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Aire muerto [Dead Air - es]

Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:

Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.
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—Jimmy. El primer oyente que llama desde Lambeth. Quiere dar su opinión sobre el programa. Que es…

Abrí la línea. Una voz masculina tranquila y templada dijo sin ningún acento particular: «Vais a necesitar un presentador nuevo, eres hombre muerto». Luego colgó.

Phil vio la expresión de mi cara. Cubrió la intervención con pitidos. Le indiqué que parara y dije:

—¡Guau! Eso se llama clavar pitidos. Mamá, te tengo dicho que no me llames al trabajo. Espero que en la línea cinco encontremos a alguien con la lengua más gentil. Marissa, esa eres tú. ¿Qué tienes que decirnos?

—¡Hola, Ken! ¡Quiero encargar uno de esos teléfonos! ¡Pero que no sea demasiado pequeño!

La corté.

—¡Ajá! ¡Eso se parece más al tipo de llamada que queremos para hoy! Más llamadas después de… (¡Un poco de buena música! ¿Cómo se nos ha colado eso?)… The Spooks.

Apreté el play y me eché hacia atrás, temblando.

Phil me miró.

—¿Te encuentras bien?

—Estoy bien —dije, aunque era mentira.

—¿Quieres hacer un descanso? Podemos pinchar varias canciones seguidas.

Respiré hondo.

—No. Que los jodan. Seguimos como siempre.

—Vale, de acuerdo. Pero ¿qué te parece si animamos un poco el cotarro? ¿Que entren también Kayla y Andi?

Sabía qué tenía en mente Phiclass="underline" nosotros cuatro charlando en antena como una gran familia malavenida y se acabaron las llamadas telefónicas.

Eché una vistazo a la sala de control, donde nuestras dos ayudantes nos miraban con expresión seria desde el otro lado del cristal mientras asentían con la cabeza.

—Sí —dije—. ¿Por qué no?

—Creía que ya no atendíamos llamadas anónimas —dijo Debbie, la directora de la emisora.

Estábamos en la pequeña sala de reuniones situada a medio edificio: estaban redecorándole el despacho. Éramos Phil y yo, Kayla y Andi y Trish Eaton, directora de recursos humanos de la emisora (yo todavía intentaba adivinar qué había pasado para que la denominación «Personal» cayera en desuso).

—¡Y nunca las aceptamos! —protestó Kayla.

Andi, que también se había encargado de tomar los datos de las llamadas, asintió en apoyo de Kayla.

—El número que apareció en la pantalla de filtro automático era normal —le explicó Phil a Debbie—. Un móvil. He pasado el número a la policía, pero creen que lo más probable es que sea robado. O quizá uno de prepago en el que no conste quién lo ha comprado.

Kayla se recostó en la silla, con expresión de haber quedado justificada.

—Bien, entonces quizá no deberíais aceptar más llamadas de ningún tipo, ¿no os parece? —sugirió Trish. Era del tipo matrona rolliza con la tez juvenilmente tersa y cejas finas.

—Bueno, desde luego, no son nuestro único atractivo —dije—. Pero sí una parte importante del programa. Detestaría prescindir de las llamadas. —Los miré a todos—. Por el momento no han vuelto a intentar secuestrarme, así que quizá tampoco repitan la llamada. Y seguimos contando con el retraso de tres segundos en la emisión.

—Eso asumiendo que exista una conexión entre ambos sucesos —dijo Phil dejando de mirarme para centrarse en Debbie—. Me refiero a lo del taxi y a la llamada de esta mañana.

—Sí —convine—. Seamos optimistas, a lo mejor esta es solo ¡una amenaza telefónica normal! —Volví a mirarlos a todos, tratando de resultar tranquilizador y tranquilo. Todos me miraban—. ¿Qué?

—¿Necesitas un descanso? —preguntó Debbie. Trish asentía.

Mierda, me habían entendido mal.

—¡No! —contesté. Bajé la voz, tanto el volumen como el tono—. No me parece bien rendirse ante lo que, en esencia, constituye terrorismo personal —dije con firmeza—. Voto por que sigamos como si nada. De lo contrario, habrán ganado los malos. No creo que ninguno de nosotros —miré con intención al retrato de nuestro Querido Propietario, que nos contemplaba desde la pared— quiera formar parte de algo así, en especial en el clima reinante. Al fin y al cabo, estamos en guerra.

