Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
A continuación, me tomé tranquilamente un café en la cervecería de la estación. Me sentía mejor: el aire, el frío, la luz. Después volví a conducir hacia las montañas, en busca de Jean-Claude Chopard, el corresponsal de Le Courrier du Jura. Tenía prisa por adentrarme en la otra vertiente de mi investigación: el asesinato de Manon Simonis, acaecido once años atrás.
– ¿Señor Chopard?
Las hierbas se movieron. Un hombre, en traje de camuflaje y con el agua hasta las rodillas, apareció. Llevaba botas altas verde oliva y un mono con tirantes del mismo color. Su rostro estaba oculto detrás de una gorra de béisbol color caqui. Sus vecinos me lo habían advertido: el sábado por la mañana «Chopard tanteaba la trucha».
Me acerqué caminando encorvado entre el follaje.
– ¿Señor Chopard? -repetí en voz baja.
El pescador me lanzó una mirada furiosa. Sacó una de sus manos de la caña, que apoyaba en la ingle, y movió los dedos. Primero el índice y el del medio, en tijera, luego cerró la mano delante de la boca. No comprendía nada.
– Usted es el señor Chopard, ¿no es así?
Con su mano libre, barrió el aire con un gesto que significaba: «Olvídalo». Levantó la caña, hizo una serie de molinetes rápidos y luego caminó hacia la orilla apartando ramas y hojas. Cuando hice ademán de ayudarlo, rechazó mi brazo y se plantó en tierra firme agarrándose al cañaveral. En la cintura llevaba dos cestos metálicos, vacíos. Chorreando, preguntó con voz guturaclass="underline"
– ¿Usted no conoce el lenguaje de los signos?
– No.
– Lo aprendí en un centro de sordomudos. Un reportaje, cerca de Belfort. -Se aclaró la garganta y luego suspiró-. Si le digo «pesca», ¿usted qué contesta?
– Matinal. Solitario.
– Eso es. Y también silencioso. -Soltó los cestos-. ¿Entiende lo que quiero decir?
– Lo lamento, discúlpeme.
El hombre farfulló una frase ininteligible y tiró de sus botas. Se las quitó con un solo movimiento, hizo saltar los clips de los tirantes y surgió del mono, como una enorme mariposa de su crisálida. Debajo llevaba una camisa hawaiana y un pantalón de lona. En los pies, unas Nike flamantes.
Encendí un cigarrillo. Me miró con cara de pocos amigos.
– ¿No te has enterado de que es malo para la salud?
– No tenía la menor idea.
Se caló un Gitanes Maïs en la comisura de los labios.
– Ni yo.
Le di fuego y estudié al personaje: en la sesentena, macizo, cabellos canos que le salían de la gorra como si fueran de paja. La barba de tres días recordaba las limaduras de hierro y hasta sus orejas eran peludas. Un auténtico puercoespín, emboscado en sus propios pelos. El rostro era cuadrado, dominado por unas gruesas gafas. Una barbilla prominente le daba un aire arisco a la manera de Popeye.
– ¿Es usted Jean-Claude Chopard?
Se quitó la gorra y dibujó un ocho en el aire.
– Para servirte. ¿Y tú quién eres?
– Mathieu Durey, periodista.
Soltó una carcajada. Tiró de un baúl metálico escondido en el matorral y metió en él las botas, el mono y los cestos.
– Chaval, si quieres venderme la moto, búscate otro rollo.
– ¿Perdón?
– Treinta años de columnista en sucesos. ¿Eso te dice algo? Huelo un madero a diez kilómetros. De modo que si quieres hablar, juega limpio. ¿Lo captas?
El acento del periodista no se parecía al de Mariotte. Eran las mismas sílabas guturales, entrecortadas, pero sin la lentitud del sacerdote. Me pregunté si no habría perdido mi habilidad para camuflarme.
– Está bien -admití-. Pertenezco a la Brigada Criminal de París.
– Ya era hora. ¿Vienes por lo de las Simonis?
