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Los cronolitos [The Chronoliths - es]

Электронная книга - «Los cronolitos [The Chronoliths - es]». Краткое содержание книги:

Scott Warden es un hombre perseguido por el pasado… y pronto también por el futuro. En la Tailandia de comienzos del siglo XXI es un vago en una comunidad costera de expatriados, cuando es testigo de un acontecimiento imposible: la aparición en el boscoso interior de un pilar de piedra de casi setenta metros. Su llegada colapsa los árboles en un cuarto de kilómetro alrededor de su base. Parece estar compuesto de una exótica forma de materia y la inscripción tallada muestra la conmemoración de una victoria militar… que tendrá lugar dentro de dieciséis años.
Poco después, un pilar aún mayor aparece en el centro de Bangkok. A lo largo de los siguientes años, la sociedad humana queda transformada por estos misteriosos visitantes, al parecer llegados desde el futuro reciente. ¿Quién es el guerrero “Kuin”, cuyas victorias celebran? Scott sólo quiere reconstruir su vida, pero un extraño bucle le arrastra sin cesar hacia el misterio central… y una fascinante batalla con el futuro.
Tensa, emotiva, rigurosa y emocionante, “Los Cronolitos” es una obra maestra de uno de los mejores autores de ciencia ficción de la actualidad.
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—De acuerdo —dije.

—Así que vamos a asumir que han abandonado la ciudad. Al viajar juntos, habrían llamado demasiado la atención si lo hubiesen hecho en autobús o en avión. Teniendo en cuenta el número de adultos trastornados que hay en la carretera, dudo que el contingente del extrarradio accediera a hacer autostop, así que su única opción era el transporte privado. Lo más probable es que se trate de un vehículo bastante grande, porque aunque es posible meter a ocho personas en un Landau, atraerían demasiadas miradas y todos irían refunfuñando.

—Pero todo esto no son más que conjeturas —señalé. —Es cierto, pero si han ido conduciendo, ¿en qué están montados? —Supongo que algunos de esos chavales tienen coche propio — comentó Ashlee.

—Exacto. Ramone Dudley estuvo investigando. Cuatro de ellos tienen vehículos registrados a su nombre, pero todos se encuentran en la ciudad y ninguno de los padres ha denunciado ningún robo. De hecho, casi todos los coches que fueron robados en el momento que desaparecieron los muchachos cayeron en manos de profesionales o de gamberros que, después de dar una vuelta, los destrozaron o los quema ron. Por mucho que consigas abrir los cierres personalizados, robar un coche ya no es tan sencillo como antes: todos los que han sido fabricados o importados durante los últimos diez años transmiten, de forma rutinaria, el número de serie y sus coordenadas GPS. Por lo común, la gente sólo lo utiliza para localizar su vehículo en un aparcamiento, pero la verdad es que este mecanismo ha complicado en gran medida el robo de coches. Un ladrón moderno es un técnico con un montón de conocimientos de craqueo, no un chaval que acaba de salir del instituto.

—Así que no utilizaron sus vehículos ni tampoco robaron ninguno — dijo Ashlee—. Genial. Eso significa que siguen en la ciudad.

—Eso es lo que cree Ramone Dudley, pero no tiene ningún sentido. Resulta bastante obvio que esos chicos están haciendo un haj, así que le pedí a Dudley que volviera a comprobar los cuatros coches que poseen.

Y lo hizo.

—Ah… ¿Y descubrió algo?

—No, todo sigue igual. Tres de esos vehículos están en el mismo sitio en el que fueron aparcados la semana pasada, mientras que el cuarto se ha movido, pero sólo para realizar pequeños trayectos hasta la tienda de alimentación local. El cuentakilómetros indica que sólo se han realizado treinta kilómetros desde que desaparecieron los chavales. Al parecer, el chico le dejó un juego de llaves a su madre.

—De modo que seguimos sin tener nada.

—No, tenemos una madre que conduce el coche de su hijo para ir al supermercado. Según la lista de Whit, se trata de Eleanor Helvig. Ella y su marido Jeffrey son miembros de buena posición de ese club Copperhead. Él es el vicepresidente de Clarion Pharmaceuticals, así que se encuentra un par de escalones por encima de Whit. En la actualidad, Jeff está ganando bastante dinero y hay tres vehículos registrados a nombre de su familia: el de él, el de su mujer y el de su hijo.

Y todos los coches son buenos: un par de Daimlers y el Edison de segunda mano para Jeff júnior.

—¿Y?

—¿Por qué estará conduciendo su mujer el Edison para ir a la compra, si su Daimler es un vehículo mucho más grande y su maletero tiene mayor capacidad?

—Podría ser por diversas razones.

—Podría ser… pero yo creo que deberíamos preguntárselo. ¿Vosotros no?

La cena estaba buenísima (y se lo dije a Ashlee), pero no pudimos entretenernos saboreándola. Hitch y yo nos desplazamos hasta el hogar de los Helving y Ashlee accedió a quedarse en casa con la única condición de que la llamásemos en cuanto supiéramos algo.

—Sobre aquel paquete… —le dije a Hitch en cuanto estuvimos a solas en el coche.

—Sí… el paquete. Olvídate de eso, Scotty.

—No pienso olvidar una vieja deuda. Me prestaste el dinero para que pudiera salir de Tailandia y lo único que te debía era un favor… pero no pude hacerlo.

