Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Aire muerto [Dead Air - es]
Aire muerto [Dead Air - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Aire muerto [Dead Air - es]

Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:

Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.
1 ... 41 42 43 44 45 46 47 48 49 ... 95
Перейти на страницу:

—Dios. ¿Hay algo que te guste de verdad, sin peros?

—¡Me gustan montones de cosas!

—¿Como qué?

—¿Aparte de los sospechosos habituales?

—No hablo de películas.

Me reí.

—Yo tampoco. Quiero decir aparte de los amigos, la familia, la paz mundial, los bebés y Nelson Mandela.

—Sí. Eso. ¿Qué?

—Los estudiantes.

—¿Los estudiantes?

—Sí, parece que está de moda detestar a esos capullines, pero yo creo que están muy bien. Como mucho, quizá hoy día sean demasiado estudiosos, quizá no sean demasiado rebeldes, pero en esencia están bien.

—¿Qué más?

—El criquet. Creo sinceramente que es muy posible que el criquet sea el mejor juego del mundo. Para un escocés, admitir algo así es una herejía y entiendo completamente por qué los americanos piensan que solo los ingleses podrían inventar un juego que dura cinco días y aun así puede acabar en empate, pero no puedo evitarlo: me encanta. No acabo de comprenderlo del todo y sigo sin conocer todas las reglas, pero hay algo en su ritmo extrañamente errático y su mera complejidad que… psicológicamente lo eleva por encima de cualquier otro deporte. Incluido el golf, que está plagado de cabrones reaccionarios demasiado bien pagados pero sigue siendo cuestión de habilidad y oficio y belleza y, desde luego, se inventó en Escocia, como otras muchas cosas buenas.

—Eso son solo dos cosas.

Chasqueé los dedos.

—Los liberales. Las clases parlanchinas. La corrección política. Estoy con ellos. Como en otros casos, tienen mala prensa por culpa de enanos morales a los que asusta la verdad, empleados por multimillonarios ambiciosos para cascársela a los intolerantes, pero a mí no me engañan; yo los apoyo. Son mi gente. Los liberales buscan la amabilidad. ¿Qué tiene eso de malo? Y, Dios los bendiga, lo hacen en ¡las fauces de la adversidad! El mundo, la gente no paran de decepcionarlos con ejemplos constantes de lo asquerosos que pueden llegar a ser los seres humanos, pero los liberales lo asimilan todo, se agachan, se atan las sandalias y siguen adelante; pensando bien de la gente, leyendo el Guardian, enviando cheques a buenas causas, acudiendo a las manifestaciones, avergonzándose educadamente de la zoquetería de la clase obrera y en general acalorándose cuando ven que tratan mal a la gente. Es lo bueno que tienen los liberales; les importa la gente, no las instituciones ni las naciones, no las religiones o las clases, solo la gente. A un buen liberal no le importa si es su nación, religión, clase o lo que sea la que está maltratando a otro puñado de gente; sigue estando mal y protesta. Te lo digo yo, una nación que ha convertido la palabra «liberal» en una palabrota está enferma, muy enferma. Pero, ya ves, los yanquis piensan que el baloncesto es un deporte y que no tiene nada de cruel ni raro tardar cuatro minutos en matar a un ser humano con una descarga de treinta mil voltios.

—¿Has dicho la corrección política? Eso es nuevo.

—Corrección política es como los fanáticos de derechas llaman a lo que todos los demás llamamos ser educado, o a lo que todos los demás llamamos no ser un fanático de derechas.

Jo me miró con los ojos entornados.

—Apuesto a que podrías encontrar grabaciones tuyas en las que arengas sobre por qué hay que odiar la corrección política.

—Como todo el mundo, tengo mis propias definiciones de las cosas y nunca se me ocurriría negar que un puñado de estúpidos pueden llevar demasiado lejos una idea por lo demás perfecta, pero mantengo la opinión de que la corrección política es más el ofendido que el ofensor. Además, uno puede cambiar de opinión. Ah, y los periodistas. Me gustan los periodistas.

—¡¿Qué?! —exclamó Jo con incredulidad—. ¡Tú odias a los periodistas!

—No es verdad, solo a los que se inventan citas, subvencionan criminales, acosan al inocente, actúan en connivencia con gente carente de todo talento o por el contrario desperdician sus innegables dones en porquerías. No hay duda de que son una vergüenza. Pero ¿un periodista decidido a descubrir la verdad de una historia, exponer las mentiras y la corrupción, contarle a la gente lo que ocurre de verdad, conseguir que una parte de la humanidad se preocupe por el resto o al menos empiece a plantearse preguntas? Ese vale su peso en oro. De hecho, en microchips. Son los guardianes de la libertad. Son más importantes para la democracia que la mayoría de los políticos. Santos seculares, eso es lo que son. Desde luego, también ayuda que sean liberales. No muevas así la cabecita, jovencita. Estoy hablando muy en serio.

