La voz [Röddin - es]
- Автор: Индридасон Арнальд
- Год: 2010
- Язык: испанский
- Год: C
- ISBN: 978-84-672-3886-0
- Переводчик: Enrique Bern
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La voz [Röddin - es]». Краткое содержание книги:
En cambio, su hermano tenía una voz preciosa y un profundo sentimiento para la música, aunque no fuera más que un chico normal y corriente, del mismo modo que ella era solo una chica como las demás. Ella no sabía en qué radicaba la diferencia entre ambos. Él no era tan distinto a ella. Ella se ocupaba en cierto modo de su educación, sobre todo desde que su madre cayó enferma. Él la obedecía y hacía lo que le ordenaba, y se mostraba respetuoso con ella. Y ella le tenía un gran afecto, aunque también sentía celos cuando él era objeto de aquella atención tan exclusiva. Tenía miedo de aquel sentimiento, y jamás se lo mencionó a nadie.
Oyó a Gudlaugur bajar por la escalera y luego lo vio aparecer en la cocina y sentarse al lado de su padre.
«Igual que mamá», dijo al ver a su hermana servir café a su padre.
Hablaba mucho de su madre, y ella sabía que la echaba terriblemente de menos. Acudía a ella siempre que tenía un problema, cuando se burlaban de él o cuando su padre perdía la paciencia, o sencillamente cuando necesitaba que alguien lo abrazara sin que fuera una recompensa por sus buenos resultados.
La expectación y la impaciencia reinaron en la casa durante todo el día, y la atmósfera se volvió casi insoportable por la tarde, cuando se vistieron con sus mejores ropas y se dirigieron al Cine Municipal. Acompañaron a Gudlaugur tras las bambalinas y su padre saludó al maestro de coro, y luego se dirigieron a la sala, que ya estaba llenándose de público. La sala se oscureció. Se abrió el telón. Gudlaugur, bastante alto para su edad, bellísimo y asombrosamente seguro sobre el escenario, comenzó por fin a cantar con su voz llena de emoción.
Ella contuvo la respiración y cerró los ojos.
No se dio cuenta de nada más hasta que su padre la agarró del brazo tan fuerte que le hizo daño, y lo oyó gemir: «¡Dios mío!».
Abrió los ojos y vio la cara de su padre, pálida, y cuando miró al escenario vio a Gudlaugur intentando cantar, pero algo le había sucedido a su voz. Era como si cantara en falsete. Se puso en pie y miró hacia atrás, a la sala, y vio que la gente había empezado a sonreír y que algunos reían abiertamente. Subió corriendo al escenario e intentó sacar a su hermano de allí. El director del coro acudió en su ayuda y finalmente consiguieron llevárselo entre bastidores. Vio a su padre de pie sin moverse, en la primera fila, con los ojos clavados en ella, como un dios del trueno.
Mientras se quedaba dormida, esa noche, pensó en aquellos horribles instantes y el corazón le dio un vuelco, no de miedo o de terror por lo que había sucedido, ni por el sufrimiento de su hermano, sino por una misteriosa alegría que se sentía incapaz de explicar y que intentaba reprimir en lo más profundo de sí misma, como si fuera un crimen horrible.
– ¿Tuviste remordimientos por ese pensamiento? -preguntó Erlendur.
– Me pareció tremendamente extraño -respondió Stefanía-. Nunca jamás había pensado nada parecido.
– Imagino que no debe de ser demasiado raro alegrarse por las desgracias de los demás -dijo Erlendur-, aunque sean personas muy cercanas a nosotros. Puede tratarse de una reacción involuntaria, una especie de reacción defensiva cuando sufrimos un shock.
– Quizá no debería contarte estas cosas con tanto detalle -dijo Stefanía-. No te formarás una imagen muy positiva de mí. Y quizá tengas razón. Todos sufrimos un shock. Un shock espantoso, como podrás imaginar.