—Bueno, pero lo intentaste, ¿no?

—Fui al lugar que me dijiste.

—¿Al Easy? —Hitch estaba sonriendo. Se trataba de aquella sonrisa que antaño me hacía sentir tan incómodo (y de nuevo lo estaba consiguiendo).

—Fui al Easy, pero… —empecé a explicar.

—¿Le mencionaste mi nombre al tipo que había allí?

—Sí…

—¿A un tipo viejo, con el cabello gris, bastante alto y con ¡a piel de color café?

—Apenas lo recuerdo, pero creo que sí. Sin embargo, no había ningún paquete.

—¿Te dijo él eso?

—Bueno…

—¿Te dijo eso con amabilidad?

—Ni mucho menos.

—¿Se enfadó un poco?

—Estuvo a punto de sacar una pistola.

Hitch estaba asintiendo.

—Bien.

—¿Cómo que bien? ¿El paquete llegó con retraso o qué?

—No, Scotty. Nunca hubo ningún paquete.

—¿Y el que me pediste que recogiera…?

—No existía. Lo siento.

—Pero el dinero que me prestaste…

—Espero que no te lo tomes a mal, pero pensé que estarías más seguro si regresabas a Miniápolis. Te habías quedado atrapado en la playa, Janice y Kaitlin se habían ido… y estabas empezando a beber demasiado. Chumphon no era un lugar idóneo para un americano borracho, y menos aún con todos los periodistas que aparecían por allí con regularidad. Sentí lástima de ti y decidí darte el dinero. El negocio iba bien, así que tenía de sobra. Sabía que no lo aceptarías como regalo, pero no quería que consideraras que era un préstamo porque estaba seguro de que intentarías localizarme para devolvérmelo, como un buen chico. Por eso tuve que inventarme lo del “paquete”.

—¿Te lo inventaste?

—Lo siento, Scotty. Supongo que pensaste que te habías convertido en un camello o algo así, pero ya sabes que mi sentido del humor me incita a hacer este tipo de cosas. Pense que un pequeño dilema moral añadiría un poco de emoción a tu vida, teniendo en cuenta la imagen de universitario honesto que tenías de ti mismo.

—Me estás mintiendo —repliqué—. Aquel tipo del Easy te conocía… tú mismo acabas de describirlo físicamente.

Se estaba poniendo el sol y las luces del salpicadero empezaban a brillar. El aire que entraba por la ventanilla era agradable y relativamente dulce. Hitch se tomó su tiempo para responder.

—Deja te cuente una historia, Scotty —dijo por fin—. Cuando era pequeño, vivía en Roxbury con mi madre y mi hermana pequeña. Éramos pobres, pero eso fue durante aquella época en la que, si lo manejabas con prudencia, el dinero de la ayuda bastaba para seguir adelante. Yo consideraba que las cosas nos iban bien… o por lo menos, lo único que sabía era que podía ser feliz con lo poco que tenía, aunque de vez en cuando tuviéramos que robar un poco de comida. Cuando cumplí dieciséis años, mi madre se casó con ese pedazo de mierda llamado Easy G. Tobln. Easy ya tenía ese servicio de recogida de correo, pero vendía cocaína y alcohol en la trastienda. Lo único que puedo decir a su favores que nunca pegó a mi madre… ni a mi ni a mi hermana. No era ningún monstruo, y siempre mantuvo el negocio de las drogas bien lejos de casa. Sin embargo, era un ser mezquino. Nos decía cosas perversas. Jamás nos levantó la voz, pero era capaz de hacerte mucho daño diciendo sólo unas palabras, porque tenía la habilidad de saber qué era lo que más odiabas de ti mismo. Me lo hizo a mí y se lo hizo a mi hermana, pero eso fue algo secundario… pues sobre todo se lo hizo a mi madre. Un par de años después, cuando estaba a punto de abandonar mi hogar, ya había tenido que ver más lágrimas de las que hubiera deseado. Mi madre quería deshacerse de él, pero no sabía cómo hacerlo. Easy tenía un par de amantes, así que junté a un grupo de amigos para seguirle hasta la casa de una de aquellas mujeres y darle parte de su merecido. No le propinamos una enorme paliza, pero le hicimos sentir miedo. Nos limitamos a pegarle unas cuantas patadas y a decirle que si no se alejaba de mi madre le haríamos algo peor. Nos dijo que por él perfecto, porque mi hermana y yo le poníamos enfermo y que, de todas formas, ya se había beneficiado bastante a mi madre (esas fueron sus palabras) y hacía tiempo que tenía pensado irse. Sólo le dije que me parecía genial, siempre y cuando cumpliera con su palabra, y que nunca le quitaría los ojos de encima. Él respondió: “me olvidaré de tu nombre en menos de una semana, capullo”, y entonces le advertí que sería mejor que nunca se olvidara de mi nombre, porque yo siempre recordaría el suyo y me las arreglaría para que supiera de mí de vez en cuando. Bueno, lo dejamos así, pero durante algunos años me aseguré de que oía mi nombre, al menos una vez cada cierto tiempo. Le enviaba una tarjeta o le llamaba por teléfono… para que recordara su promesa. Y supongo que aún se acordaba de mí, ¿verdad Scotty?

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