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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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– Supongo que el crucifijo estaba cabeza abajo.

– ¿Cómo lo sabe?

– No olvide que soy un experto.

Se persignó nuevamente. Iba a volver sobre mis pasos cuando el vértigo se apoderó de mí. Alguien, en alguna parte, me observaba en la penumbra. Una mirada cargada de ira que me produjo la sensación de un contacto nauseabundo. De golpe, me sentí completamente vulnerable. A la vez sucio y desnudado por esos ojos ardientes que no veía pero que me sondeaban como un hierro al rojo.

Una mano me atrapó.

– Cuidado. Se caerá.

Sorprendido, observé a Marilyne y luego escruté los pinos. Nada, por supuesto. Pregunté, con la voz alterada:

– Ese… ese crucifijo, ¿lo ha conservado?

Su mano desapareció en el abrigo. Colocó en la palma de mi mano un objeto envuelto en un trapo.

– Cójalo. Y váyase.

Marilyne me dio su número de móvil. «Por si acaso…» A cambio, le mostré el retrato de Luc; nunca lo había visto. Retomé la dirección de los pinos. A mis espaldas, me preguntó:

– ¿Por qué nos abandonó?

Me detuve. La filipina me alcanzó.

– Usted me ha dicho que había estado en el seminario. ¿Por qué nos abandonó?

– No he abandonado a nadie. Mi fe está intacta.

– Necesitamos hombres como usted. En nuestras parroquias.

– Usted no me conoce.

– Pero es joven, íntegro. Nuestra religión está muriendo con mi generación.

– La fe cristiana no está asentada sobre una tradición oral que desaparece con los oficiantes.

– En este momento, es una comunidad de dentaduras postizas que castañetean en el vacío. Nuestros jóvenes toman otros caminos, escogen otros combates. Como usted.

Metí el crucifijo en el bolsillo.

– ¿Quién le ha dicho que no se trata del mismo combate?

Marilyne retrocedió, turbada. La había hecho caer en su propia trampa: Dios contra Satán. Retomé mi camino sin volverme. No había sido más que una frase soltada sin pensar pero había dado en el blanco.

El cuerpo profanado de Sylvie no era una simple provocación.

Era una declaración de guerra.

32

Cuando llegué a Sartuis anochecía.

Esperaba una aldea típica del Jura, con granjas de muros entramados de madera y campanario de piedra. Sin embargo, era una de las llamadas «nuevas ciudades» hechas de hormigón. Una calle principal rectilínea cortaba limpiamente en dos el centro. La mayoría de los bloques eran talleres de relojería, cerrados desde hacía lustros; las agujas inmóviles de los relojes letreros, así lo atestiguaban.

«Sartuis -pensé-, la ciudad donde el tiempo se ha detenido.»

Conocía la historia de la zona. Desde principios del siglo XX, la región de Doubs había gozado de un desarrollo económico gracias a la relojería y a la mecanización. Todos los proyectos parecían posibles. Hasta el punto de que, en los años cincuenta, se construyó una ciudad como Sartuis. Pero habían errado el tiro. La competencia asiática y la revolución del cuarzo habían echado por tierra las grandes esperanzas de la zona.

Encontré la plaza principal, donde la arquitectura era más propia de la región. En consecuencia, antes de la fiebre de los relojes hubo un verdadero pueblo, con callejuelas, la iglesia, la plaza del mercado… Ni rastro de un hotel. La oscuridad y el silencio lo envolvían todo. Solo las farolas penetraban las tinieblas. Ningún escaparate, ningún faro les hacía eco. Esas manchas de luz eran peores que la noche y el frío. Los clavos del ataúd que se cerraba sobre mí.

Seguí conduciendo y pasé por la gendarmería. Pensé en Sarrazin. Iba a hacer lo necesario para impedir que arrastrara mis Sebago por allí. Tal vez comprobaría personalmente los hoteles.

Giré y volví hacia la plaza.

