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La voz [Röddin - es]

Электронная книга - «La voz [Röddin - es]». Краткое содержание книги:

Gulli, el viejo portero de uno de los más conocidos hoteles de Reykjavik, aparece desnudo y acuchillado hasta morir en su miserable habitación en el sótano. Pero Gulli es mucho más que un simple portero que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades, es un completo misterio. Veinte años en el hotel y nadie le conoce realmente. Erlendur Sveinsson decide alojarse en el mismo hotel en busca de la asesina, que, también de eso cree estar convencido, aún debe permanecer muy cerca, pese a que las vacaciones de Navidad están ya encima y el hotel completo. Mientras que al director tan sólo le importa que el asesinato permanezca oculto y su reputación intacta. Erlendur, sin embargo, recibe la visita de su hija, que de nuevo se adentra entre las brumas de la droga y el alcohol, dejando al inspector al borde de la desesperación y la impotencia.
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– ¿Qué clase de cuchillo era?

– Dijo que tenía que ser afilado -respondió Denni.

– Era del mismo tipo que éste -dijo el director. Metió la mano en un cajón y sacó un pequeño cuchillo de carne con mango de madera y hoja finamente dentada-. Estos son los cuchillos que ponemos en las mesas para los clientes que piden nuestros grandes solomillos. ¿Los has probado? Son exquisitos. Estos cuchillos los cortan como si fueran mantequilla.

Erlendur cogió el cuchillo y lo examinó por si acaso el mismo Gudlaugur había proporcionado al asesino el arma que causó su muerte. Consideró el pretexto de las costuras del traje de Papá Noel. Si Gudlaugur esperaba a alguien en su habitación y quería tener el cuchillo a mano; ¿o estaría el cuchillo en la mesa del cuarto porque tenía que usarlo para algo del traje y el ataque fue repentino, sin premeditación y llevado a cabo por alguien que estuviera en la habitación?

En ese caso, el agresor habría llegado desarmado a ver a Gudlaugur; no habría ido con la intención de matarlo.

– Necesito el cuchillo -dijo-. Tenemos que comprobar si el tamaño y el tipo de la hoja corresponden a las heridas. ¿Algún problema?

El director del hotel asintió.

– ¿Entonces no es el inglés? -dijo-. ¿Hay algún otro sospechoso?

– Quisiera hablar un momento con Denni -dijo Erlendur, sin responder a sus preguntas.

El director del hotel volvió a asentir con la cabeza y se quedó inmóvil, pero enseguida se dio cuenta de la situación y miró molesto a Erlendur. Estaba acostumbrado a que todo girase en torno a él, y al principio no comprendió las intenciones de Erlendur. Cuando por fin se le encendió la bombilla, dijo que tenía un asunto urgente que resolver en el despacho y desapareció. Denni pareció respirar aliviado una vez que su superior dejó de estar presente, pero el alivio no duró mucho.

– ¿Bajaste al sótano y lo apuñalaste hasta matarlo? -preguntó Erlendur.

Denni lo miró como si estuviera ya condenado.

– No -dijo vacilante, como si no estuviese del todo seguro de su inocencia.

La siguiente pregunta hizo aumentar aún más su inseguridad.

– ¿Mascas tabaco? -preguntó Erlendur.

– No -dijo-. ¿Tabaco de mascar? ¿Qué…?

– ¿Ya te han tomado la muestra de saliva?

– ¿Qué?

– ¿Usas preservativo?

– ¿Preservativo? -dijo Denni sin entender nada de todo aquello.

– ¿No tienes novia?

– ¿Novia?

– ¿Y tienes que evitar que se quede embarazada?

– No tengo novia -dijo, y Erlendur tuvo la sensación de que lo lamentaba-. ¿Por qué me preguntas todas esas cosas?

– No te preocupes -dijo Erlendur-. Conocías a Gudlaugur. ¿Qué clase de persona era?

– Era un buen tipo.

Denni le dijo a Erlendur que Gudlaugur se encontraba a gusto en el hotel y no se quería marchar, y que le había fastidiado mucho que le dijeran que tenía que irse. Disfrutaba de todos los servicios del hotel y era el único empleado que trabajaba allí desde hacía tantos años. Comía en el hotel por muy poco dinero, su ropa se lavaba con la del hotel y no pagaba ni una corona por vivir en la habitación. El despido había sido un golpe para él, pero dijo que podría arreglárselas económicamente y que ni siquiera necesitaría seguir trabajando.

– ¿A qué se refería? -preguntó Erlendur.

Denni se encogió de hombros.

– No lo sé. A veces era muy misterioso. Decía cosas incomprensibles.

– ¿Como qué?

– No sé, algo sobre música. A veces, cuando bebía. Pero generalmente era de lo más normal.

