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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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—Apolo, afirmativo. Estamos ensamblados.

—El que entre el último es un tarugo —dijo Baker.

Se estrecharon formalmente las manos, mientras flotaban dentro de la gran lata. En tierra, los comentaristas hablarían de una ocasión histórica, pero a Baker no se le ocurrían palabras históricas para pronunciarlas en aquel momento.

Había demasiadas cosas que hacer. Aquello no era un espectacular apretón de manos en el espacio, como la primera vez que se ensamblaron un Apolo y un Soyuz, sino que era una misión de trabajo, con un programa peligroso que probablemente no podrían realizar en su integridad, ni siquiera con suerte...

Y sin embargo... Baker sintió deseos de reír. Lo habría hecho si ello no hubiera requerido tantas explicaciones. Se habría reído ante el fantástico aspecto de los cuatro y la certidumbre de que no había nadie como ellos en el mundo. Leonilla Alexandrovna Malik poseía una misteriosa belleza. Tenía tal dominio de sí misma que podría haber representado el papel de una zarina, pero sus músculos suaves y duros habrían sido más adecuados para el de primera bailarina. Era una mujer fría y encantadora.

Johnny Baker pensó que era indiferente, pero secretamente vulnerable, y se preguntó si era tan fríamente cortés con todo el mundo como lo era con el brigadier Jakov.

El brigadier Pieter Ivanovitch Jakov era Héroe del Pueblo, pero Baker no sabía de qué clase. Era el hombre perfecto para ilustrar un cartel de propaganda solicitando el alistamiento. Apuesto, con una buena musculatura y mirada fría, se parecía mucho al mismo Johnny Baker, lo cual no era más sorprendente que el parecido superficial de Rick Delanty con Muhammad Ali.

Eran cuatro especímenes en plena madurez, llenos de una salud atlética. Lástima que aquel tipo de la NBS, Randall, no estuviera allí para hacerles un retrato de grupo. Pero Blas tarde o más temprano se lo haría.

La falta de gravedad les hacía flotar e impedía que estuvieran en la posición normal de unas personas que se encuentran y sostienen una conversación. Iban de un lado a Otro como impulsados por brisas errabundas. La situación era hilarante incluso para Baker y Jakov, que ya la habían vivido en otra ocasión. Rick y Leonilla estaban entusiasmados. Procuraban, en su vagar, acercarse a las mirillas y contemplar las estrellas y la Tierra.

—¿Habéis traído el almuerzo? —preguntó Delanty.

—Desde luego —respondió Leonilla con una fría sonrisa—. Creo que os gustará. Pero es una sorpresa del camarada Jakov.

—Primero hemos de encontrar un lugar para comer —dijo Baker, mirando a su alrededor. La cápsula estaba atestada.

Los equipos ocupaban casi todo el espacio. Había dispositivos electrónicos adheridos a las mamparas, paquetes amorfos suspendidos de cordeles de nylon amarillo, cajas de plástico, estantes llenos de objetos, carretes de película, microscopios, un telescopio desmontado, juegos de herramientas y soldadores. Había varias copias de diagramas que mostraban dónde estaba cada cosa, y Baker y Delanty se habían ejercitado hasta ser capaces de tocar cada objeto en plena oscuridad. Pero no había allí el menor sentido del orden.

—Podemos comer en el Soyuz —sugirió Leonilla—. Está lleno, pero... —Hizo un gesto de resignación.

—No es lo que nos habían hecho creer —dijo Jakov—. He hablado con Bakunyar y ahora disponemos de varias horas hasta que podamos desplegar las alas solares. Pero sugiero que comamos primero.

—¿Qué nos habían hecho creer? ¿A qué te refieres? —preguntó Delanty.

—A esto —dijo Jakov, haciendo un gesto expresivo que abarcaba toda la cápsula. John Baker se echó a reír.

—No hubo tiempo para planificar como es debido. Sólo pudieron amontonar las cosas a bordo. De lo contrario, todo habría sido diseñado especialmente para la observación del cometa, con la mitad del peso...

—Y un coste nueve veces superior —intervino Delanty.

