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La voz [Röddin - es]

Электронная книга - «La voz [Röddin - es]». Краткое содержание книги:

Gulli, el viejo portero de uno de los más conocidos hoteles de Reykjavik, aparece desnudo y acuchillado hasta morir en su miserable habitación en el sótano. Pero Gulli es mucho más que un simple portero que se disfrazaba de Papa Noel todas las navidades, es un completo misterio. Veinte años en el hotel y nadie le conoce realmente. Erlendur Sveinsson decide alojarse en el mismo hotel en busca de la asesina, que, también de eso cree estar convencido, aún debe permanecer muy cerca, pese a que las vacaciones de Navidad están ya encima y el hotel completo. Mientras que al director tan sólo le importa que el asesinato permanezca oculto y su reputación intacta. Erlendur, sin embargo, recibe la visita de su hija, que de nuevo se adentra entre las brumas de la droga y el alcohol, dejando al inspector al borde de la desesperación y la impotencia.
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Miró a Erlendur.

– Dijiste que tu hermano tenía ocho años cuando murió.

– Los había cumplido ese verano.

– ¿Por qué no lo pudieron encontrar nunca?

– No lo sé.

– Pero sigue allí arriba, en el páramo.

– Sí.

– Sus huesos.

– Sí.

– Ocho años de edad.

– Sí.

– ¿Fue culpa tuya que muriera?

– Yo tenía diez años.

– Sí, pero…

– No fue culpa de nadie.

– Pero tú debes de haber pensado…

– ¿Adonde quieres llegar, Eva? ¿Qué quieres saber?

– ¿Por qué no tuviste ningún contacto con Sindri ni conmigo después de marcharte de casa? -dijo Eva Lind-. ¿Por qué no intentaste estar alguna vez con nosotros?

– Eva…

– No valíamos la pena, ¿es eso?

Erlendur calló y miró por la ventana. Había empezado a nevar otra vez.

– ¿Estás relacionando las dos cosas? -dijo por fin.

– Nunca he encontrado una explicación. Se me ocurrió que…

– ¿Que tendría algo que ver con mi hermano? ¿Con su desaparición? ¿Quieres relacionar las dos cosas?

– No lo sé -dijo Eva-. No te conozco en absoluto. Hace muy pocos años que te vi por primera vez, y fui yo la que te buscó. Lo de tu hermano es lo único que sé de ti, aparte de que eres un madero. Nunca he podido comprender cómo pudiste abandonarnos, a Sindri y a mí. A tus hijos.

– Dejé que fuera tu madre quien decidiera. Quizás habría debido ser más tozudo respecto al régimen de visitas, pero…

– No te interesaba mucho -concluyó Eva.

– Eso no es verdad.

– Claro que lo es. ¿Por qué? ¿Por qué no te ocupaste de tus hijos como habrías tenido que hacer?

Erlendur calló y bajó los ojos. Eva apagó su tercer cigarrillo. Luego se puso en pie, fue hacia la puerta y la abrió.

– Stína vendrá a verte al hotel mañana -dijo-. A mediodía. Con sus nuevas tetas no te pasará desapercibida.

– Gracias por hablar con ella.

– De nada -dijo Eva.

Se quedó dudando en la puerta.

– ¿Qué quieres? -preguntó Erlendur.

– No lo sé.

– No, me refiero al regalo de Navidad. Eva miró a su padre.

– Querría recuperar a mi hija -dijo, y cerró la puerta sin hacer ruido.

Erlendur dejó escapar un profundo suspiro y estuvo un buen rato sentado, quieto, en el borde de la cama, hasta que se puso de nuevo a ver los vídeos. Seres humanos atendiendo sus asuntos antes de Navidad atravesaban la pantalla como rayos, muchos de ellos con bolsas y paquetes de compras navideñas.

Había llegado al quinto día antes del asesinato de Gudlaugur cuando la vio. Al principio le pasó desapercibida, pero en algún lugar de su conciencia se encendió una chispa y detuvo la cinta, rebobinó y regresó a la imagen. No había sido el rostro lo que llamó la atención de Erlendur, sino su porte, su forma de andar y su arrogancia. Apretó de nuevo el play y la vio, ahora con más claridad, entrar en el hotel. Volvió a avanzar deprisa. Al cabo de una media hora la mujer volvió a aparecer en la pantalla, saliendo del hotel con paso apresurado, por delante del banco, sin mirar ni a derecha ni a izquierda.