—Ahora sí que tengo claro que me estás tomando el pelo.

—¡Que no, te lo juro! —dije agitando los brazos—. Y se me acaba de ocurrir otra cosa que me gusta.

—¿Sí? ¿Qué?

Asentí.

—Esta ciudad.

—¿Londres?

—Ajá.

—Pero si siempre te estás quejando de que el metro apesta, está sucio y es peligroso, y que el tráfico está espantoso y que el aire huele mal y que la gente no es tan simpática como en Glasgow y que las copas son demasiado pequeñas y caras y que no es tan emocionante como Nueva York ni tan civilizada como París ni tan limpia como Estocolmo ni tan moderna como Amsterdam ni tan divertida como San Francisco ni…

—Sí, sí, sí, pero date la vuelta y mira. Mira.

Jo dio media vuelta y miró el aparador al que había estado dando la espalda mientras conversábamos. Habíamos incluido Bond Street en nuestro paseo del domingo por la tarde porque yo quería visitar algunas joyerías pijas a ver si vendían mi exagerado reloj nuevo. La tienda delante de la que nos habíamos parado resultó ser una joyería. Y el aparador estaba lleno de espumaderas suspendidas en el espacio de detrás del cristal como una lluvia surrealista de pequeños paletas centelleantes. Formaban la Colección Rabinovich de Espumaderas de Plata Antiguas y Modernas, por citar la elegante placa de la vitrina (nos encontrábamos a pocas puertas de una tienda llamada Locuras, detalle muy apropiado).

—¿Cómo puedes no enamorarte de una ciudad que genera cosas como esta? —pregunté.

Jo decía que no con la cabeza. Volvía a ir de rubia y le había dado por cardarse el pelo corto en pequeños pinchos parecidos a los del merengue. Me cogió del brazo. Llevaba un anorak plateado de plumón. Yo llevaba un estupendo abrigo de la RAF que me había regalado mi tío a los diecisiete años.

—Vámonos —dijo—. Estoy cogiendo frío.

Echamos a andar en dirección sur, de vuelta al río.

—Y la música, claro. Me encanta la música.

—Pero acabas de decir que detestas las cosas que tienes que pinchar.

—Sí, porque es basura comercial. El equivalente sonoro de la Coca-Cola y el McDonald’s: te llena pero solo es porquería fabricada en cadena y no contiene casi nada que te siente bien. La música que me gusta es la que la gente hace porque tiene que hacerla, porque necesita hacer música, con el alma, no con el bolsillo.

—Tú no crees en el alma.

—No creo en un alma inmortal. Solo me refiero a la esencia de lo que somos, no a una superstición.

—Ya, bueno, suerte tienes de limitarte a pincharla y no tener que involucrarte en el proceso de producción.

—Hablas como si fueran tartas.

—¿Tartas?

—Sí. Ya sabes, eso de que, si te gusta comer tartas, es mejor que nunca, nunca, veas cómo las fabrican y qué llevan dentro.

—Sí, bueno —dijo Jo levantando una ceja tachonada de acero—, puedes creerme: ahí fuera hay un montón de grupos «tarta».

—Supongo que lo mismo podría decirse de las salchichas.

—Idem de ídem.

Miré hacia el final de la calle, a la tienda de DKNY. Me acordé de lo que Ceel me había contado acerca de las cinco mil camisetas rojas con las Torres Gemelas hacía casi tres meses. En el frío de diciembre temblé, anhelando el calor oscuro y achicharrante de aquella habitación de hotel. Otra cuestión del paseo que no podía compartir con Jo. Nuestra ruta nos había llevado por delante de varios de los hoteles que había visitado con Ceel. Hacía diez minutos que habíamos pasado por el Claridge y había estado a punto de proponerle a Jo que entráramos a tomar una copa, una taza de té o solo a fingir que éramos clientes y colarnos en un ascensor con ascensorista de uniforme, pero al final una suerte de instinto profiláctico, una exigencia atendida a regañadientes de obedecer la restricción de Ceel en lo referente a mantener nuestra aventura separada del resto de nuestras vidas, me lo impidió.

1 ... 41 42 43 44 45 46 47 48 49 ... 95
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)