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Aire muerto [Dead Air - es]

Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:

Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.
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—Sí. Detesto dormir solo en la barca.

—Bueno, pues no. Lo siento.

—Venga, hombre.

—No.

—¡Me siento vulnerable! ¡No me abandones!

—Quédate en casa de Craig.

—Este fin de semana está Nikki.

—¿Y?

—No me quieren por en medio.

—Pues vete a un hotel.

—No quiero ir a un hotel. Yo…

—¿Qué?

—Nada. Deja que me quede en tu casa, Phil. Venga. Por favor.

—No. Seguro que ahora no corres peligro; saben que serás precavido.

—¡Intento ser precavido, joder! Por eso te estoy pidiendo que me dejes quedarme contigo.

—No.

—Por favor.

—No.

—¿Por qué no?

—Tengo visitas.

—¿Quién? ¿El limpiador compulsivo de chaquetas?

—¿Y Ed?

—No está.

—Oh. Se me había olvidado decírtelo: han llamado otra vez los de Winsome, justo cuando nos íbamos.

—¿La empresa de Última hora?

—Sí. Han retomado el asunto del tipo que niega el Holocausto. Será la segunda o tercera semana de diciembre, aunque todavía no está confirmado.

—Sin confirmar. Desde luego. Bien. Pero no cambies de tema. Venga, deja que me quede. Ni siquiera te enterarás de que estoy.

—No. Búscate un hotel o vuelve al barco.

—Mira, tío, estoy cagado de miedo. ¿Es que no lo entiendes?

—Antes o después tendrás que enfrentarte a ese miedo.

—¡Malditas las ganas que tengo! ¡Quiero vivir, joder!

—Aun así.

—Estoy pensando en pedirle a Ed que me consiga un arma.

—Oh, por amor de Dios.

6. LONDON EYE

—No, colega. Perdona, pero no.

—¡Ed! ¡Venga ya!

—Que no. Vas mal, Ken. Ni siquiera deberías habérmelo preguntado. Mejor lo olvidamos. Mira qué vistas.

Suspiré y me apoyé en el vidrio curvado. Estábamos en la London Eye, en uno de sus compartimientos bulbosos suspendido en el aire en su rotación de cuarenta minutos. Nos faltaban dos terceras partes del recorrido, la noria descendía lentamente. Era un día luminoso de finales de noviembre y el aire se veía limpio. La mayor parte de la numerosa familia de Ed estaba también en la noria, riendo y señalando y pasándoselo en grande. Ed había reservado un compartimiento. El trajeado encargado y yo éramos los únicos blancos a bordo.

En la subida había ido preocupándome cada vez más; de pronto se me había ocurrido que la Eye era un objetivo terrorista perfecto. Las patas de apoyo se extendían por detrás de un modo que me recordaba al desfile de martillos de The Wall, abriéndose hacia el suelo junto al viejo edificio GLC… Las patas y los cables que las sostenían me parecieron de repente terriblemente vulnerables. Dios mío, pensé, una bomba lo bastante potente mandaría toda la estructura al río, a solo un puente de distancia de Westminster… Pero habíamos iniciado el descenso y mi paranoia atípica había ido remitiendo a medida que la vista se allanaba. Río abajo, las torres blancas de soporte de las obras del puente Hungerford parecían mimetizar la arquitectura de la London Eye.

Ed acababa de regresar de pinchar en Japón y era la primera oportunidad que teníamos de hablar. Me había costado veinte minutos —y que pasasen las mejores vistas de la cima de la noria— pillarlo a solas.

—¿Me conseguirías un arma si fuera negro?

—¿Qué? —exclamó Ed, incrédulo. Algunos miembros de su familia se volvieron a mirarnos. Supongo que habíamos dejado claro que teníamos una conversación privada. Ed bajó la voz—. Escúchate, tío. ¡Coño, Ken!

Sacudí la cabeza, le di unas palmaditas en el antebrazo y apoyé la cabeza en las manos.

—Lo siento —dije con un suspiro—. Lo siento, Ed. He sido, he sido un capullo. Yo…

—Mira, colega, me doy cuenta de que esto te tiene atacado. No es culpa tuya. —Ed se inclinó hacia delante para ponerse a mi altura y poder hablarme aún más bajo—. Pero una pipa no va a solucionar nada. Será otro problema más. Probablemente.

