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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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En el centro de la sala, sobre una mesa de laboratorio blanca había una caja rectangular disimulada bajo una sábana. Temí lo peor.

Plinkh se acercó a la mesa.

– El asesino es como yo. Alimenta a sus insectos. Da a cada uno de ellos el organismo en mutación que les conviene.

Levantó la tela de golpe. Apareció un acuario. Al principio solo distinguí una masa en medio de un torbellino de moscas. Luego creí ver una cabeza humana, en la que abundaban los gusanos. Me equivocaba: era simplemente un gran roedor, bastante devorado.

– Verá, no existen muchas alternativas. Hay que mantener el ecosistema de cada especie, es decir, el grado de putrefacción que les corresponde.

– ¿De… de dónde los saca?

– Es sencillo, de las granjas, de los cazadores. Normalmente compro conejos. Una vez que una especie se ha alimentado, solo tengo que dar la carroña a la familia siguiente, y así sucesivamente.

– ¿Puedo fumar? -pregunté.

– Preferiría que no.

Dejé el paquete en el fondo del bolsillo.

– Me preguntaba cómo transportó a Sylvie Simonis -proseguí-. Según su opinión, ¿cómo se llevó a cabo? ¿El traslado habría afectado al desarrollo de la escenificación?

– No. Seguramente el cadáver fue introducido en una funda de plástico para luego descargarlo en el promontorio.

– ¿Y los insectos? Deberían haber escapado o morir, ¿no?

Plinkh se echó a reír.

– Pero ¡el cadáver tenía reservas! Miles de huevos que seguían a determinado tiempo de incubación. Larvas que tenían un ciclo de vida preciso. En cuanto a las moscas, no cabe duda de que recuperaron la libertad, por supuesto, pero sin alejarse. Seguían teniendo hambre, ¿comprende? De todos modos, no está del todo equivocado; aquella mañana, el cuerpo no llevaba allí mucho tiempo. Es evidente.

– ¿Por qué?

– Esos depredadores no se llevan bien entre sí. Nunca conviven, porque les atraen etapas de descomposición distintas. Si coinciden, se devoran los unos a los otros. Teniendo en cuenta que todos estaban ahí, diría que el cadáver fue depositado en el sitio solo unas horas antes de que lo encontraran.

– ¿Eso significaría que el asesino vive en la región?

– Él vive en la región.

– ¿Y usted cómo lo sabe?

– Tengo un indicio.

– ¿Qué indicio?

Plinkh sonrió. Parecía divertirse muchísimo. Ese fulano no tenía la cabeza muy en su sitio y yo tenía prisa por acabar.

– Cuando examiné el cuerpo extraje numerosas muestras. Había un insecto que no provenía de nuestra región. Me refiero a nuestros países de clima continental.

– ¿De dónde venía?

– De África. Un escarabajo de la familia Lipkanus silvus, pariente de nuestro Tenebrio. Coleópteros que se manifiestan durante la reducción esquelética para hacer la limpieza final.

Menudo indicio, efectivamente. Pero no veía en qué probaba la proximidad del asesino. Plinkh prosiguió:

– Permítame contarle una anécdota. Actualmente trabajo en la elaboración de un ecomuseo para la región, que albergará las diversas especies de nuestros valles. Para ello, pago a unos adolescentes que cazan para mí: abejorros, mariposas, ácaros, etcétera. No hace mucho tiempo, uno de ellos me trajo un espécimen muy particular. Un coleóptero que no era de aquí.

– ¿El escarabajo?

– Un Lipkanus silvus, sí. El crío lo había encontrado en los alrededores de Morteau. Semejante espécimen solo podía haber escapado de una colección particular. Busqué un criadero de las mismas características que el mío en las inmediaciones, pero no encontré nada. Incluso del lado suizo. Cuando descubrí el segundo espécimen sobre el cuerpo de Sylvie Simonis, lo comprendí inmediatamente. El primero provenía del mismo lugar: la granja del asesino.

– ¿Y eso cuándo fue?

– Durante el verano de 2001.

– ¿Comentó eso a los gendarmes?

– Hablé con el capitán Sarrazin, pero él tampoco encontró nada. Se habría puesto en contacto conmigo nuevamente.

