La voz [Röddin - es]
- Автор: Индридасон Арнальд
- Год: 2010
- Язык: испанский
- Год: C
- ISBN: 978-84-672-3886-0
- Переводчик: Enrique Bern
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La voz [Röddin - es]». Краткое содержание книги:
– Entonces se trataba de una puta -dijo Sigurdur Óli-, haciendo su trabajo.
– ¿No podemos hablar de algo más agradable? -pidió Elínborg.
– Es posible que se estén produciendo robos en el hotel y que Papá Noel lo supiera -dijo Erlendur.
– ¿Y por eso le mataron? -dijo Sigurdur Óli.
– No lo sé. También puede ser que en el hotel se ejerza la prostitución y que el director haga la vista gorda. No tengo claro de qué se trata, pero seguramente hay algunas cuestiones que tendremos que examinar.
– ¿Gudlaugur estaba relacionado con eso de alguna forma? -preguntó Elínborg.
– Si queremos extraer alguna conclusión de la posición en que estaba cuando lo encontraron, no es imposible, desde luego -dijo Sigurdur Óli.
– ¿Cómo le va a tu hombre? -preguntó Erlendur.
– Ante el tribunal ni siquiera pestañeaba -dijo Elínborg, bebiendo un trago de su cerveza.
– El muchacho aún no ha testificado contra él, ¿verdad? -preguntó Sigurdur Óli, que también estaba al corriente del caso.
– Callado como una tumba, el pobre chico -dijo Elínborg-. Y el tipo ese mantiene su declaración sin cambiar ni una coma. Niega en redondo haber agredido al niño. Y encima tiene un buen abogado.
– ¿Y le devolverán al niño?
– Es perfectamente posible.
– ¿Y el chico? -dijo Erlendur-. ¿Quiere volver con su padre?
– Eso es lo más asombroso de todo -dijo Elínborg-. Sigue muy unido a su padre. Es como si sintiera que se lo tenía merecido.
Callaron.
– ¿Piensas pasarte todas las navidades en el hotel, Erlendur? -preguntó Elínborg. Su voz tenía un tono de reproche.
– No, supongo que me iré a casa -dijo Erlendur-. Y que me llevaré a Eva. Y guisaremos tasajo de cordero ahumado.
– ¿Cómo le va? -preguntó Elínborg.
– Psé -dijo Erlendur-. Espero que bien -pensó que se darían cuenta de que estaba mintiendo. Conocían perfectamente las dificultades en que andaba metida su hija, aunque casi nunca hablaban de ello. Sabían que Erlendur no tenía ganas de hablar de ese tema, y jamás le preguntaban detalles.
– Mañana es la fiesta de San Torlaco, veintitrés de diciembre -dijo Sigurdur Óli-. ¿Todo listo, Elínborg?
– Nada de nada -dijo ella en un suspiro.
– Estoy pensando en la colección de discos esa -dijo Erlendur.
– ¿Qué pasa con ella?
– ¿No es algo que empieza en la infancia? -dijo Erlendur-. No es que lo sepa por experiencia. Nunca he coleccionado nada. Pero ¿no se trata de una afición que surge cuando eres un crío, cuando empiezas a coleccionar fotos de actores y modelos de aviones, o sellos, programas de cine y discos? La mayoría acaba dejándolo, pero algunos continúan y siguen coleccionando discos y libros hasta que la palman.
– ¿Qué intentas decirnos?
– Estoy pensando en coleccionistas de discos como Wapshott, aunque no sean pedófilos como él, claro, en si su afán coleccionista no estará relacionado con algún problema de infancia. Si estará relacionado con la necesidad de conservar algo que los demás apartarían de sus vidas pero que ellos quieren conservar a toda costa. ¿No es el coleccionismo un intento de atesorar algo de la infancia? ¿Algo relacionado con los propios recuerdos y que uno no quiere perder y que puede conservar gracias a esa afición?
– ¿De modo que la colección de discos de Wapshott, los niños de coro, sería una especie de trauma de infancia? -dijo Elínborg.
– ¿Y luego, cuando el trauma de infancia aparece ante él en carne y hueso, en este hotel, se vuelve tarumba? -dijo Sigurdur Óli-. El niño convertido en un hombre de mediana edad. ¿Te refieres a algo así?
