Cita De Amor
- Автор: Кренц Джейн Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:
– Oh, por todos los cielos, no, pero… -Clarissa se interrumpió, con expresión derrotada.
– Y la segunda, que mi tío, si bien es un estudioso, hace ya muchos años que vive en Londres y está acostumbrado a cierto estilo de vestir por parte de las mujeres que frecuenta, ¿comprende lo que quiero decir? -Al decir esto último, Augusta cruzó los dedos.
Sir Thomas no acostumbraba a fijarse en que una mujer llevara un saco por vestido, pero no vendría mal que Clarissa le produjera una buena impresión, con mayor motivo cuando ella misma deseaba impresionar a sir Thomas, aunque solamente fuera por pura pasión intelectual, aunque Augusta abrigaba la esperanza de que entre los dos se desarrollara una relación más amigable.
– Entiendo. -Clarissa se irguió y contempló los vestidos que colgaban en el guardarropa-. No creí que su tío se dejara impresionar por el atavío femenino.
– Lo que sucede -agregó Augusta en tono confidencial- es que ha dedicado toda su vida al estudio de los clásicos, y según tengo entendido, las mujeres de aquella época eran famosas por su elegancia. Baste pensar en Cleopatra y en los bellos drapeados de las esculturas griegas.
– Ya entiendo, sir Thomas debe de haberse formado en el ideal clásico de la apariencia de la mujer, ¿es eso lo que quiere decirme?
Augusta sonrió.
– Exacto. Los vestidos son de corte clásico y Betsy la peinará al estilo griego. Esta noche, cuando baje la escalera, parecerá una diosa de la antigüedad.
– ¿Usted cree? -Clarissa quedó maravillada ante la evocación.
– Betsy se ocupará de ello.
Betsy hizo una reverencia.
– Señora, haré todo lo que pueda.
Augusta alzó las cejas.
– Confío en ti, Betsy. Viste a la señorita Fleming con el vestido amatista. Ahora, debo irme. Sin duda, el conde estará impaciente preguntándose dónde estoy.
Augusta bajó corriendo hasta su dormitorio, abrió la puerta y encontró a Harry. Se detuvo en mitad de su paseo y la miró con aire feroz. Echó un vistazo al reloj con gesto significativo.
– ¿Dónde diablos estabas?
– Lo siento mucho, Harry. -Augusta lo admiró: tenía un aspecto elegante y poderoso con el atuendo en negro y blanco-. Clarissa se resistía a usar otra ropa que no fuese gris o marrón. Tuve que convencerla de que se pusiera uno de los vestidos nuevos.
– No me importa en absoluto cómo se vista Clarisse.
– Sí, eso está fuera de cuestión. ¿Dónde está Meredith? Le dije bien claro que tenía que acudir aquí para que pudiésemos bajar juntos.
– Sigo creyendo que Meredith es demasiado pequeña para asistir a esta clase de ceremonias.
– Tonterías. Ha intervenido en los preparativos y merece que le permitamos participar al menos un rato. Mis padres siempre me dejaban bajar, aunque fuera el tiempo suficiente para presentarme a los amigos. No te aflijas, Harry. Meredith irá a acostarse antes de que lo adviertas.
Harry parecía indeciso pero decidió no discutir el tema. En lugar de ello, paseó la mirada sobre el vestido dorado de Augusta.
– Tenía la impresión de que comenzarías a encargar escotes más discretos.
– La modista se equivocó en los cálculos -dijo Augusta-. Ya no hay tiempo de arreglarlo.
– ¿Un error de cálculo? -En dos zancadas, Harry se acercó a ella e introdujo un dedo en el corpiño. Lo deslizó con lentitud, acariciando el pezón.
Augusta contuvo el aliento en parte por la impresión y en parte porque siempre reaccionaba salvajemente a las caricias del conde.
– ¡Harry! Basta ya.
El hombre sacó el dedo sin prisa, con los ojos grises resplandecientes.
– Augusta, el error de cálculo debió de ser tuyo. Más tarde lo comprobarás, cuando acuda a tu habitación.
Augusta primero parpadeó y luego la risa burbujeó en su interior.
– ¿Me vas a medir?
– Con sumo cuidado.