– ¿Bebía mucho?

– No, qué va. A veces, los fines de semana. Nunca faltaba al trabajo. Nunca. Estaba orgulloso de ello, aunque quizás este no sea un trabajo demasiado importante. Portero y demás.

– ¿Qué te dijo de la música?

– Le encantaba la buena música. No recuerdo exactamente lo que dijo.

– ¿Por qué crees que te dijo que no necesitaría seguir trabajando?

– Era como si tuviera dinero. No tenía gastos y podía ahorrarlo todo. Creo que se refería a eso. A que había ahorrado suficiente dinero.

Erlendur recordó haberle pedido a Sigurdur Óli que comprobara las cuentas corrientes de Gudlaugur, y decidió que insistiría en ello. Se despidió de Denni, dejándolo en la cocina atónito, pensando en tabaco de mascar, preservativos y novias, y pasó por el vestíbulo, donde vio a una mujer joven que mantenía una ruidosa discusión con el jefe de recepción. Parecía que el recepcionista quería echarla del hotel, y ella se negaba a irse. Pensó que podía tratarse de la mujer que pescó al jefe de recepción aquella inolvidable noche, y ya se alejaba cuando la joven se quedó mirándolo fijamente.

•-¿Eres tú el madero? -preguntó en voz bien alta.

– ¡Lárgate de una vez! -exclamó el recepcionista jefe, mucho más furioso de lo normal.

– Eva Lind te había descrito exactamente así -dijo la joven, mirando a Erlendur de arriba abajo-. Me llamo Stína. Me dijo que viniera a hablar contigo.

Se sentaron en el bar. Erlendur pidió café para los dos. Intentó no fijarse mucho en sus pechos pero no había forma. Nunca había visto unos pechos tan grandes en un cuerpo tan delgado y delicado. Iba vestida con un abrigo beis hasta los pies, con cuello de piel, y cuando lo dejó sobre una silla al lado de la mesa apareció un jersey rojo ceñidísimo que apenas llegaba a cubrirle el estómago y unos pantalones negros, de perneras anchas, que dejaban al aire la raja del trasero. Iba muy maquillada, con una espesa capa de pintura de labios oscura, y al sonreír dejaba ver unos dientes preciosos.

– Trescientas mil -dijo, pasándose la mano con cuidado bajo el pecho derecho, como si le picara-. ¿Estabas admirando mis pechos?

– ¿Tienes algún problema?

– Son los puntos -dijo con una mueca-. No puedo rascarme mucho. Tengo que aguantarme.

– ¿Qué…?

– Silicona nueva -le interrumpió Stína-. Me sometí a la operación hace tres días.

Erlendur hacía lo posible por no quedarse mirando sus pechos nuevos.

– ¿De qué conoces a Eva Lind? -preguntó.

– Me avisó de que me lo preguntarías, y me encargó decirte que preferirías no saberlo. Tiene razón. Trust me. También me dijo que me ayudarías en un asuntillo y que yo podría ayudarte a ti, ¿entiendes?

– No -dijo Erlendur-. No sé a qué te refieres.

– Eva dijo que lo entenderías.

– Eva te mintió. ¿De qué me estás hablando? Un asuntillo, ¿qué asuntillo?

Stína suspiró.

– Pillaron a un amigo mío en Keflavík con marihuana. No mucha, pero suficiente para que lo metan tres años en la cárcel de Litla-Hraun. Las condenas son como si se tratara de un asesinato. Por una pizca de maría. ¡Y unas pastillas, vale! Dice que le van a caer tres años. ¡Tres años! A los violadores de niños les echan tres meses, con libertad condicional. Walkers de mierda!

Erlendur no comprendió esa palabra, ni tampoco cómo podría ayudarla. Era como una niña que no se diera cuenta de lo grande y complicado y difícil de comprender que es el mundo.

– ¿Lo detuvieron en el aeropuerto Leifur Eiríksson?

– Sí.

– No puedo hacer nada -dijo Erlendur-. Y tampoco lo haría aunque pudiera. No andas en buenas compañías. Tráfico de drogas y prostitución. ¿Por qué no un simple trabajito en alguna oficina?

– Inténtalo, por favor -dijo Stína-. Intenta hablar con alguien. ¡No le pueden caer tres años!

– Para dejar las cosas bien claras -dijo Erlendur-. ¿Eres prostituta?

– Hay prostitutas y prostitutas -dijo Stína sacando un cigarrillo de un bolsito negro que llevaba colgado al hombro-. Bailo en el Club Greifmn. -Se inclinó hacia adelante y le susurró a Erlendur, como si estuvieran compartiendo un secreto-: Pero lo otro da mucho más dinero.

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