– No lo sé.
Erlendur observó distraído a los turistas del bar y le llamó la atención un hombre de mediana edad, de aspecto asiático, que hablaba inglés como un americano. Llevaba una cámara de vídeo nueva, con la que grababa a su grupo de amigos. De repente, le vino la idea de que en el hotel podría haber cámaras de vigilancia. No lo había pensado. El director del hotel no había dicho nada al respecto, ni tampoco el jefe de recepción. Miró a Sigurdur Óli y a Elínborg.
– ¿Habéis preguntado si hay cámaras de vigilancia en el hotel? -preguntó.
Se miraron el uno a la otra.
– ¿No ibas a hacerlo tú? -dijo Sigurdur Óli.
– Me olvidé -dijo Elínborg-. La Navidad y todo eso. Se me pasó por completo.
El jefe de recepción miró a Erlendur y sacudió la cabeza. Dijo que para esas cuestiones tenía una guía de actuación muy estricta. En el edificio del hotel no había cámaras de vigilancia, ni en el vestíbulo, ni en recepción, ni en los ascensores, los pasillos o el interior de las habitaciones. Sobre todo en el interior de las habitaciones, por supuesto.
– De otro modo, no tendríamos huéspedes -dijo el jefe de recepción muy serio.
– Ya, se me ocurrió que quizá -dijo Erlendur, decepcionado. Durante unos breves instantes había albergado una débil esperanza de que las cámaras de vigilancia hubieran grabado algo que les pudiera ser de utilidad, algo extraño o inhabitual relacionado con lo que sabía ya la policía.
Iba a marcharse de recepción en dirección al bar, cuando el recepcionista jefe lo llamó en voz alta.
– Hay una sucursal bancaria en el ala sur, al otro lado. Allí hay tiendas para turistas y un banco con acceso al hotel. Seguramente, el banco tendrá cámaras. Pero no creo que muestren nada que no sea las actividades en el propio banco.
Erlendur se había fijado en el banco y las tiendas de souvenirs, fue directamente hacia allí, y vio que acababan de cerrar la sucursal. Buscó y descubrió el objetivo casi invisible de una cámara por encima de la puerta. No había nadie en la oficina. Golpeó el cristal de la puerta con tanta fuerza que lo hizo temblar, pero no hubo respuesta alguna. Finalmente sacó el teléfono y ordenó que le trajeran al director de la sucursal.
Mientras esperaba, Erlendur observó los productos de las tiendas para turistas, que se vendían a precios exorbitantes; platos decorados con imágenes de la catarata de Gullfoss y el Geysir, figuras talladas de Thor, llaveros con pelos de zorro, carteles con las especies de ballenas de las aguas islandesas, chaquetas de piel de foca que costaban lo que ganaba él en un mes. Pensó en comprarse algo como recuerdo de aquella extraña Islandia para los turistas que solo existía en la mente de los extranjeros ricos, pero no encontró nada que fuera lo suficientemente barato.
El director de la sucursal resultó ser directora, una mujer en torno a los cuarenta, que se dirigía a una fiesta navideña y estaba cualquier cosa menos contenta por la molesta interrupción; al principio creyó que habían asaltado el banco. No le habían dado ninguna explicación cuando dos agentes de policía uniformados llamaron a la puerta de su casa y le pidieron que les acompañara. Dirigió a Erlendur una mirada asesina, ante la entrada de la sucursal, cuando él le explicó que necesitaba acceder a las cámaras de vigilancia. Encendió otro cigarrillo con la colilla del anterior, y Erlendur pensó que hacía muchos meses que no veía a un auténtico fumador empedernido.
– ¿Y no podían esperar hasta mañana? -preguntó con frialdad. Erlendur creyó oír el ruido de carámbanos que se desprendían de ella y se estrellaban contra el suelo, y pensó que preferiría no deberle nunca nada a aquella mujer.
– Eso te matará -dijo Erlendur, señalando el cigarrillo.
– Aún no -repuso ella-. ¿Por qué me has hecho traer hasta aquí a la fuerza?
– Por el asesinato -dijo Erlendur-. El que se cometió en el hotel.
– ¿Y? -dijo ella, sin mostrarse afectada por el crimen.