Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
– Este es para casos de urgencia.
– ¿Qué urgencias?
– Si alguien siente una necesidad, digamos, irreprimible de confesarse, entra por la puerta del fondo y llama. Y yo vengo a escucharlo. -En tono mordaz añadió-: Como usted ha dicho: un buen sacerdote tiene siempre la puerta abierta.
– ¿Tan creyente es la gente de por aquí?
Hizo un gesto vago y siguió caminando a marchas forzadas.
– ¿Viene o no?
En el comedor, Mariotte cogió la olla de encima de la mesa.
– Se ha enfriado, evidentemente.
– ¿No tiene un microondas?
Me fulminó con la mirada.
– ¡También podría tener un lanzamisiles! Espéreme. Volveré a calentar esto a fuego lento. Hay platos y cubiertos en el aparador.
Puse un cubierto para mí. Saboreé la atmósfera de la casa. El olor a madera encerada se mezclaba con los aromas de la comida. Una caldera ronroneaba en un rincón de la habitación. De los muros solo colgaban un crucifijo y un calendario con una imagen de la Virgen María. Todo era sencillo, natural y, sin embargo, ese bienestar parecía ser fruto de un minucioso cuidado.
– Pruebe esto -me ofreció Mariotte, posando otra vez la olla sobre la mesa-. Pasta con codorniz y setas. ¡Especialidad de la casa!
Había recobrado el buen humor. Lo observé mejor: en su rostro rosado, destacaban unos ojos claros, amistosos, circundados por numerosas pequeñas arrugas. Sus cabellos ralos, que no cesaba de echar hacia atrás, eran como un trozo de gasa blanca colocada en medio de la cabeza.
– El secreto -cuchicheó- es el coriandro. Unos pellizcos en el último momento y… ¡chas! ¡El resto de los sabores aparecen inmediatamente!
Llenó los platos con precaución, como un ladrón que reparte las joyas del botín. Pasamos unos minutos en silencio, ocupados solo en saborear la comida. La pasta estaba deliciosa. El gusto a centeno, la acidez de las setas, la frescura de las hierbas, creaban alianzas contrastadas, como una amargura gozosa.
Por fin, el sacerdote volvió a tomar la palabra para comentar ordenadamente cuestiones generales. Su parroquia que agonizaba, la ciudad moribunda, el invierno que se anunciaba precoz. Su acento no daba lugar a error: cortaba las frases a golpe de consonantes guturales. Pero un detalle le preocupaba.
– ¿Tiene los neumáticos adecuados para el coche? Debe tenerlo en cuenta.
Asentí, con la boca llena.
– Contacto. -Blandió el tenedor-. ¡Necesita neumáticos de contacto!
Con los quesos, se explayó sobre otro de sus tópicos favoritos: el bienestar de los jóvenes a través del deporte. Aproveché una pausa -entre el roquefort y el bleu de Bresse-, para pasar a hablar de mi «reportaje». Sylvie Simonis.
– Apenas la conocía -respondió Mariotte, evasivamente.
– ¿No asistía a misa?
– Claro que sí.
– ¿Era practicante?
– Demasiado.
– ¿Cómo que demasiado?
Mariotte se limpió la boca, y bebió un trago de vino tinto. Seguía sonriendo pero sentía que, en su interior, había una tensión oculta.
– Al límite del fanatismo. Creía en el regreso a los orígenes.
– ¿Como la misa en latín? ¿Ese tipo de tradiciones?
– Según ella, ¡preferiblemente en griego!
– ¿En griego?
– ¡Tal como se lo digo, muchacho! Le apasionaban los primeros siglos de la era cristiana. Los balbuceos de nuestra Iglesia. Veneraba a oscuros santos y mártires. ¡Yo ni siquiera sabía esos nombres!
Lamenté no haber conocido a Sylvie Simonis. Podríamos haber hablado de muchas cosas. Ese perfil de cristiana apasionada podía constituir un móviclass="underline" el asesino, apóstol de Satán, había escogido a una católica estricta.
– ¿Qué piensa de su muerte?
– Muchacho, no me llevará a ese terreno. No quiero recordar esa tragedia.
– ¿Tuvo un entierro religioso?
– Evidentemente.
– ¿Le dio su bendición?
– ¿Y por qué no?
– Se habló de suicidio…
Lanzó una risa forzada.
