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La voz [Röddin - es]

Электронная книга - «La voz [Röddin - es]». Краткое содержание книги:

Gulli, el viejo portero de uno de los más conocidos hoteles de Reykjavik, aparece desnudo y acuchillado hasta morir en su miserable habitación en el sótano. Pero Gulli es mucho más que un simple portero que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades, es un completo misterio. Veinte años en el hotel y nadie le conoce realmente. Erlendur Sveinsson decide alojarse en el mismo hotel en busca de la asesina, que, también de eso cree estar convencido, aún debe permanecer muy cerca, pese a que las vacaciones de Navidad están ya encima y el hotel completo. Mientras que al director tan sólo le importa que el asesinato permanezca oculto y su reputación intacta. Erlendur, sin embargo, recibe la visita de su hija, que de nuevo se adentra entre las brumas de la droga y el alcohol, dejando al inspector al borde de la desesperación y la impotencia.
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– ¿Hablar de qué?

– De mi hermano -dijo-. Hablaremos de mi hermano, si eso es lo que quieres. Pero no sé qué vas a ganar con eso.

Se sentaron en el cuartucho de Gudlaugur. Ella dijo que prefería ir allí. Cuando Erlendur le preguntó si había estado antes en aquel lugar, respondió que no. Cuando le preguntó si había visto a su hermano alguna vez en todos aquellos años, repitió lo que había dicho la vez anterior, que no había tenido relación alguna con su hermano. Erlendur estaba convencido de que estaba mintiendo. Que el asunto que la llevó al hotel cinco días antes del asesinato de Gudlaugur tenía que algo que ver con él de un modo u otro, y que se trataba de una mera casualidad.

Ella miró el póster de Shirley Temple en el papel de La pequeña princesa, sin hacer gesto alguno y sin decir ni una palabra. Abrió el armario y contempló el uniforme de portero. Finalmente se sentó en la única silla del cuarto y Erlendur se quedó en pie junto al armario. Sigurdur Óli tenía citas en Hafnarfjórdur con otros compañeros de escuela de Gudlaugur y se marchó en cuanto bajaron al sótano.

– Aquí murió -dijo la hermana. En su voz no había ni un asomo de dolor, y Erlendur trató de comprender, igual que la primera vez, por qué aquella mujer parecía no albergar sentimiento alguno hacia su hermano.

– Apuñalado en el corazón -dijo Erlendur-. Probablemente con un cuchillo de la cocina -añadió. Aún había sangre en la cama.

– Qué sitio tan miserable -dijo ella mirando a su alrededor-. Y que viviera aquí todos estos años. ¿En qué estaría pensando?

– Yo esperaba que tú pudieras ayudarme a entenderlo.

Ella lo miró en silencio.

– Yo no lo sé -prosiguió Erlendur-. Parece que se contentaba con esto. Otros son incapaces de vivir si no disponen de quinientos metros cuadrados. Tengo entendido que aprovechaba el hecho de vivir en el hotel. Disponía de toda una serie de ventajas.

– ¿Ya habéis encontrado el arma del crimen? -preguntó.

– No, pero quizás algo que se le parece -dijo Erlendur. Calló entonces para esperar a que ella dijera alguna cosa, pero no lo hizo, y transcurrió un buen rato hasta que rompió el silencio.

– ¿Por qué dices que te estoy mintiendo?

– No sé cuánto hay de mentira, pero sé que no me estás diciendo todo lo que sabes. No me estás diciendo la verdad. Y sobre todo, desde luego, es que no me estás diciendo nada. Además, me asombra tu reacción y la de tu padre ante la muerte de Gudlaugur. Es como si no os afectara ni lo más mínimo.

Ella se quedó un buen rato mirando a Erlendur, y luego pareció que tomaba una decisión.

– Nos llevábamos tres años -dijo de repente-, y aunque yo era muy pequeña, recuerdo cuando lo trajeron a casa. Uno de mis primeros recuerdos en la vida, supongo. Fue la niña de los ojos de mi padre desde el primer día. Siempre jugaba mucho con él, y creo que ya desde el principio tenía puestas en él grandes esperanzas. No fue algo que se produjera más tarde y por casualidad, como tal vez hubiera debido ser, sino que nuestro padre siempre tuvo grandes proyectos para cuando Gudlaugur creciera.

– ¿Y tú? -preguntó Erlendur-. ¿No veía en ti ningún talento?

– Siempre fue bueno conmigo, pero adoraba a Gudlaugur.

– Y lo presionó hasta que acabó rompiéndose.

– Simplificas demasiado las cosas -repuso ella-. Y las cosas no son casi nunca tan simples, y yo pensaba que una persona como tú, un policía, sería capaz de entenderlo.

– Me parece que no estamos hablando de mí -dijo Erlendur.

– No -dijo ella-. Claro que no.

