Cita De Amor
- Автор: Кренц Джейн Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:
Augusta emitió un último sollozo, alzó la cabeza e intentó sonreír.
– Sí, claro. Tienes que perdonar mis estúpidas lágrimas. No sé qué me ha pasado. Hoy estaba deprimida. Debe de ser el tiempo.
Harry esbozó una sonrisa burlona y le alcanzó un níveo pañuelo.
– Sin duda. ¿Por qué no te acercas al fuego y te calientas? La tormenta tardará un rato en pasar. Mientras esperamos, podrías contarme tus planes para la fiesta.
– Señor mío, es el tema ideal para distraer a una mujer de temperamento frívolo. Sí, comentemos los preparativos de la fiesta.
– Augusta… -la interrumpió Harry, ceñudo.
– Lo siento, milord. Estaba bromeando. No ha sido justo, teniendo en cuenta que tratabas de consolarme. -Se puso de puntillas y le dio un beso en la mandíbula-. Primero te contaré el menú que he preparado para la cena, después el baile.
Harry sonrió manteniendo la expresión atenta.
– Ha pasado mucho tiempo desde el último baile que se organizó en Graystone. Me cuesta imaginarlo.
Los invitados comenzaron a llegar a primera hora de la tarde, el día indicado. Augusta se zambulló en el papel de anfitriona organizando el tráfico en las escaleras, consultando a los criados de la cocina y distribuyendo los dormitorios.
Meredith no se apartaba de su lado; la mirada seria de la niña lo absorbía todo, tal como la correcta preparación de los dormitorios y el modo de organizar una comida para tanta gente que, además, no cubriría horarios regulares.
– Es muy complicado, ¿no? -preguntó Meredith en un momento dado-, el asunto de recibir invitados.
– Oh, sí -le respondió Augusta-. La cuestión reside en que todo salga con fluidez como si no fuera difícil organizarlo. Mi madre era muy habilidosa en este tipo de tareas. A los Ballinger de Northumberland nos encanta recibir visitas.
– A mi padre no -comentó Meredith.
– Espero que se acostumbre.
Augusta se encontraba en lo alto de las escaleras con Meredith y la señora Gibbons, el ama de llaves, cuando un esbelto faetón verde tirado por una pareja de caballos tordos se acercó balanceándose por el sendero de entrada.
– Señora Gibbons -dijo Augusta al ver a Peter Sheldrake que se apeaba del veloz faetón y le entregaba las riendas a uno de los mozos-, instalaremos al señor Sheldrake en la habitación amarilla.
– Junto a la que ocupa la señorita Ballinger, señora? -dijo la señora Gibbons anotando en un papel.
– Eso mismo. -Augusta sonrió y bajó las escaleras para recibir a Peter-. Cuánto me alegra que haya venido, señor Sheldrake. Espero que no se aburra en el campo. Graystone me ha comentado que no le gusta a usted.
En los brillantes ojos azules de Peter bailoteó la risa al tiempo que se inclinaba a besarle la mano.
– Señora, le aseguro que no pienso morirme de aburrimiento. Tengo entendido que estará aquí su prima.
– Ha llegado hace media hora con tío Thomas y en este momento está arreglándose. -Augusta miró sonriente a Meredith-. Creo que conoce usted a la hija de Graystone.
– Sólo la he visto un par de veces, pero no había olvidado lo hermosa que era. Lady Meredith, qué vestido tan bonito. -Peter derramó sobre la niña todo el encanto de su sonrisa.
– Gracias. -Meredith no pareció conmovida ante el encanto de Peter. Miraba tras él el resplandeciente faetón verde, de altas ballestas y forma elegante y audaz. En los ojos de la niña apareció cierta expresión que podría definirse como anhelo-. Señor Sheldrake, su coche es maravilloso.
– Estoy orgulloso de él -admitió Peter-. El fin de semana pasado ganó una carrera. Más tarde, ¿le gustaría dar un paseo?
– ¡Oh, sí! -exclamó Meredith-. Me gustaría más que ninguna otra cosa.
– En ese caso, lo arreglaremos -respondió Peter. Augusta rió.
