadie más a la vista que el mismo señor Adolph, muy vistoso con su chaleco de raso, su cadena de oro y sus pantalones blancos, que hacía reverencias con una gracia inenarrable.
– Ah, Adolph, ¿eres tú? dijo su amo, ofreciéndole la mano-. ¿Cómo estás, muchacho? -mientras Adolph pronunciaba con gran fluidez un discurso improvisado que llevaba quince días preparando con gran esmero.
– Vaya, vaya -dijo St. Clare, marchándose con su aire habitual de desenfadado humorismo-, eso está muy bien expresado, Adolph. Cuida de que se distribuya correctamente el equipaje. Iré a ver a la gente dentro de un momento -y, diciendo esto, condujo a la señorita Ophelia a un gran salón que daba al porche.
Una mujer alta y cetrina de ojos negros hizo ademán de levantarse de un sofá donde estaba tumbada.
– ¡Mamá! -dijo Eva con una especie de embeleso, echándose a su cuello y abrazándola una y otra vez.
– Ya está bien… ten cuidado, niña… deténte, que me das dolor de cabeza -dijo la madre, tras besarla lánguidamente. Entró St. Clare, abrazó a su esposa de manera ortodoxa y marital y le presentó a su prima. Marie levantó los ojos a su prima con cierto aire de curiosidad y le dio la bienvenida con cortesía apática. Una multitud de criados se agolpaba en torno a la puerta, y entre ellos una mulata de mediana edad y apariencia muy respetable se adelantó trepidante de expectación y alegría.
– ¡Oh, ahí está Mammy! -dijo Eva, cruzando la habitación de un salto; se echó en sus brazos, besándola una y otra vez.
Esta mujer no le dijo que le daba dolor de cabeza sino, al contrario, la abrazó y se rió y lloró hasta el punto de hacer dudar de su cordura; cuando soltó a Eva, ésta se lanzó de uno a otro dándoles la mano y besándolos de tal forma que la señorita Ophelia dijo luego que le revolvió el estómago.
– Bien -dijo la señorita Ophelia-, los niños sureños hacen algo que yo no sería capaz de hacer.
– ¿Y qué es? -preguntó St. Clare.
– Bien, quiero ser amable con todo el mundo y no quisiera hacer daño a nadie, pero en cuanto a besar…