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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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– Según su opinión, ¿cuál era su objetivo? -insistí.

Hubo un largo silencio. Valleret buscaba las palabras.

– Es un príncipe de las tinieblas. Un orfebre del mal, que se mueve por amor al refinamiento. No estoy seguro de que experimente algún goce. Quiero decir, de tipo sexual. Se lo repito: un artista. Con pulsiones… abstractas.

No conseguiría nada más. Para terminar le pregunté:

– ¿Tiene a mano una copia de su informe de la autopsia?

– Espéreme aquí.

– ¿Ha conservado también muestras del liquen?

– Sí, tengo varias. Al vacío.

Desapareció por las puertas batientes. Unos segundos más tarde, dejaba en mis manos una carpeta de color beis.

– Aquí lo tiene -dijo-. Mi informe, las constataciones de los gendarmes, las fotos tomadas in situ, el informe meteorológico, todo. He adjuntado también dos sobres de liquen.

– Gracias.

– No me dé las gracias. Le paso la pelota, muchacho. Un regalo envenenado. Durante años he vivido obsesionado por el accidente que destrozó mi vida. Después de hacer esta autopsia, solo escucho los aullidos de la mujer roída por los gusanos. -Sonrió con amargura-. Un clavo saca otro clavo, sea cual sea la podredumbre de la madera.

Volví a la superficie del mundo con alivio. Cuando atravesaba la explanada del hospital, a la luz del mediodía, mi malestar disminuyó. Sin embargo, al accionar el mando a distancia del coche, me quedé paralizado.

La imagen del demonio acababa de surgir, destrozando a mordiscos las carnes de Sylvie Simonis, rodeada de una nube de moscas, con un fondo de perros aullando. Un recuerdo, heredado de los cursos de teología, surgió en mi mente.

Belcebú provenía del hebreo Beelzebul.

El mismo derivado del nombre filisteo Beel Zebub.

El Señor de las Moscas.

30

A la salida de la ciudad, entré en la atmósfera de efervescencia que creaban las hojas amarillas y ocres. Según las especies de los árboles, pasaba por charcos de té, hojas de oro, tostadas quemadas. Toda una paleta de tonalidades en sordina. Apagadas y sin embargo intensas.

Había comprado una guía y mapas de cada departamento de Franche-Comté. Entré en la nacional 57 y tomé dirección sur, la de Pontarlier-Lausanne, hacia la región de Haut-Doubs y la frontera suiza.

Ahora, con la altura, los tonos otoñales retrocedían y daban paso al profundo verde oscuro de los pinos. El paisaje parecía salido de un anuncio del chocolate Milka. Pendientes verdosas, aldeas con campanarios en forma de cebolla, graneros con fachadas con frontón y largos techos poligonales que recordaban pliegues de papel manila. El cuadro era perfecto. Hasta las vacas llevaban una campanilla de bronce.

Un panel de señalización: saint-gorgon-main. Abandoné la nacional para tomar la D41. Las cumbres del Jura se aproximaban. La carretera rectilínea, bordeada de pinos y de tierra roja, evocaba las interminables landas del sudoeste de Francia. Seguí esas paredes hasta tomar la dirección del calvario de Uziers. Según el plano, Mathias Plinkh, el entomólogo, vivía en las inmediaciones.

Pronto, las curvas fueron más seguidas, aunque a veces se abrían sobre las llanuras al fondo del valle. Por fin apareció un cruce de caminos. Luego, un letrero de madera anunció: granja plinkh, museo de entomología, peritaje de tanatología, cultivo de insectos.

La nueva carretera serpenteaba entre las colinas. De pronto, una vivienda surgió, como si resbalara entre las laderas oscuras. Una construcción moderna, de una sola planta en forma de L. La alternancia de madera y piedra evocaba ciertas villas de las Bahamas, muy planas, con los muros horadados por largos ventanales que daban a una galería. Las dos partes de la L tenían estilos diferentes: de un lado, numerosos ventanales; del otro, una fachada ciega en la que estaban desperdigadas algunas lucernas. El ala de vivienda y el ecomuseo.