– No sé nada sobre esa catástrofe, pero hay una cosa de la que estoy seguro y es que no se trató de un suicidio. -Bebió otro vaso con el codo levantado-. ¡Eso, no!
Como quien no quiere la cosa, cambié de conversación.
– ¿Ya estaba aquí cuando la pequeña Manon fue asesinada?
Sus ojos se abrieron, se dilataron, luego sus cejas se fruncieron: todos esos movimientos anticipaban una reacción colérica.
– Oiga, muchacho, le ofrezco mi hospitalidad. Estoy compartiendo mi mesa con usted. ¡No intente tirarme de la lengua!
– Discúlpeme. Tengo intención de realizar un reportaje importante sobre Sartuis y este doble suceso. No puedo evitar hacer preguntas. -Cogí la bandeja de las frutas, que estaba cerca de mí-. ¿Postre?
Cogió una clementina. Tras un breve silencio, refunfuñó:
– No podrá averiguar nada sobre el asesinato de Manon. Es un completo misterio.
– ¿Qué opina acerca de la hipótesis de infanticidio?
– Una tontería entre tantas otras. Quizá la más grotesca.
– ¿Recuerda la reacción de Sylvie? ¿Usted le dio apoyo? ¿La sostuvo?
– Prefirió retirarse a un monasterio.
– ¿Qué monasterio?
– Notre-Dame-de-Bienfaisance.
Debí suponerlo. La fundación ofrecía refugio espiritual para las personas en duelo. Marilyne me había tomado el pelo completamente. En realidad, conocía muy bien a Sylvie, pues en 1988 había pasado una temporada en Bienfaisance.
Dos puntos se relacionaban. Para su sacrificio satánico, el asesino había escogido a Sylvie Simonis porque era una cristiana ferviente. Había colocado su cuerpo cerca de Notre-Dame-de-Bienfaisance, un lugar cristiano. El móvil podía ser una forma de profanación. Pero ¿qué vínculo existía con el asesinato de la niña? ¿Era el asesino de la madre también el de la hija?
– Sylvie Simonis -proseguí-, ¿está enterrada en Sartuis?
– Sí.
– ¿Y Manon?
– No. En aquella época, la madre quiso evitar el escándalo, los medios de comunicación y todo eso.
– ¿Dónde está la tumba?
– Al otro lado de la frontera, en Locle. ¿Quiere comer algo más?
– No, gracias -contesté-. Me retiraré. Estoy agotado.
Mariotte cortó la fruta, separando los gajos con sus gruesos dedos rojos.
– Ya conoce el camino.
33
– ¿Estás bien instalado?
Foucault no ocultaba su hilaridad. Miré mis pies que sobresalían de la cama, las cortinas enfrente formando compartimientos, las fotos de alpinistas pegadas en las paredes.
– Confortable -respondí-. ¿Qué ha pasado hoy?
– Hemos atrapado al cíngaro. El caso de Perreux. La joyera asesinada.
– ¿Ha confesado?
– Casi nos ha agradecido que lo enchironáramos. El tío estaba aterrorizado con el fantasma de la víctima.
– ¿Y Larfaoui?
– Nada. Estamos en pleno territorio de los estupas y…
– Olvídalo. Tengo otras cosas para ti.
Le hice un resumen de la situación. La investigación de Luc en el Jura, el asesinato de Sylvie Simonis, la sospecha de satanismo que rondaba la historia.
– ¿Qué quieres que haga?
– Busca si ha habido asesinatos del mismo tipo en la región del Jura pero también en toda Francia.
Precisé las características principales del ritual y agregué:
– He podido recuperar el informe de la autopsia. Se lo mandaré a Svendsen mañana por la mañana. Podrás echarle una ojeada. Tu cultura criminal se enriquecerá.
– ¿Meto esos datos en el SALVAC?
El Sistema de Análisis de Links de la Violencia Asociados con los Crímenes era un nuevo programa informático que censaba los asesinatos cometidos en suelo francés. Una imitación del famoso VICAP estadounidense. Pero todavía estaba en una etapa embrionaria.
– Sí -dije-. Pero, sobre todo, envía una nota interna a todos los servicios de policía y de gendarmería de Francia, excepto a las comisarías de Franche-Comté. Para esa región, llama al SRPJ (Servicio Regional de la Policía Judicial) de Besançon. No quiero que los gendarmes se enteren de que estamos metidos en el baile.