– Según usted, ¿el asesino cría una especie tropical?

– O bien viajó y trajo, a pesar suyo, un espécimen que se introdujo en el criadero o bien desarrolla voluntariamente la cepa y por una razón misteriosa coloca los bichos en su víctima. Me inclino por esta última respuesta. Este escarabajo es una firma. Un símbolo que no podemos comprender.

– ¿Es posible ver el espécimen? ¿Lo guarda?

– Por supuesto. Es más, puedo dárselo. También le daré la ortografía exacta de su nombre.

La alusión a la firma me recordó otro elemento.

– ¿Le mencionaron lo del liquen en la caja torácica?

– Estuve presente en la autopsia.

– ¿Qué opina?

– Un símbolo más. O algo que tiene una razón específica.

– ¿Ese liquen también podría venir de África?

Su expresión era de desdén.

– Soy entomólogo, no botánico.

Me imaginé el lugar donde se preparaban esos delirios. Un criadero de insectos, un laboratorio, un invernadero. ¿Qué coño hacían los gendarmes? Era imposible no encontrar un sitio tan peculiar en los valles de la región.

– Está aquí -agregó Plinkh, como si leyera mis pensamientos-. Muy cerca. Puedo sentir su presencia, sus escuadrones, en alguna parte de nuestros valles. Su ejército, idéntico al mío, listo para un nuevo ataque. Son sus legiones, ¿comprende?

Eché una mirada a mi derecha, hacia las jaulas veladas con gasa. Todo me pareció aumentado con una lupa. Los ácaros trotando sobre una mecha de pelo, una mosca hinchada de sangre lamiendo la que brotaba de una herida, centenares de huevos; caviar grisáceo, en el fondo de una cavidad podrida.

– ¿Podemos volver a su despacho? -pregunté con una voz sorda.

31

Antes de ir a Sartuis quería dar una vuelta por Notre-Dame-de-Bienfaisance. Retomé la carretera en sentido inverso, luego torcí hacia el este, en dirección a Morteau y a la frontera suiza. Pasé el pueblo de Valdahon, tomé directo al norte y volví a encontrar la presencia, aún más fuerte, de la montaña.

Curvas abruptas y furia de las piedras. Precipicios, paredes, abismos y, muy abajo, la efervescencia del verde o de los torrentes plateados. Los indicadores de altura se sucedían: 1.200 metros, 1.400 metros… A 1.700 metros un letrero anunció el despeñadero de Bienfaisance.

Cinco kilómetros más adelante, apareció el monasterio. Un gran edificio cuadrado, austero, que lindaba con una capilla de campanario perfilado. Sus muros grises estaban horadados solo por ventanas angostas, y la entrada, sellada con puertas negras, remataba el cerramiento del coro. Solo un detalle de color alegraba el conjunto: parte del techo estaba cubierta de tejas policromadas, que evocaban las exuberancias de Gaudí en Barcelona.

Estacioné en el aparcamiento y me enfrenté al viento. Inmediatamente sentí una extraña melancolía por ese sitio. Bienfaisance era el tipo de lugar en el que habría querido retirarme. Un lugar que satisfacía mi deseo de vida monacal. Apartarse del mundo, permanecer solo con Dios, en busca de la beatitud.

Una sola vez, desde que era madero, me había retirado con los benedictinos; fue después de haber acabado con la vida de Eric Benzani, un macarra chiflado, en marzo de 2000. Había decidido renunciar a mi oficio y consagrar el resto de mis días a la oración. Fue Luc, una vez más, quien vino a buscarme. Debíamos asumir nuestra segunda muerte, la que nos alejaba de Cristo, para servirlo mejor.

Sacudí la campanilla. No hubo respuesta. Empujé la puerta; se abrió. El patio central estaba limitado por una galería acristalada. Fuera, dos mujeres envueltas en abrigos jugaban al ajedrez sobre una mesa plegable. Bajo una manta escocesa, un hombre mayor dormitaba cerca de un árbol. Un sol helado se posaba sobre esos comparsas inmóviles y les daba, no sé por qué, un aire de invierno chino.

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