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Aire muerto [Dead Air - es]

Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:

Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.
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Pensé. De hecho, me lo pensé dos veces.

—Supongo que no hará submarinismo, ¿verdad?

—Sí.

Pensé un poco más.

—¿Por qué iba a necesitar semejante excusa?

—No lo sé. Por eso pienso que tal vez no sea una excusa.

Permanecimos en silencio un rato. Ceel se acurrucó contra mí. Todavía no había conseguido elevar la temperatura de la sui— te al nivel que ella consideraba operativo, así que quizá tuviera frío. Seguí tumbado, sudando levemente y pensando en lo que me había dicho Craig acerca del amor.

Pasó el tiempo, y luego Ceel me murmuró en el hombro:

—Tienes mi número de móvil, ¿verdad?

Cerré los ojos. Nunca había valorado tanto tenerla entre los brazos.

—Sí —admití.

No dijo nada de inmediato, pero noté que asentía ligeramente.

—Has ido con cuidado —dijo—. Te lo agradezco. Ahora entiendo por qué estabas preocupado. Me conmueve. Pero, por favor, sé todavía más precavido. ¿Has grabado el número en la memoria del móvil?

—Me lo sé de memoria.

—Pues bórralo del teléfono.

—De acuerdo.

—Gracias.

—La chica. ¿Era muy guapa?

—Muy atractiva, de modo muy obvio, tipo rubia explosiva.

Ceel permaneció un rato en silencio. Luego añadió:

—Estoy celosa. Sé que no debería, pero tengo celos.

—Lo siento.

—Yo también.

—Bueno, a mí me da celos tu marido.

—Pues hay veces cuando quedamos en que eres la última persona con la que he hecho el amor.

Pensé en ello.

—No sé qué es más patético —dije con voz queda—. Que eso me haga sentir un poco mejor o que nos aferremos desesperadamente a esto nuestro. No es solo sexo, Ceel. Quiero decir que siento celos de que él esté contigo más que yo, de que podáis llevar una vida normal los dos juntos.

—No es muy normal. Viaja mucho.

—Ya, pero podéis cruzar una calle juntos, cogidos de la mano.

Otra pausa.

—Nunca me coge de la mano.

—¿Admite usted que golpeó a la mujer, señor McNutt?

—Fue en defensa propia, pero sí.

—Ya veo.

—Mierda —suspiré.

No tuvo consecuencias. Al final no se presentaron cargos, claro, y, tal como había supuesto, la poli no hizo nada. Al menos nada de lo que me informaran. Ni siquiera pudieron analizar la chaqueta de Phil en busca de restos de rohypnol; un amigo de Phil había supuesto que la chaqueta estaba en la bolsa para mandarla a la tintorería y decidió llevarla él mismo.

En fin. Había cumplido mi parte del trato y denunciado el incidente en comisaría como un buen ciudadano.

—Bueno, hum… quizá deberíamos filtrarlo a la prensa, ¿ujum?

La idea era de Nina Boysert, la jefe de relaciones públicas del grupo Mouth Corporation y consejera especial de sir Jamie, que a saber qué significaba eso. No decía «ajá» como Raine —perdón, «Raine»—, lo suyo sonaba «ujum».

Tanto monta, monta tanto.

Todos la miramos. Estábamos en su despacho, más amplio incluso que el de Debbie, la directora de la emisora. No muy alto, pero ancho y alargado y aireado y con una agradable vista de la Soho Square. También estaban presentes Debbie, Phil y el jefe de las lumbreras legales de la casa, Guy Boulen.

—Ah, la policía dijo que no lo hiciéramos —señaló Boulen.

Haría un minuto que habíamos abordado la cuestión. Boulen resultaba extrañamente tosco para ser abogado; más o menos de mi edad, alto y atlético y con la cara curtida por los elementos. En una palabra, fornido; con aspecto de encajar mejor en medio de un páramo alto, bajo la lluvia y las nubes, examinando un compás y liderando a un puñado de niños pobres en una de esas caminatas que forjan el carácter. Aunque tenía una voz suave, con acento de los alrededores de Londres.