Se levantó de la cama y se quedó mirando fijamente la pantalla.

Era la hermana de Gudlaugur.

Que no había visto a su hermano menor desde hacía más de diez años.

Quinto Día

22

El ruido despertó a Erlendur en plena mañana. Le costaba despertarse después de una noche casi sin dormir, y al principio no entendía el terrible estruendo que resonaba en la pequeña habitación. Se había pasado casi toda la noche despierto, mirando los vídeos uno tras otro, pero no encontró a la hermana de Gudlaugur más que aquel único día. No podía ni imaginarse que su presencia en el hotel fuese fruto de la casualidad, y que estuviera allí por otro motivo que no fuera ir a ver a su hermano, a quien dijo no haber visto durante muchos años.

Erlendur había descubierto una mentira y sabía que en una investigación policial no hay nada más valioso que descubrir una mentira.

El ruido no cesaba, y poco a poco Erlendur se fue dando cuenta de que procedía del teléfono. Descolgó y oyó la voz del director del hotel.

– Tienes que bajar a la cocina -dijo el director del hotel-. Aquí hay un hombre con el que deberías hablar.

– ¿De quién se trata? -preguntó.

– De un chico que se marchó a su casa enfermo el día en que encontramos a Gudlaugur -dijo el director-. Deberías bajar.

Erlendur se levantó de la cama. Aún estaba vestido. Fue al baño, se miró en el espejo y vio que tenía una barba de varios días; se pasó la mano por la cara y sonó como si pasara un papel de lija por un trozo de madera. La barba era espesa y enmarañada, como la de su padre.

Antes de bajar llamó a Sigurdur Óli y le pidió que fuera con Elínborg a Hafnarfjórdur y condujeran a la hermana de Gudlaugur a la comisaría de Hverfisgata para interrogarla. Él se reuniría con ellos más tarde. No explicó por qué quería hablar con ella. No quería que se les escapara decirle algo. Quería ver la expresión de su cara cuando descubriera que sabía que le había mentido.

Cuando Erlendur llegó a la cocina, vio al director del hotel junto a un individuo muy flaco, de unos treinta años. Erlendur se preguntó si su delgado aspecto sería un efecto causado por el contraste: todos los que estaban al lado del director parecían tener un aspecto famélico.

– Aquí estás -dijo el director-. Parece como si me hubiera puesto yo a dirigir esa investigación tuya, a buscar testigos y demás.

Miró a su empleado.

– Dile lo que sabes.

El hombre empezó a hablar. Se mostró bastante preciso en su relato y explicó que había empezado a sentir malestar hacia el mediodía del día en que encontraron a Gudlaugur. Acabó vomitando y apenas le dio tiempo de llegar al cubo de basura de la cocina.

El hombre miró avergonzado al director del hotel.

Le autorizaron a marcharse a casa, y se metió en la cama con una gripe horrible, fiebre y dolor de huesos. Vivía solo y no se enteró de las noticias, y por eso no había hablado con nadie sobre lo que sabía hasta esa mañana, cuando volvió al trabajo y se enteró de la muerte de Gudlaugur. Se llevó una fuerte impresión al oír lo que había sucedido, aunque no conocía mucho al difunto, «solo llevo como un año trabajando aquí», aunque había hablado con él alguna vez e incluso había bajado a su cuartucho y…

– Venga, venga -dijo el director, impaciente-. Eso no nos interesa, Denni. Continúa.

– Antes de irme a casa esa mañana, Gulli vino a la cocina y me pidió que le prestara un cuchillo.

– ¿Te pidió prestado un cuchillo de la cocina? -dijo Erlendur.

– Sí. Al principio quería unas tijeras, pero como no las encontré le di un cuchillo.

– ¿Para qué necesitaba unas tijeras o un cuchillo? ¿Te lo dijo?

– Era algo relacionado con el traje de Papá Noel.

– ¿Con el traje de Papá Noel?

– No me lo explicó, unas costuras que tenía que abrir.

– ¿Devolvió el cuchillo?

– No mientras yo estaba aquí, pero a mediodía me marché a casa y no sé nada más.

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