Miré a Trish y a Debbie. Ahora asentían las dos, y supe que había ganado. Ésa era la clase de chorradas que podían entender.

—Vale —dijo Debbie despacio—. Pero otra llamada más como esa y cortamos las líneas. ¿Conformes?

Nos miramos todos, asintiendo.

—A lo mejor deberías cambiar de trabajo —sugirió Jo.

—¿Cómo? ¡Me encanta mi trabajo! —protesté.

—¿Ah, sí? —Jo se paró y dio media vuelta. Paseábamos por Bond Street, era el segundo domingo de diciembre—. Ken, detestas casi todo lo que haces y las cosas en las que andas metido.

—¿De qué estás hablando?

—Piénsalo. ¿Escucharías Capital Live! si no tuvieras obligación?

—¿Estás loca? ¡Por supuesto que no!

—La música que pinchas, ¿te gusta?

—¡No seas ridícula! Casi toda es basura. Los putos Westlife y Hear’say. Las cosas están más que mal cuando pinchas Jamiroquai y te parecen un soplo de aire fresco.

—¿Y la gente que llama por teléfono?

—Con alguna honrosa excepción, son todos unos memos, capullos, estúpidos dogmáticos y listillos fanáticos.

—¿Los anuncios?

—Con los anuncios será mejor que no empiece.

—¿Los otros locutores?

—Unos cretinos insulsos. Plantéales elegir entre inaugurar otro supermercado por una buena suma y chuparle la polla gratis a sir Jamie y se les fundirá la única neurona que tienen.

—¿Los tories? ¿El nuevo laborismo? ¿Los republicanos estadounidenses? ¿La CIA? ¿El FMI? ¿La Organización Mundial del Comercio? ¿Rupert Murdoch? ¿Conrad Black? ¿Barclay Brothers? ¿Como-se-llame Berlusconi? ¿George Bush, Dubya? ¿Ariel Sharon? ¿Saddam Hussein? ¿El tal Farrakhan? ¿Osama Bin Laden? ¿La familia real saudí? ¿Los fundamentalistas musulmanes? ¿La derecha cristiana? ¿Los colonos sionistas? ¿La Fuerza de Voluntarios del Ulster? ¿El Consejo Armado de Continuidad del IRA? ¿Exxon? ¿Enron? ¿Microsoft? ¿Las tabacaleras? ¿Las iniciativas financieras privadas? ¿La guerra antidroga? ¿El culto al accionista?

Solo se calló, supuse, para coger aliento. La miré fijamente un momento, luego negué con la cabeza.

—¿Cómo puedes haberte olvidado de la Thatcher?

Extendió los brazos.

—Odias muchísimas cosas, Ken. Tu vida, tu vida laboral; todo está lleno de gente, cosas y organizaciones que sencillamente no soportas.

—Estás tratando de demostrar algo, ¿verdad?

—De hecho, olvidémonos de tu vida laboral; pasa lo mismo con tu tiempo libre. ¿Podemos ir de vacaciones a Estados Unidos?

—Te lo he dicho; no hasta que…

—Restauren la democracia. Vale. ¿Venecia? ¿Roma?

—¿Con ese cabrón corrupto al mando, rodeado de su séquito de fascistas…?

—¿Australia?

—¿Con esa política de inmigración racista? Ni en…

—¿China?

—No mientras los asesinos de Tiananmen continúen…

—He terminado mi alegato. ¿Existe algún lugar…?

—Islandia.

—¿Islandia?

—Me encantaría ir a Islandia, siempre y cuando no se pongan a cazar ballenas, claro. Además, hemos estado en Egipto y también queda Francia. Me parece bien ir a Francia. Al final he acabado por perdonarles más o menos que hundieran el Rainbow Warrior. Hasta vuelvo a comprar vino francés.

—Siempre has comprado vino francés.

—No, no es verdad. Le impuse un embargo, tenía mis propias sanciones contra el vino francés hasta hace seis meses.

—¿Y qué narices era el champán?

—Ah. El champán es otra cosa. Aunque admito que debería desdeñarlo por principios, es una especie de tienda cerrada geográfica. Espero con ilusión el día que alguna cooperativa neozelandesa produzca el equivalente a un Krug setenta y cinco.

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