– En realidad, a mí misma me encantaría dar un paseo, señor. En cambio Graystone, como debe usted saber, no aprueba esa clase de vehículos. Los considera peligrosos.
– Lady Graystone, le aseguro que en mis manos estarán las dos seguras. Iremos despacio y no correremos riesgos.
Augusta rió.
– Señor, si está usted tan seguro, le quitará todo el encanto. ¿Qué sentido tiene pasear en un faetón si no se puede ir deprisa?
– Que su esposo no la oiga decir eso -le advirtió Peter-, pues les prohibirá a ustedes venir a pasear conmigo. Descubrir un texto latino antiguo de Cicerón o de Tácito: ésa es la idea que tiene Graystone de la diversión.
Meredith adoptó una expresión afligida.
– Señor Sheldrake, ¿es peligroso el faetón?
– Si se conduce sin prudencia, sí. -Peter le guiñó un ojo-. ¿Tiene miedo de viajar en el mío?
– Oh, no -le aseguró Meredith con gravedad-, pero a papá no le gusta que haga cosas peligrosas.
Augusta se dirigió a la niña.
– Meredith, no hace falta que le digamos a tu padre todo lo rápido que hemos ido en el coche del señor Sheldrake. ¿No te parece?
Ante la inquietante idea de ocultarle algo a su padre, Meredith parpadeó confundida y luego dijo en tono serio:
– De acuerdo. Pero si me lo pregunta, tendré que decírselo todo. No puedo mentirle a papá.
Augusta hizo un mohín.
– Claro que no, lo comprendo. Si llegáramos a caer en una zanja durante el paseo, me echarías la culpa a mí.
– ¿Qué es esto? ¿Una conspiración? -preguntó Harry en tono divertido mientras bajaba las escaleras-. Si Sheldrake hace caer en una zanja a alguien que no sea él, tendrá que darme una buena explicación…
– Una perspectiva aterradora -dijo Peter marcando las palabras-. Graystone, nunca fuiste muy tolerante con los errores de cálculo.
– Tenlo presente -Harry observó que por el sendero de entrada se acercaba otro coche-. Sheldrake, estoy seguro de que la señora Gibbons se apresta a conducirte a tu habitación. Cuando te hayas refrescado, me gustaría que te reunieras conmigo en la biblioteca. Hay algo que quisiera comentarte.
– Desde luego. -Peter dirigió a Augusta otra de sus brillantes sonrisas y subió las escaleras tras el ama de llaves.
Ansiosa, Meredith miró a su padre.
– ¿Estás de acuerdo en que pasee en el hermoso faetón del señor Sheldrake?
Por encima de la cabeza de la niña, Harry miro sonriente a Augusta.
– Creo que será bastante seguro. Sheldrake no es tan tonto como para correr riesgos innecesarios con las dos personas más importantes que tengo en el mundo.
Augusta sintió que la expresión de Harry le entibiaba el alma. Sonrojada, sonrió a Meredith.
– Bueno, ya está arreglado. Después de todo, no tendremos que escaparnos para pasear en el faetón del señor Sheldrake.
Meredith esbozó una sonrisa idéntica a la de su padre.
– Quizá papá nos compre un faetón.
– No seas ridícula -murmuró Harry-. No pienso gastar dinero en un vehículo tan frívolo. Estoy al borde de la quiebra por el exceso de gastos de Augusta en ropa.
Meredith se abrumó. Contempló las cintas rosas de su vestido.
– No sabía que hubiéramos gastado tanto dinero en ropa.
Augusta miró a Harry con expresión de reproche.
– Meredith, tu padre está burlándose descaradamente de ti. No hemos hecho mella del presupuesto y, además, estoy segura de que le gustan tus vestidos nuevos. ¿No es así, Graystone?
– Valen cada céntimo que se haya pagado por ellos, aunque tuviera que ir a la cárcel por deudas -dijo Harry con galantería.
Meredith sonrió aliviada y asió la mano de Augusta, mientras volvía a concentrarse en el faetón verde.
– Es un coche muy hermoso.
– Así es -afirmó Augusta, oprimiendo con suavidad la mano de la niña.
Harry miró a su hija.
– Percibo que está gestándose en ella cierto gusto por la aventura, y que comienza a parecerse a su madre actual.