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Aire muerto [Dead Air - es]

Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:

Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.
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Compré una linterna Mag-Lite grande y larga, un trasto de seis pilas más largo incluso que las que había visto llevar a los guardas de seguridad. Una luz potente, buena, pero, con su medio metro de largo, como porra era aún mejor. Encajaba perfectamente en el ángulo entre el cabezal de la cama y el colchón y a veces, si me despertaba por la noche, sobre todo si Jo no estaba, estiraba el brazo y palpaba su suave frialdad diamantina, me tranquilizaba y volvía a dormirme.

Una cosa que no le había contado a Ed era que Capital Live! había tomado cartas en el asunto. Phil había insistido, y cuando lo consulté con Paul, mi agente, este me confirmó que mi contrato incluía una cláusula que me obligaba a informar de cualquier amenaza contra mi vida, salud o capacidad para cumplir con la presentación del programa. Debería haberme indignado, pero en realidad fue un alivio.

Sir Jamie en persona me había telefoneado desde Los Angeles, asegurándome que velarían por mí. El jefe de seguridad de Mouth Corporation, un tipo entrecano con pinta de duro y de ex agente de las SS llamado Mick Beezley, hizo sustituir el sistema de alarma del Bella del templo, añadir en el muelle una cámara de vigilancia conectada con el Centro de Seguimiento de Mouth Corporation, que funcionaba las veinticuatro horas del día todos los días de la semana, e instalar una máquina de rayos X en la sala de correo (donde ya se buscaban envíos de ántrax). Se equipó el Land Rover con un sistema de control por satélite, igualmente conectado con el Centro de Seguimiento. Por lo visto, un sistema de seguridad llamado algo así como Thatcham Categoría Cuatro hacía imposible interferir ni mangonear en el Landy más que vía helicóptero. No me atreví a apuntar que añadir tantas maravillas electrónicas a algo que, en esencia, era diesel, un mecanismo de relojería y cuatro cables, incrementaría su valor —y en consecuencia, su atractivo para quien tuviera disposición a robar— en un dos mil por ciento.

Se me dijo incluso que podría disponer de un guardaespaldas cuando me sintiera especialmente vulnerable, pese a que por la experiencia vivida sospechaba que cuando era más vulnerable era cuando una fulana coqueta me sacaba de paseo por la polla y para empezar no quería a nadie rondando cerca (con la posible excepción de su hermana gemela).

—De parte del jefe —masculló Mick Beezley, entregándome una caja bastante grande. Se refería a sir Jamie en términos de «el jefe».

Era un reloj de pulsera. Un reloj muy aparatoso con esferas dentro de más esferas y una montura con montones de marcas y muescas y minúsculos grabados para descifrar cuando estuvieras soñando con pagar el último plazo del reloj y por fin fuera tuyo y gran variedad de botones y manecillas, incluida una enorme con pinta de poder engancharla al Big Ben e intentar darle cuerda al muy cabrón. Parecía la clase de reloj que los niños solían considerar muy molón (hoy día, no; ahora anhelan el sencillo Spoon posmoderno que solía llevar). Aquel trasto tenía toda la pinta de ser sumergible hasta en el fondo de la Fosa de las Marianas, pero también parecía el tipo de reloj que no tenía sentido fabricar sumergible porque pesaba tanto que te arrastraría hasta el fondo nada más lanzarte al mar. Lo miré fijamente, luego contemplé el ejemplo de escultura de sencilla elegancia que llevaba en la muñeca y después los rasgos de Mick Beezley, apenas menos bastos que los del reloj.

—¿Qué es esto? —le pregunté—. ¿El reloj de James Bond?

—Es un Explorador Breitling —retumbó—. Lleva instrucciones, pero, básicamente, si se tira con fuerza de este botón grande de aquí, sale un cable que envía una señal al satélite. Solo debe usarse en situaciones de verdadera emergencia, de lo contrario te quedas con un reloj del que sobresale un cable larguísimo imposible de meter otra vez dentro y una factura de reparación carísima. Si la emergencia es real, te pagan la reparación.

—¿Funciona en lugares cerrados?