Asentí con la cabeza.
– ¿Misión oficial?
– Oficiosa.
– O sea, que aquí no pintas nada.
Rebuscó en el baúl y sacó por fin una botella amarillenta.
– ¿Quieres degustar mi «vinito para el postre»?
– No veo dónde está el postre.
Se rió nuevamente. Con la otra mano cogió dos vasos que golpeó como si fueran castañuelas.
– Te escucho -dijo, llenando los vasos que había dejado sobre la hierba.
Resumí la situación: la investigación de Luc, su intento de suicidio, los indicios que me habían llevado hasta allí. Mi hipótesis según la cual la investigación del caso Simonis y su acto desesperado estaban relacionados. Para terminar, le mostré la foto de Luc y escuché el ya habitual «No lo he visto nunca». Los insectos zumbaban bajo el resplandor del sol. El día prometía ser magnífico.
– Sobre la muerte de Sylvie -dijo él después del primer vaso-, no puedo decirte mucho. No cubro el caso.
– ¿Por qué?
– Jubilación anticipada. En Le Courrier consideraron que ya había hecho bastante. El caso Sylvie Simonis les cayó del cielo. La oportunidad para «aparcar a Chopard».
– ¿Y por qué este caso en particular?
– Se acordaban de mi pasión por el primer asesinato. Según ellos, me había implicado demasiado. Prefirieron enviar a un joven. Un pipiolo. Un tío que no hiciera mucho alboroto.
– ¿Querían evitar la repercusión mediática?
– Tú lo has dicho. No hay que dañar la imagen de la región. Es la política. Preferí renunciar.
Llevé el vaso a mis labios: un vino amarillo del Jura. Excelente, pero no estaba de humor para degustaciones.
– Usted hizo su propia investigación, ¿verdad?
– No fue fácil. Era imposible conseguir la menor información de los gendarmes.
– ¿Ni siquiera usted?
– Sobre todo yo. Los viejos inspectores, mis amigos, están jubilados. Un nuevo y flamante equipo llegó de Besançon. Unos descerebrados.
– ¿Como Stéphane Sarrazin?
– El descerebrado en jefe.
– ¿Y a la familia de Sylvie? ¿No la interrogó?
– Sylvie no tenía familia.
– Nadie me ha hablado de su marido.
– Sylvie había enviudado hacía años. Ya era viuda cuando Manon fue asesinada.
– ¿De qué murió el marido?
Chopard no respondió de inmediato. Había dejado su vaso, ya vacío. Ordenaba cuidadosamente los cebos, los anzuelos, los hilos en los cajoncitos de su caja de pesca. Por fin, me echó una mirada a hurtadillas.
– Quieres toda la historia, ¿no es así?
– Es el objetivo de mi viaje.
El periodista colocó diversos anzuelos en el fondo de un compartimiento.
– Frédéric Simonis se mató en un accidente de coche, en el año 1987.
– ¿Un accidente?
– Un accidente de Ricard, sí. El hombre empinaba el codo lo suyo.
Retrato de familia: un marido alcohólico muerto en la carretera, una hija asesinada en un pozo. Y ahora, la superviviente, relojera, asesinada de la peor manera. Nada cuadraba, aparte de la omnipresencia de la muerte. Chopard pareció intuir mi desasosiego.
– Frédéric y Sylvie se conocieron en la escuela politécnica de Bienne, en el cantón de Berna. La escuela de relojería más famosa de Suiza. Estaban en las antípodas el uno del otro. Él, un hijo de papá. Gran familia de Besançon, dedicada a la industria textil. Ella, hija de un viudo, artesano relojero de Nancy, fallecido cuando Sylvie solo tenía trece años. Con el talento sucedía lo mismo. Él, un inútil protegido por los viejos. Ella, becada, consecuente, un genio de la relojería. Tenía «mano de oro», como se dice por aquí. Ningún engranaje, ningún mecanismo tenía secretos para ella.
– ¿La pareja funcionó?
El pescador cerró su caja de un golpe.