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La voz [Röddin - es]

Электронная книга - «La voz [Röddin - es]». Краткое содержание книги:

Gulli, el viejo portero de uno de los más conocidos hoteles de Reykjavik, aparece desnudo y acuchillado hasta morir en su miserable habitación en el sótano. Pero Gulli es mucho más que un simple portero que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades, es un completo misterio. Veinte años en el hotel y nadie le conoce realmente. Erlendur Sveinsson decide alojarse en el mismo hotel en busca de la asesina, que, también de eso cree estar convencido, aún debe permanecer muy cerca, pese a que las vacaciones de Navidad están ya encima y el hotel completo. Mientras que al director tan sólo le importa que el asesinato permanezca oculto y su reputación intacta. Erlendur, sin embargo, recibe la visita de su hija, que de nuevo se adentra entre las brumas de la droga y el alcohol, dejando al inspector al borde de la desesperación y la impotencia.
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– ¿Y has estado con clientes aquí, en el hotel?

– Sí, con la tira de ellos -respondió Stína.

– ¿Así que has trabajado en este hotel?

– Yo nunca he trabajado aquí.

– Me refiero a si has pillado a los clientes aquí, o si te los traías desde el centro de la ciudad.

– Bueno, hacía lo que me parecía mejor. Me dejaban estar aquí, pero luego el Gordo me echó.

– ¿Por qué?

Stína volvió a sentir picor debajo del pecho y se rascó con cuidado. Hizo una mueca e intentó sonreír a Erlendur, pero saltaba a la vista que no se encontraba muy a gusto.

– Una chica que conozco se hizo esta operación y le salió mal -dijo-. Sus pechos parecen bolsas de plástico vacías.

– ¿Realmente necesitas tanto pecho? -Erlendur no pudo reprimir la pregunta.

– ¿No te parece bonito? -dijo, echándolos hacia adelante, aunque a la vez hizo una mueca-. Los puntos me están matando -dijo en un gemido.

– Sí, sí, son… enormes -dijo Erlendur.

– Y completamente nuevecitos -dijo Stína orgullosa.

Erlendur vio al director del hotel entrar en el bar acompañado por el jefe de recepción. Se acercaba trotando hacia ellos con toda su autoridad. Miró a su alrededor, vio que no había nadie en el bar, y le gritó a Stína cuando llegó a pocos metros de distancia.

– ¡Fuera! ¡Fuera de aquí, muchacha! ¡Ahora mismo! ¡Largo de aquí!

Stína miró a su espalda y luego a Erlendur, y puso cara de fastidio.

– Christ -exclamó.

– ¡No queremos putas como tú en el hotel! -vociferó el director. La agarró como si pretendiera echarla a empujones.

– Déjame en paz -dijo Stína, levantándose-. Estoy hablando con este señor.

– ¡Cuidado con los pechos! -gritó Erlendur, que no supo qué otra cosa decir. El director del hotel lo miró extrañado-. Son nuevos -añadió como aclaración.

Se interpuso entre ellos intentando apartar al director, pero sin mucho éxito. Stína intentaba proteger sus pechos lo mejor posible mientras el jefe de recepción contemplaba el espectáculo a cierta distancia. Finalmente acudió en ayuda de Erlendur y entre los dos lograron apartar al director de Stína, furioso a más no poder.

– ¡Todo lo que… esa mujer… diga sobre… mí es… mentira absoluta! -jadeó el director. El esfuerzo le había dejado casi exhausto. Tenía el rostro bañado en sudor y estaba totalmente agotado por la pelea.

– No me ha dicho nada sobre ti -dijo Erlendur para tranquilizarlo.

– Exijo… que… se vaya de… aquí. -El director se derrumbó sobre una silla, sacó un pañuelo y empezó a secarse el rostro.

– Tranquilo, Gordo -dijo Stína-. Es el pimp, ¿lo sabías?

– ¿El pimp?. -Erlendur no captó el significado de inmediato.

– Se saca una buena tajada de las chicas que trabajan en el hotel -dijo Stína.

– ¿Tajada? -dijo Erlendur.

– ¡Una buena tajada! ¡Un tanto por ciento! Se saca una pasta.

– ¡Eso es mentira! -aulló el director-. ¡Fuera de aquí, puta del demonio!

– Él y el maître querían quedarse más del cincuenta por ciento -dijo Stína, rascándose con cuidado los pechos-, y cuando me negué me dijo que me largara y no volviera nunca más por aquí.