– ¿Cómo acabó Gudlaugur en este cuchitril, como un desarraigado? ¿Por qué mostráis tanto odio hacia él? Puedo llegar a comprender la postura de tu padre, si perdió la salud por su culpa, pero no comprendo por qué mantienes tú una actitud tan dura hacia él.

– ¿Qué perdió la salud? -dijo ella, mirando atónita a Erlendur.

– Cuando le empujó escaleras abajo -dijo Erlendur-. He oído contar esa historia.

– ¿A quién?

– Eso no importa. ¿Es cierta la historia? ¿Dejó inválido a tu padre?

– Creo que eso no es asunto tuyo.

– Desde luego que no -dijo Erlendur-. A menos que tenga relación con la investigación. Entonces me temo que será cosa de otras personas, además de vosotros.

Stefanía calló y miró la sangre de la cama, y Erlendur se quedó pensando por qué habría querido hablar con él en el cuartucho donde fue asesinado su hermano. Consideró la posibilidad de preguntárselo, pero no lo hizo.

– No puede haber sido siempre así -dijo, en vez de hacerle la pregunta-. Subiste al escenario a ayudar a tu hermano en el Cine Municipal cuando perdió la voz. Hubo un tiempo en que erais amigos. Hubo un tiempo en que él era tu hermano.

– ¿Cómo sabes lo que sucedió en el Cine Municipal? ¿Cómo has averiguado todo eso? ¿Con quién has hablado?

– Estamos recopilando información. En Hafnarfjórdur hay personas que se acuerdan perfectamente. En aquellos tiempos, tu hermano no te era totalmente indiferente. Cuando erais niños.

Stefanía calló.

– Aquello fue un suplicio -dijo-. Un suplicio espantoso.

El día en que iba a cantar en el Cine Municipal se respiraban en su casa de Hafnarfjórdur, desde primera hora, la expectación y la tensión. Ella se despertó temprano y preparó el desayuno pensando en su madre, y se dio cuenta de que había pasado a desempeñar su papel en el hogar y que se sentía orgullosa de ello. Su padre se hacía lenguas de lo trabajadora que era, al cuidar de ellos dos después de la muerte de su madre. Lo adulta y responsable que era en todo lo que hacía. Pero, aparte de eso, nunca le hablaba. No se preocupaba por ella. Nunca lo había hecho.

Echaba de menos a su madre. Una de las últimas cosas que le dijo cuando estaba ingresada en el hospital fue que ahora le correspondía a ella ocuparse de su padre y su hermano. No podía decepcionarlos. Prométemelo -dijo su madre-. No siempre será fácil. Tu padre es muy cabezota y muy estricto, y no sé si Gudlaugur podrá soportar su forma de ser. Si llegara el momento, tú tienes que ponerte del lado de Gudlaugur, prométeme eso también, dijo su madre, y ella le dijo que sí con la cabeza y se lo prometió. Y se cogieron las manos hasta que su madre se quedó dormida, y ella le acarició el cabello y la besó en la frente.

Dos días más tarde estaba muerta.

«Dejemos a Gudlaugur dormir un poco más», dijo su padre cuando bajó a la cocina. Es un día muy importante para él.

Un día muy importante para él.

Ella no recordaba que hubiera habido nunca un día muy importante para ella. Todo giraba en torno a él. Su canto. Sus grabaciones. Los dos discos que se habían editado. El anunciado viaje a los países nórdicos. Los conciertos en Hafnarfjordur. El recital de esa tarde en el Cine Municipal. Su voz. Sus ejercicios de canto, durante los cuales ella tenía que marcharse de casa para no molestar en el salón, donde estaba el piano que tocaba su padre mientras le prodigaba consejos al niño, le daba ánimos y le ofrecía muestras de afecto y comprensión cuando éste se comportaba como debía, pero se mostraba firme y estricto si pensaba que no se concentraba lo suficiente en su tarea. A veces perdía los nervios y lo reprendía con violencia. En otras ocasiones lo abrazaba y le decía que era maravilloso.

Si ella hubiera recibido tan solo una pequeña parte de la atención que le dedicaba a él y de la motivación que le proporcionaba día a día por tener aquella hermosa voz. Ella se sentía insignificante, pues no poseía talento alguno que despertara la atención de su padre. A veces le decía que era una pena que no tuviese voz. El padre consideraba inútil intentar enseñarla a cantar, aunque ella sabía que no era ese el motivo. Sabía que su padre no estaba dispuesto a gastar energía en enseñarle a ella, porque su voz no era nada especial. Ella carecía del talento de su hermano para el canto. Ella podía cantar en un coro y aporrear un piano, pero tanto su padre como el profesor de piano que le proporcionó, porque él no tenía tiempo para dedicárselo a ella, aseguraban que carecía de sentimiento para la música.

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