—Ujum. Pero ellos tienen su trabajo y nosotros el nuestro, ¿no? Tenemos que pensar en qué es lo mejor para el grupo.

Nina era una pija con traje de negocios; rostro alargado no carente de cierta elegancia, dentadura perfecta y piel sedosa; pelo negro, a lo paje. Voz profunda. Mouth Corporation se la había robado a una consultoría de prestigio internacional. Aún no había cumplido los treinta.

—¿Puedo llamarte Nina? —le pregunté con una sonrisa.

—Ah. Ujum. Claro.

—Señorita Boysert —dije sin sonreír—, puede que mi vida corra peligro. Por lo que le he oído hasta el momento, no estoy del todo seguro de que sea plenamente consciente de ese detalle. Estoy pidiendo la ayuda de mis colegas profesionales y de la empresa para la que trabajo. Ahora bien…

Fue el «ahora bien» lo que empujó a Phil a interrumpirme.

Por supuesto, lo que yo quería decir era: «Escucha, cacho perra, al grupo que le den por el culo, y a los accionistas y hasta a sir Jamie; ha sido a mí al que han arrastrado por las profundidades del East End en mitad de la noche para hacerme Dios sabe qué, así que mejor nos centramos en lo que más me conviene a mí…». Pero me refrené y solté un discursito a mi entender mucho más educado, incluso pese al mordaz y probablemente innecesario comienzo en el que evité usar el nombre de pila de la susodicha.

—Creo que Phil tiene razón —dijo Boulen, al hilo de lo que fuera que hubiese dicho Phil (me lo perdí, concentrado todavía en la señorita Diosa Corporativa)—. Es un asunto legal y debemos seguir el consejo de la policía.

—Ujum. Pero se me ocurre que, bueno, ¿qué pasa con la publicidad? O sea, sería un notición, ¿ujum? Ya veo la portada del Standard: «El infierno de amenazas de un DJ». Y con foto, claro. Algo así. O sea, la bomba. No podemos pasarlo por alto, si resulta casi increíble.

Se produjo un silencio incómodo.

—¿Lo dices en serio? —pregunté.

—Mira, Ken —dijo rápidamente Phil, levantándose y dándome una palmada en el hombro—. Has pasado un par de días muy duros; en realidad, no es necesario que te quedes. Ya me encargaré yo. ¿Por qué no nos encontramos luego en el Bough, dentro de, pongamos, media hora? ¿Sí?

Me miró con una ceja levantada. Guy Boulen asentía sin convicción, con expresión a medio camino entre una mueca y una sonrisa. Debbie miraba al suelo.

—Una gran idea —dije mirando a mi alrededor—. Perdonadme.

Al llegar a la puerta oí una voz femenina preguntar:

—¿Ha sido por algo que hayamos dicho, ujum?

—Bien hecho —dijo Phil brindando esa misma noche en el Groucho. Estábamos en el rinconcito de la placa azul, arriba, en la planta de los billares—. Has informado a la policía de lo ocurrido y para sorpresa mía no le has dicho a Nina Boysert lo que piensas de ella. Estoy orgulloso de ti.

—Muchísimas gracias de mierda. ¿Me he ganado una insignia?

—Mañana mismo hago acuñar una medalla conmemorativa.

—¿Se ha callado la bocaza y ya no quiere filtrar la noticia o te has limitado a tirarla por la puta ventana?

—Opción A. Aunque Boulen y yo tuvimos que amenazar con dimitir si insistía en seguir adelante con el plan. También dejé caer de pasada tu amistad con sir Jamie; se debió de quedar con la impresión de que, si ocurre algo que no te gusta, recurrirás al Querido Propietario la próxima vez que juguéis juntos al polo.

Negué con la cabeza y me tomé un trago.

—Supongo que lo filtrará de todos modos.

—No lo sé. —Phil se quedó pensativo—. No me gustaría tener que apostar. Pero no me sorprendería. Nunca me había encontrado a nadie con tanta mentalidad de hoja de cálculo.

—Bueno, da igual. A la mierda. Que la jodan.

—Hum… Bien, tú primero.

—Ah, oye, Phil, ¿puedo pasar la noche en tu casa?

—Jo está otra vez de viaje, ¿no?

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