Un viejo poli a quien al principio de mi carrera supuestamente yo debía seguir, pero al que en realidad había arrastrado como un trasto, decía siempre: «Una investigación es tan sencilla como un timbrazo». Ojalá fuera cierto. Aparqué y llamé al interfono. Un minuto más urde, sonó una voz grave con acento del norte. Me presenté abiertamente. «Entre en la primera sala; ahora mismo estoy con usted. ¡No se pierda las láminas!»

Al penetrar en el gran cuadrado blanco del vestíbulo comprendí que Plinkh hablaba de una serie de apuntes científicos pintados a mano que colgaban en las paredes. Moscas, coleópteros, mariposas; la precisión del trazo recordaba las acuarelas chinas o japonesas.

– Las primeras planchas de Pierre Mégnin sobre los insectos necrófagos. 1888. El inventor de la entomología criminal.

Me volví hacia la voz y descubrí un gigante metido en una chaqueta negra de cuello Mao. Cabellos canos, mirada verde, brazos cruzados: un gurú New Age. Le tendí la mano. Juntó las palmas a la manera budista. Luego cerró los ojos con una untuosidad casi felina. Su actitud olía a cálculo, a artificio. Volvió a abrir los párpados y señaló hacia la derecha.

– Tenga la bondad de pasar.

Otra habitación, igualmente blanca. Más cuadros colgados; esta vez contenían insectos clavados con alfileres. Batallones de una misma familia, ordenados por tamaños y colores de sus respectivos pedigrís.

– He reunido aquí los grupos principales. Los famosos «escuadrones de la muerte». Esta sala tiene mucho éxito. ¡A los críos les encanta! Hábleles de insectos y de ecosistema y bostezarán. ¡Hábleles de cadáveres y lo escucharán religiosamente!

Se acercó a un cuadro que contenía hileras de moscas azuladas.

– Las célebres Sarcophagidae. Se presentan a los tres meses, aproximadamente. Son capaces de detectar un cadáver a treinta kilómetros. Cuando estaba en Kosovo, en calidad de experto, con solo seguirlas encontrábamos los osarios.

– Señor Plinkh…

Se detuvo delante de una serie de bastidores más gruesos, cubiertos con papel de periódico.

– Aquí he agrupado algunos casos de manual. Sucesos en los que los insectos han permitido que se confunda al criminal. Observe el ardid: cada caja está decorada con los recortes de los periódicos que se ocupan del caso.

– Señor Plinkh…

Dio todavía un paso más.

– Aquí tiene los especímenes excepcionales, que se remontan a la prehistoria. Vestigios que hemos encontrado en los despojos congelados de los mamuts. ¿Sabía que el exoesqueleto de una mosca es absolutamente indestructible?

Levanté la voz.

– Señor, he venido a hablar de Sylvie Simonis.

Se detuvo en seco y bajó lentamente los párpados. Cuando tuvo los ojos cerrados, una sonrisa se dibujó en sus labios.

– Una obra maestra. -Juntó otra vez las palmas de las manos-. Una verdadera obra maestra.

– Se trata de una mujer que sufrió un martirio atroz. De un demente que la torturó durante una semana.

Abrió los ojos de golpe, girando la cabeza como un búho. Eran ojos de ruso, con el iris muy claro y la pupila muy negra. Parecía sinceramente sorprendido.

– No le hablo de eso. Le hablo de la distribución. La manera de repartir las especies sobre el cuerpo. ¡No faltaba ni un solo insecto! Las moscas Calliphoridae, que llegan justo después de la muerte; las Sarcophagidae, que se instalan a continuación, en el momento de la fermentación butírica; las moscas Piophilidae y los coleópteros Necrobia rufipes, que llegan ocho meses más urde, cuando los líquidos saniosos se evaporan. Todo era perfecto. Una obra maestra.

– Intento descubrir su método.

La cabeza cana pivotó. El efecto de rotación quedaba aún más acentuado por el cuello Mao.

– ¿Su método? -repitió-. Venga conmigo.

Seguí al gurú por un pasillo revestido de madera de pino. Después de atravesar una puerta cortafuego, con burletes de guata, penetramos en una gran sala diáfana, hundida en la penumbra, con los dos muros laterales llenos de jaulas cubiertas con velos de gasa. Reinaba una atmósfera de vivario. El calor era sofocante. Se percibía un olor a carne cruda y a productos químicos.

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