El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 84-7002-349-7
- Переводчик: Jordi Fibla Feito
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:
—El laboratorio espacial de clase económica —musitó Baker—. Está moviéndose para colocarse en posición horizontal. Voy a establecer esa rotación en cuatro minutos ocho segundos.
Lo primero que debía hacer para encajar perfectamente con el laboratorio del Martillo era situar las toberas de maniobra para que la cápsula rotara con el objetivo. Luego debía aproximarse más a la nave y esperar la oportunidad, hasta que la gran sonda de ensamblaje del Apolo pudiera penetrar en el agujero situado en el extremo del laboratorio del Martillo... De nuevo estaban envueltos por la negrura. Rick estaba asombrado de lo larga que había sido la operación de conducir la cápsula cuando la distancia no parecía superior a un par de kilómetros. Naturalmente, ellos también habían avanzado veintidós mil kilómetros en los mismos cincuenta minutos...
Al alba, Rick estaba dispuesto. Avanzó un poco, otro poco, maldijo, siguió un poco más adelante y notó el ligero contacto de las dos naves. Los instrumentos indicaron que el contacto se había establecido en el centro, y Rick empujó con fuerza...
—¡Ha dejado de ser virgen! —gritó.
—Houston, aquí el Apolo. Hemos ensamblado. Repito, hemos ensamblado —dijo Baker.
—Ya lo sabemos —respondió una voz seca desde tierra—. El micrófono del coronel Delanty estaba abierto.
—Vaya por Dios —musitó Rick.
—Apolo, aquí Houston, sus colegas se aproximan. Están ustedes en el campo visual del Soyuz. Repito, el Soyuz tiene contacto visual.
—Recibido el mensaje, Houston. —Baker se volvió a Rick—. Ahora encárgate de estabilizar a esta madre mientras yo hablo amistosamente con el hermano asiático... y la hermana. Soyuz, Soyuz, aquí Apolo. Corto.
—Apolo, aquí Soyuz —dijo una voz masculina. El inglés de Jakov era gramaticalmente perfecto, y casi sin acento. lo había estudiado con maestros de habla norteamericana, no británicos—. Apolo, copiamos sus operaciones. ¿Ha completado su maniobra de ensamblaje? Interrogativo. Corto.
—Estamos acoplados al laboratorio del Martillo. Podemos acercarnos con seguridad. Corto.
—Apolo, aquí el Soyuz. ¿Con la expresión «laboratorio del Martillo» se refiere al laboratorio espacial dos? Interrogativo. Corto.
—Afirmativo —respondió Baker.
Delanty sabía que estaba utilizando demasiado combustible. Sólo un perfeccionista se habría percatado de ello. La maniobra estaba dentro de los límites de error incorporados al programa de Houston. Pero Rick Delanty lo tenía todo en cuenta.
Finalmente quedaron estabilizados, el Apolo con el morro introducido en el orificio de ensamblaje situado en el extremo del cubo de basura llamado laboratorio del Martillo, sin bambolearse ni rotar. El Apolo avanzó a ocho kilómetros por segundo. Baker y Delanty, sentados en sentido inverso al de la marcha, giraban en torno a la Tierra, dando una vuelta completa cada noventa minutos.
—Listo —dijo Rick—. Ahora veamos cómo lo hacen ellos.
Baker activó un sistema de televisión. Había un cable conector en el mecanismo de ensamblaje, y la imagen apareció perfectamente nítida: una vista del Soyuz, macizo y más cercano de lo que habían esperado, que se iba aproximando al otro extremo del laboratorio del Martillo. El Soyuz fue haciéndose mayor, se bamboleó ligeramente en su órbita, mostrando su considerable volumen. Era mucho más grande que el Apolo. Los soviéticos habían utilizado siempre sus enormes secciones propulsoras militares para ayudar a la realización de su programa espacial, mientras que la NASA diseñaba y construía un equipo especial.
—Espero que esa buena madre no se haya olvidado del almuerzo —dijo Delanty—. De lo contrario vamos a pasar hambre.
Baker asintió y siguió observando.