Un golpe en la puerta evitó a Augusta tener que responder. Abrió y encontró a Meredith, con expresión seria. Augusta observó el adorable vestido de muselina blanca, adornado con cintas y encaje.
– ¡Caramba, Meredith, tienes un aspecto exquisito! -Augusta se volvió a Harry-. ¿No crees que está radiante?
Harry sonrió.
– Un diamante de primera. Esta noche mis dos damas opacarán a todas las demás.
La expresión ansiosa de Meredith se transformó en una sonrisa luminosa ante la aprobación del padre.
– Papá, tú también estás muy guapo esta noche. Y Augusta.
– Entonces, vayamos a saludar a esa muchedumbre que colma la casa -dijo Harry.
Harry cogió a su esposa del brazo y a su hija de la mano. Mientras los tres descendían las escaleras. Augusta sintió que la inundaba la alegría.
– Harry, esta noche parecemos una familia real -murmuró mientras entraban en el salón, donde estaban reuniéndose los invitados.
El conde le lanzó una extraña mirada, pero Augusta lo ignoró: estaba demasiado concentrada en sus deberes de anfitriona.
Augusta revoloteó entre los invitados, seguida de Meredith que abría los ojos, maravillada. Con orgullo, presentó a su hijastra a los que no la conocían, se aseguró de que todos tuvieran con quién conversar y vigiló el suministro de bebidas.
Satisfecha de que todo marchara con fluidez en esta primera ocasión como anfitriona, se detuvo ante el pequeño grupo formado por Harry, sir Thomas, Claudia y Peter Sheldrake.
Al verla, Peter sonrió aliviado.
– Gracias a Dios que ha acudido usted. Están abrumándome con el relato de antiguas batallas. Le aseguro que ya he perdido la noción de los griegos y romanos famosos.
Claudia, angelical como nunca con un elegante vestido azul muy claro, adornado de plata, sonrió.
– Tío Thomas y Graystone se han sumergido en uno de sus temas favoritos. Al parecer, el señor Sheldrake se aburre.
Peter se ofendió.
– No me aburro, señorita Ballinger. En absoluto, mientras esté usted cerca. Pero la historia no es mi tema favorito e incluso por su parte debería admitir que, después de un rato, los interminables detalles de tales batallas resultan un tanto tediosos.
Augusta rió y el rostro de su prima se cubrió de un adorable tono rosado.
– El otro día, Meredith y yo tuvimos una interesante conversación sobre temas históricos, ¿no es así, Meredith?
Meredith se iluminó. Los ojos serios de la niña se encendieron con un brillo familiar parecido al del padre cuando se embarcaba en una conversación sobre el tema.
– Oh, sí -se apresuró a afirmar la niña-. Augusta me hizo pensar en los antiguos héroes de la mitología griega y romana.
Sir Thomas lanzó una mirada fugaz a Augusta, se aclaró la voz y dirigiéndose a la niña, preguntó:
– ¿Y de qué se trata, querida?
– Pues de que los héroes de la mitología se habían visto abocados a menudo a dirimir sus diferencias con alguna mujer. Según Augusta, los clásicos contaron con mitos femeninos tan relevantes como los hombres. Dice que no sabemos casi nada de las mujeres de la antigüedad. La tía Clarissa opina igual.
Un incómodo silencio recibió el inesperado comentario.
– ¡Buen Dios! -musitó sir Thomas-. No lo había pensado: qué idea tan peculiar.
Contemplando a Augusta, Harry alzó las cejas.
– Debo admitir que jamás se me ocurrió contemplar las cosas desde ese ángulo.
Meredith asintió con gravedad.
– Papá, piensa en los monstruos femeninos a quienes se enfrentaron algunos héroes: la Medusa, Circe, las sirenas y tantas otras.
– Y las amazonas -intervino Claudia, pensativa-. Los antiguos griegos y romanos estaban obsesionados por derrotar a las amazonas, ¿no es así? Es un tema a tomar en consideración. Siempre se nos dijo que las mujeres éramos el sexo débil.
Peter rió, con expresión maliciosa.
– Por mi parte, nunca he menospreciado la habilidad de las hembras de nuestra especie de convertirse en adversarias de cuidado.