—Y entonces no habría habido necesidad de nosotros —dijo Leonilla Malik.

Jakov la miró fríamente. Empezó a decir algo, pero se interrumpió. Aquello era bastante cierto, y todos lo sabían.

—Desde luego, han aprovechado bien el espacio —dijo Delanty—. Bueno, vamos a comer.

—¿No notas el efecto de la caída libre? —preguntó Leonilla.

—¿Este? —John Baker se echó a reír—. Este es capaz de comer mientras da vueltas en las montañas rusas. Yo sí que lo noto un poco, aunque no es la primera vez que subo. Pero ya se está pasando.

—Debemos comer ahora —dijo Jakov—. Estamos entrando en la zona oscura y tenemos que desplegar las alas solares con luz. Yo también sugiero el Soyuz, hay más espacio. Y tenemos una sorpresa: caviar. Debe comerse en boles, pero sin duda podemos hacerlo también con tubos.

—¿Caviar? —preguntó Baker.

—Tiene un alto valor alimenticio —explicó Leonilla—. Y pronto terminarán el nuevo canal y habrá agua de sobras en el Caspio y el Volga para nuestro esturión. Espero que le guste el caviar.

—Claro —dijo Baker.

—¿Entramos? —Jakov les precedió al interior del Soyuz.

Ninguno se dio cuenta de que Rick Delanty permanecía atrás, como si en realidad no tuviera ganas de comer.

Delanty y Baker estaban en el exterior. Unos delgados cables les mantenían conectados al laboratorio del Martillo. Les rodeaba el vacío del espacio, brillante bajo la luz del sol, pero oscuro como la cueva más negra en la zona de sombra.

El Skylab tenía alas cubiertas con células solares, y, en caso de necesidad, podían desplegarse automáticamente.

El diseño del laboratorio del Martillo era diferente. Las alas estaban plegadas contra el fuselaje, y se habían concebido para ser desplegadas mediante la fuerza muscular. Baker y Delanty se encargarían de ello.

La energía de las células solares era imprescindible. Sin ella, los astronautas no podían hacer funcionar el laboratorio, ni siquiera mantenerlo lo bastante frío para vivir en él. El espacio no es frío. Carece de temperatura, puesto que no hay aire para proporcionarla. Los objetos expuestos a la luz del sol absorben el calor, que debe ser eliminado. Los seres humanos generan incluso más calor; ninguna persona puede vivir mucho tiempo en un medio aislado, ya sea un traje de presión ya una cápsula espacial. Un hombre genera más calor en cada centímetro cúbico de su cuerpo que el sol en cada centímetro cúbico de su superficie. Naturalmente, hay muchísimos centímetros cúbicos de sol...

Así pues, necesitaban las células solares, lo cual requería trabajo. Movían grandes masas —en el espacio no existe el peso, pero la masa permanece— contra la fricción. Sus trajes de presión oponían resistencia a cada movimiento, pero finalmente concluyeron la tarea. No se rompió ni atascó nada. El sistema había sido diseñado con la máxima simplicidad... y para usar el talento de hombres inteligentes en órbita.

—Por fin —dijo Johnny Baker—. Y tenemos aún oxígeno para algunos minutos. Rick, descansa un momento y disfruta del panorama.

—Muy bonito —dijo Rick a través del micrófono. Pero su tono era malhumorado.

A Baker no le gustó aquel tono. Delanty, además, respiraba con demasiada intensidad e irregularmente. Pero Baker no dijo nada.

—Creí que la última ala nunca se desprendería —dijo Delanty con un bufido.

—Pero lo ha hecho. Y si no lo hubiera hecho, la habríamos arreglado —replicó Baker—. Esos bastardos con sus perfectas cajas negras... Bueno, esta vez me han dado las herramientas para el trabajo. No hay nada que un hombre no pueda hacer si tiene las herramientas adecuadas.

—Claro, ahora todo es coser y cantar.

—Exacto. No hay que preocuparse. ¿Qué puede pasar salvo algunas tensiones internacionales, un posible golpe de un secuestrador aéreo cubano y varias masas de hielo sucio moviéndose a ochenta kilómetros por segundo... en nuestra dirección?

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