El Soyuz era esencial para la misión del laboratorio del Martillo, pues contenía la mayor parte de los víveres. El laboratorio estaba lleno de instrumentos, película y material para experimentos, pero sólo tenía alimentos, agua y aire para algunos días. Necesitaban el Soyuz para permanecer a la espera del cometa Hamner-Brown.
—A lo mejor pasaremos hambre de todos modos —dijo Johnny Baker. Miró con preocupación la pantalla y las maniobras del vehículo soviético.
Aquella observación resultaba penosa. El Soyuz se movía torpemente, como una ballena muerta a impulsos del oleaje. Cabeceó violentamente contra la cámara y retrocedió con igual violencia. Se bamboleó y casi se detuvo. Lo intentó de nuevo, pero tampoco acertó.
—Y ése es su mejor piloto —murmuró Baker.
—Yo tampoco lo hice muy bien...
—Tonterías. El objetivo estaba rotando, pero ahora estamos tan estabilizados como un tranvía. —Baker miró un poco más y meneó la cabeza—. No es culpa suya, desde luego, sino de los sistemas de control. Nosotros tenemos computadores a bordo, y ellos no. Pero es una vergüenza.
Los surcos del rostro color caoba de Rick Delany se intensificaron.
—No sé si voy a poder aguantarlo mucho más, Johnny.
Aquel espectáculo era atroz para ambos astronautas. Sentían una comezón en los dedos, unas ganas imperiosas de sustituir a sus colegas al frente de la maniobra. Tales tensiones son las que sienten los conductores que viajan en los asientos traseros de los coches.
—Y ellos tienen los víveres —dijo Baker—. ¿Cuándo piensan claudicar?
Entraron en la zona oscura. Las comunicaciones con el Soyuz se limitaban a mensajes oficiales. Cuando volvieron a la luz, la astronave soviética se acercó una vez más.
—Vamos a pasar hambre... —dijo Delanty.
—Calla.
—Sí, señor.
—Vete a freír espárragos.
—Imposible con un traje espacial.
Miraron de nuevo. Finalmente se oyó la voz de Jakov:
—Estamos gastando un combustible que necesitamos. Solicito pasar al plan B.
—Soyuz, mensaje recibido. Estén preparados para poner en práctica el plan B. —Baker pareció visiblemente aliviado. Hizo un guiño a Delanty—. Ahora muestra a los comunistas lo que puede hacer un verdadero americano.
El plan B era oficialmente una medida de emergencia, pero todos los planificadores de la misión norteamericana habían predicho en privado que sería necesario. En Estados Unidos los entrenamientos se llevaban a cabo como si el plan B fuera el modo normal de operación. Confiaban en que no sería necesario al cruzar el Atlántico, pero de todos modos lo habían tenido en cuenta al efectuar la planificación. El plan B era muy simple: El Soyuz se estabilizaba por sí mismo, y el monstruo formado por la cápsula Apolo y el laboratorio del Martillo maniobraba hacia él.
Delanty pilotaba una nave espacial y, a la vez, una lata enorme y maciza. Era como si un portaaviones tratara de maniobrar para recibir adecuadamente a un avión en descenso. Pero también disponía del sistema electrónico más complejo del mundo, toberas de dirección minuciosamente fabricadas por un personal especializado con millares de horas de experiencia e instrumentos producidos en una docena de laboratorios acostumbrados a confeccionar material de precisión.
—Houston, Houston, plan B en marcha —informó Baker.
Rick Delanty pensó que ahora el mundo entero estaría mirándole, o escuchando. Y si se equivocaba...
Aquello era impensable.
—Tranquilo —dijo Baker.
Pero era evidente que él tampoco lo estaba. Había llegado el momento. Igual que en el simulador.
Un impulso directo, la verificación un instante antes de establecer el contacto, y una débil propulsión de los reactores para unir las dos naves. De nuevo la sensación mecánica de contacto y, simultáneamente las luces verdes en el tablero de mandos.
—Asegúralo —dijo Rick.
—Soyuz, estamos ensamblados, aseguren la sonda de unión —pidió Baker.