—No tan bien.

—Vale. ¿Cuánto cuesta?

—Tres mil quinientas libras. Así que no lo pierdas.

—Cojones.

—Y no es de James Bond; hace años que los venden en las tiendas.

Lo miré atentamente.

—Es evidente que no compro en las joyerías correctas. —Lo levanté. No pesaba tanto como había imaginado, pero pesaba lo suyo—. Joder. Si además da la hora, me lo quedo.

Beezley me miró. Yo le miré. Al cabo de un rato me rasqué la cabeza y añadí:

—¿Ese rictus te lo enseñaron en las SS?

—Muy bien, retomamos el asunto teléfono-vibrador. Para los que acabéis de incorporaros al programa, nos referimos a nuestro viejo proyecto de conseguir que alguien fabrique teléfonos móviles de las dimensiones y, esto, eh, las garantías de seguridad adecuadas para que las damas los utilicen como… aparatos para el solaz íntimo. Creo que ése era el eufemismo con el que nos habíamos quedado, ¿verdad, Phil?

—Eso creo —convino Phil desde el otro lado de la mesa.

—De modo que intentamos que alguien los fabrique. Ánimo, debe de haber algún empresario emprendedor por ahí. Ahora se fabrican móviles sumergibles, ¿no? Así que ¿qué problema hay? No hace falta tecnología nueva. Vale, quizá tenga que quedar una cosita colgando…

—Existe un precedente —remató Phil.

—Tiene que ser seguro, debe tener la forma adecuada, tiene que ser cómodo y tiene que funcionar. El sexo telefónico adquirirá una nueva dimensión. Cuando una mujer te diga: «Llámame», sabrás lo que quiere decir en realidad, incluso aunque sepas que lo más probable es que nunca te conteste.

—Hasta que decidan llegar al final.

—Gracias, Phil. —Hice una pausa—. Phil, tienes cierto aire petulante. Soy consciente de que trabajas bajo los efectos de la patética ilusión de que mereces parecer petulante todo el tiempo porque eres un tipo intrínsecamente fabuloso, pero ¿por qué ese aire tan particularmente petulante en este momento preciso?

—Era la letra de una canción.

—¿El qué? ¿«Hasta que decidan llegar al final»?

—Sí.

—Fascinante.

—De Joni Mitchell —explicó en voz queda, sonriendo—. ¿O era Melanie Safka? —Frunció el ceño.

No pude evitarlo, me eché a reír.

—No me digas… Una vez más, no has dado precisamente en el clavo en términos de nuestro target de audiencia, Philip.

—Permítele a un hombre de mediana edad tener sus pequeñas debilidades.

—Muy bien. Debilidades concedidas. En fin. Vamos allá. Estamos hablando a una de las ciudades más emocionantes del mundo. —Phil se carcajeó—. No puede ser que el ingenio humano no logre inventar un teléfono que las mujeres usarían con placer.

—Y los hombres —intervino Phil. Arqueé las cejas—. Algunos —dijo encogiéndose de hombros—. Se me ha ocurrido.

—Bueno, todos sabemos que tú mismo, sin ir más lejos…

—Vale —dijo Phil, quitándose las gafas y limpiándolas con un pañuelo—. Ser gay no significa automáticamente que sientas el deseo, digamos incluso el deseo ardiente, de meterte todo tipo de elementos electrónicos vibradores en la zona que usas para sentarte.

—De todos modos, le da a la expresión «tono de llamada» resonancias nuevas —dije riéndome a mi pesar.

Phil se sonrió.

—Buenooo… —dijo con pereza—. Quizá no sea el tema perfecto para un programa de mañana.

Consulté la pantalla de llamadas.

—Phil, veo en la pantalla un sinfín de gente que llama para llevarte la contraria.

—Escuchemos lo que tienen que decir, ¿te parece?

—Veamos. Pero, oyentes, os advierto: cualquier otra llamada consistente básicamente en un zumbido y los sonidos de la pasión humana será tratada sin miramientos.

—O grabada y utilizada en el futuro en alguna línea caliente —añadió Phil pegado al micrófono.

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