– ¡Eso es mentira! -exclamó el director, que se había tranquilizado un poco-. Siempre he echado de aquí a esta clase de mujeres, y también a ella. No queremos putas en este hotel.

– ¿El maître?. -dijo Erlendur, y evocó su figura escuálida y su bigotito. Recordó que se llamaba Rósant.

– ¡Que nos echa, dice! -gruñó Stína, que se volvió hacia Erlendur-. Si es él quien nos avisa. Cuando sabe si hay clientes disponibles o con dinero, nos llama y nos instala en el bar. Dice que eso aumenta la fama del hotel. Son congresistas y tipos así. Extranjeros. Tíos solos. Cuando hay congresos grandes, nos llama.

– ¿Sois muchas? -preguntó Erlendur.

– Somos unas cuantas las que estamos en el servicio de señoritas de compañía -dijo Stína-. De alto standing.

Parecía que Stína estaba más orgullosa de su oficio de puta que de cualquier otra cosa, excepto quizá de sus nuevos pechos.

– No están en ningún servicio de señoritas de compañía de mierda -dijo el director del hotel, que ya había vuelto a respirar con normalidad-. Rondan por el hotel, intentan cazar clientes y subir con ellos a las habitaciones, y es mentira eso de que soy yo quien las llama. ¡Maldita puta de los cojones!

Erlendur pensó que no era aconsejable continuar aquella conversación con Stína en el bar, y dijo que necesitaba utilizar el despacho del jefe de recepción un momento, o tendrían que ir todos a comisaría y continuar allí. El director suspiró pesadamente y dirigió una mirada de furia a Stína. Erlendur salió con ella del bar y entró en el despacho. El director del hotel se quedó solo. Parecía como si hubiese perdido todo el aire, y cuando el recepcionista acudió en su auxilio, lo apartó de un manotazo.

– ¡Está mintiendo, Erlendur! -les gritó-. ¡Todo lo que dice es mentira!

Erlendur se sentó a la mesa del jefe de recepción y Stína se quedó en pie encendiéndose un cigarrillo. Le daba igual que fumar estuviera prohibido en todo el hotel, excepto, quizá, en el bar.

– ¿Conocías al portero del hotel? -preguntó Erlendur-. Gudlaugur.

– Era un tío de lo más nice. Era él quien cobraba las tajadas del Gordo. Y luego lo mataron.

– Era…

– ¿Crees que el Gordo fue quien lo mató? -lo interrumpió Stína-. Es el tío más creepy que conozco. ¿Sabes por qué no me gusta seguir viniendo a este asqueroso hotel suyo?

– No.

– Porque no solo quería cobrarnos la tajada a las chicas, sino también, ya sabes…

– ¿Qué?

– Que le hiciéramos ciertos servicios. Servicios personales. Ya sabes…

– ¿Y qué?

– Yo me negué. Me negué de plano. Los churretones de sudor de esa bestia. Es asqueroso. Pudo ser él quien matara a Gudlaugur. Le creo capaz de hacerlo. Seguramente se sentó encima de él.

– ¿Pero cómo era tu relación con Gudlaugur? ¿Le hiciste algún servicio?

– Qué va. No le interesaba lo más mínimo.

– Yo creo que te equivocas -dijo Erlendur, recordando el cadáver de Gudlaugur en su cuchitril con los pantalones bajados-. Me temo que no carecía totalmente de interés por esas cosas.

– Pues por mí no demostró nunca ningún interés -dijo Stína, rascándose con cuidado debajo del pecho-. Ni por las demás chicas.

– ¿El jefe de camareros está metido en esto?

– ¿Rósant? Sí.

– ¿Y qué hay del jefe de recepción?

– Él no quiere que estemos por aquí. Él no quiere prostitución, pero son los otros dos los que mandan. El jefe de recepción quería echar a Rósant, pero el Gordo gana demasiado con él.

– Dime otra cosa. ¿Masticas tabaco? Ese que viene en unas bolsitas parecidas a las de té. La gente se lo pone debajo de los labios. Junto a la encía.

– Ay, no, ¿estás loco? No quiero estropearme los dientes.

– ¿Y conoces a alguien que lo consuma?

– No.

Callaron hasta que Erlendur no pudo refrenar su lado moralista. Tenía a Eva Lind en la cabeza. Cómo había acabado metida en la droga y en la prostitución, para pagársela, aunque seguramente no lo habría hecho en los hoteles caros de la ciudad. Pensó en el terrible destino de las mujeres que venden su alegría a cualquier tipejo, en cualquier sitio, en cualquier momento.

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