– ¿Cómo fue tu relación con Gudlaugur y con tu padre después de aquello? -preguntó Erlendur.
Stefanía no contestó.
– ¿Sabes lo que es no sentirte la preferida en nada? -preguntó, en vez de responder-. ¿Cómo es ser solo una persona vulgar, sin recibir jamás la menor atención? Es como si no existieras. Y todo el tiempo hay alguien, a quien consideras tu igual, al que miman como si fuera el elegido, alguien que ha venido a este mundo para alegría de sus padres y de todo el resto de la humanidad. Lo ves suceder día tras día, semana tras semana y año tras año, y nunca cesa ni un momento, sino que la admiración por esa persona crece con los años y se convierte casi… casi en adoración.
Miró a Erlendur.
– Los celos empiezan a despertar -prosiguió-. Otra cosa sería impensable en un ser humano. Y en vez de ahogar ese sentimiento, llegas a alimentarlo porque, de alguna forma absurda, te hace sentir mejor.
– ¿Es esa la explicación de que sintieras alegría por la desgracia de tu hermano?
– No lo sé -dijo Stefanía-. Yo no era dueña de ese sentimiento. Cayó sobre mí como un chorro de agua fría, y temblé, me estremecí e intenté alejarlo de mí, pero se negó a desaparecer. Nunca pensé que pudiera suceder.
Los dos callaron.
– Envidiabas a tu hermano -dijo Erlendur.
– A lo mejor, de vez en cuando. Luego empecé a sentir pena por él.
– Y finalmente, a odiarlo.
Ella miró a Erlendur.
– ¿Qué sabes tú del odio? -dijo.
– No mucho -dijo Erlendur-. Pero sé que puede ser peligroso. ¿Por qué nos dijiste que no habías estado en contacto con tu hermano en casi treinta años?
– Porque es cierto -respondió Stefanía.
– Eso no es verdad -repuso Erlendur-. Estás mintiendo. ¿Por qué mientes?
– ¿Es por esa mentira por la que quieres meterme en la cárcel?
– Si es necesario, lo haré -dijo Erlendur-. Sabemos que viniste al hotel cinco días antes de que lo mataran. Nos dijiste que no habías visto a tu hermano, ni habías estado en contacto con él, durante muchos años. Luego descubrimos que viniste al hotel unos días antes de su muerte. ¿Qué querías de él? ¿Y por qué nos mentiste?
– Habría podido venir al hotel sin tener que venir a verle a él. Este es un hotel muy grande. ¿No se te ha ocurrido esa posibilidad?
– Lo dudo. Creo que no es casualidad que vinieras al hotel poco antes de su muerte.
La vio vacilar. Vio que estaba haciendo un terrible esfuerzo para decidirse a dar o no el siguiente paso. Evidentemente podría darle muchos más detalles, pero no lo hizo en su primer encuentro, y ahora había llegado el momento de retroceder o de dar un paso adelante.
– Tenía una llave -dijo, pero en voz tan baja que Erlendur apenas la oyó-. La que le enseñaste a nuestro padre.
Erlendur recordó el llavero que encontraron en la habitación de Gudlaugur y la navajita rosa con la imagen de un pirata que colgaba de él. Había dos llaves, una que pensó sería la de una casa y otra que podía corresponder a un armario, una caja de seguridad o un almacén.
– ¿Qué pasa con la llave? -preguntó Erlendur-. ¿La conoces? ¿Sabes de qué es?
Stefanía sonrío con frialdad.
– Yo tengo una exactamente igual -dijo.
– ¿A qué corresponde esa llave?
– Es de nuestra casa en Hafharfjórdur.
– ¿De tu casa, quieres decir?
– Sí -respondió Stefanía-. De la casa donde vivimos mi padre y yo. Él entraba por la puerta del sótano, en la parte de atrás. Del sótano sale una escalera estrecha que lleva al primer piso, y desde allí se puede acceder al salón y a la cocina.