—Es solo para defenderme —dije sin convicción. Pero me había rendido. Sabía que no iba a convencerle. Peor aún, sabía que probablemente Ed tenía razón.

—Ya, eso dicen todos, chaval.

—¿No niegas entonces que conoces a gente que podría conseguírmela?

—Pues claro que no. Pero, hombre, Ken. —Señaló al grupo de gente que llenaba el compartimiento—. Míralos.

Los miré. Formaban un grupo colorido, feliz y mayoritariamente femenino, todos vestidos de forma llamativa, risas y sonrisas relucientes. Pocas veces se ven ya tantas sonrisas juntas en un mismo sitio. Al menos cuando no hay pastillas de por medio. La madre de Ed me vio mirándola y me saludó, con una sonrisa tan amplia como la vista de Londres. Le devolví el saludo y no pude evitar sonreírle. Me tenía en buena consideración porque me había acordado de alabar su peinado antes de subir a la noria. Es decir, el peinado le quedaba bien pero no era el tipo de cuestión que yo comentaría normalmente porque, bueno, soy un hombre… pero Ed me había chivado hacía años que, en particular con las mujeres negras, halagarles el peinado era el paso más grande que podía darse para ganarse su aprecio, desde luego, el más grande que pudiera darse gratis. En su momento le dije que me parecía muy cínico por su parte y le acusé de pertenecer a ese vasto movimiento de mayoría negra llamado Sexistas Contra el Racismo, pero, por supuesto, seguí su consejo a pies juntillas.

—No soy un puto mafias —me contestó Ed, señalando a su familia con la cabeza—. Tengo que pensar en todos ellos, en mi carrera. Ahora soy un hombre de negocios, ¿me entiendes? No necesito para nada a gente de esa que no sale de casa sin una Uzi encima. He visto adónde conduce, Ken, y es una mierda. Solo sirve para hacerles el trabajo a los guripas y los racistas. Hostia, mira Estados Unidos. Te rompe el corazón ver a los negros en contra de los suyos, colega. Hay una cantidad obscena de hermanos enchironados y en el corredor de la muerte.

—Lo sé. —Suspiré—. He hablado del tema en el programa.

—Ya, bueno, las putas ordenanzas tienen mucha culpa, pero, colega, a menos que no tengas más opciones (que las tienes) y que sepas exactamente lo que te haces (que no lo sabes) lo mejor es que no te metas.

—No te estoy pidiendo que me pases una pipa, solo quiero un nombre, un teléfono, un lugar al que acudir. ¿Cómo se llamaba aquel amigo tuyo que acabó en el trullo? ¿Robe? ¿No podría…?

—No. Robe, no. Hemos perdido el contacto.

—Solo un teléfono, Ed.

—No puedo, Ken.

—Querrás decir que no quieres.

—No puedo hacerlo y mantener la conciencia tranquila. Ya sabes a lo que me refiero.

—Sí. Sé lo que quieres decir.

—Si en Londres te sientes amenazado, vete de vacaciones; a Escocia, por ejemplo.

—Tengo obligaciones, Ed, y un programa. Tengo un contrato.

—Ya, bueno, pero a lo mejor alguien te la tiene jugada.

—Por eso se me ha ocurrido que un medio de defensa…

—Mira, o los tíos son tan cutres que no necesitas una pistola para sacártelos de encima, como ya has hecho una vez, o son tan buenos que llevar una Glock escondida en los Levis 501 no implicará la mínima diferencia. ¿Has visto El profesional?

Le miré.

—¿Sabes qué? Creo que antes tenías razón; deberíamos limitarnos a admirar el paisaje.

No quería marcharme de Londres. Me gustaba la ciudad. En parte era por orgullo, no quería huir. En parte era fatalismo; según quién fuera a por mí, podrían encontrarme en cualquier lado, de modo que estaría mejor donde tuviese más amigos (incluso si los muy hijos de puta se negaban a proporcionarme cobijo o un medio de autodefensa). En parte era que tenía que ganarme la vida y cumplir con mi trabajo, con el que además disfrutaba.

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