La iglesia estaba construida con bloques de granito y tenía un campanario cuadrado. Me escabullí por la callejuela adyacente a la muralla. En segundo plano había una construcción adosada al edificio, al fondo de un huerto bien rastrillado. Una rectoría a la antigua, con los muros cubiertos de hiedra y el techo de pizarra. Alineada con ella, otra construcción más reciente la prolongaba abriéndose sobre una cancha de baloncesto.

Aparqué, cogí mi bolsa y caminé hacia el portal. El cielo estaba luminoso y las estrellas se mostraban impasibles. Mis pasos crujían sobre la grava. Reinaba una absoluta soledad.

Toqué el timbre de la puerta del huerto y, sin esperar a que me abrieran, atravesé los cultivos mientras cerraba mi abrigo. Iba a llamar a la puerta pero se abrió bruscamente. Un atleta ya mayor estaba en el umbraclass="underline" sesenta años, cabellos canos y ralos, con una camiseta Lacoste abombada en la barriga y un pantalón deformado de terciopelo. El rostro tenía una expresión de asombro contrariado. La mano derecha sostenía el pomo de la puerta; la izquierda una servilleta.

– ¿El párroco?

El hombre asintió. Volví a utilizar la identidad de periodista. No me convenía asustarlo.

– Mucho gusto -replicó con una sonrisa de circunstancia-. Soy el padre Mariotte. Si es para una entrevista, venga mañana por la mañana a la parroquia. Yo…

– No, padre. Vengo simplemente a pedirle hospitalidad para esta noche.

La sonrisa desapareció.

– ¿Hospitalidad?

– He visto sus dependencias.

– Es para mi equipo de fútbol. No hay nada preparado. Es…

– No busco comodidad.

Con disimulada perversidad añadí:

– Cuando estaba en el seminario se me dijo repetidas veces que un buen sacerdote deja siempre su puerta abierta.

– Usted…¿usted estuvo en el seminario?

– En Roma, durante los años noventa.

– Si es así, yo… pase.

Retrocedió para dejarme entrar.

– Con semejante nombre estaba seguro de que podría albergarme.

El sacerdote no pareció captar mi alusión a la cadena de hoteles americana. Era un cura a la antigua. El tipo de cura aislado del mundo que se ocupaba de sus fíeles, de su coro y de su equipo de fútbol aplicando a todos ellos el mismo rasero.

– Venga conmigo. -Entró en el pasillo-. Le advierto que es más bien rudimentario.

Al cruzar el comedor no pudo evitar un gruñido al ver la cena, que se enfriaba. Después de unos pasos, manipuló un pesado llavero que colgaba de su cinturón y abrió una puerta de roble para luego hacer lo mismo con otra metálica en la que colgaba un letrero: CORTAFUEGO.

Mariotte encendió un tubo fluorescente y después avanzó con paso firme. En el pasillo observé a la derecha las duchas comunes, de donde emanaba un fuerte olor a lejía y, en el fondo, una puerta acristalada que debía de dar a la cancha de baloncesto.

Entró en la habitación de la izquierda y accionó el interruptor. Vislumbré dos hileras de cinco camas, frente a frente. Cada una estaba rodeada por una cortina que colgaba de un marco. La habitación me hizo pensar en una fila de cabinas en un día de elecciones.

– Es perfecto -dije entusiasmado.

– No es muy exigente -farfulló Mariotte.

Corrió una de las cortinas y apareció una cama cubierta por un plumón amarillo. Un crucifijo de madera colgaba de la pared. No podría haber imaginado mejor escondrijo. Silencio, simplicidad, discreción.

El sacerdote batió palmas enérgicamente.

– Bueno, póngase cómodo. La puerta acristalada del fondo está abierta siempre. Si quiere salir, es muy práctica. En cuanto a mí, yo…

Se interrumpió en plena frase, comprendiendo la situación. Con poco entusiasmo, me propuso:

– ¿Quizá le apetece compartir mi cena?

– Será un placer.

En el pasillo, observé una celda de contrachapado oscuro, separada en dos compartimientos.

– ¿Es un confesionario?

– Ha acertado.

– ¿La iglesia no tiene uno?

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