Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Enfriar El Miedo
Enfriar El Miedo - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Enfriar El Miedo

Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:

Quentin Hayes, agente de la Unidad de Crímenes Espeluznantes del FBI, sigue atormentado por el misterioso asesinato de Missy, ocurrido hace veinte años en El Refugio, un hotel de Tennessee al que vuelve una y otra vez en busca de nuevas pistas.
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
1 ... 37 38 39 40 41 42 43 44 45 ... 71
Перейти на страницу:

Stephanie no supo qué decir.

Volviendo al asunto que la había llevado a su despacho, la gobernanta agregó:

– Vigilaré a Ellie, señorita Boyd. No tiene que preocuparse por eso.

– Bien. -Stephanie no quiso recordarle que vigilar a la chica era idea de la propia señora Kincaid.

Aparentemente satisfecha, la gobernanta salió del despacho cerrando la puerta suavemente a su espalda.

Stephanie suspiró, apuró su café y se levantó, decidida a regresar a los establos para ver si el registro del cuarto de arreos había dado algún fruto.

Tenía el presentimiento de que sí.

Un mal presentimiento.

Nate se negó en redondo a permitir que alguien bajara por aquella escalerilla hasta que llegaran los refuerzos que había pedido.

– Ni en sueños vas a bajar ahí sin mí -le dijo a Quentin-. Lo que significa que ninguno de nosotros bajará hasta que tenga alguien aquí que nos cubra las espaldas.

Diana estaba convencida de que a Quentin no le agradaba aquel retraso, aunque hubiera accedido a él de inmediato. Ella, por su parte, estaba segura de lo que sentía al respecto.

No quería bajar allí.

Ninguno de los dos policías había dicho o dado a entender que fuera a bajar, pero ella lo sabía. Sabía que estaba destinada a ver lo que hubiera allá abajo, lo mismo que Quentin. Que tenía que bajar por aquella escalerilla y adentrarse en la oscuridad.

Temblando, hundió las manos aún más en los bolsillos de su chaqueta. ¿Por qué seguía teniendo frío?

Nate echó una ojeada a su reloj y luego dijo:

– Mirad, pasará media hora larga antes de que lleguen mis hombres y se organicen. Marchaos a desayunar. Yo esperaré aquí.

– Tú tampoco has desayunado -dijo Quentin.

– Sí, bueno. Mandadme a alguien con medio litro de café y un sándwich de huevo, y estaré perfectamente.

Desde la puerta del cuarto de arreos, Stephanie dijo:

– De eso puedo encargarme yo. -Tenía la mirada fija en la trampilla abierta, y añadió con incredulidad-: ¿Habéis encontrado algo?

Quentin agarró a Diana del brazo y la hizo pasar junto a Stephanie cuando ésta entró en la habitación.

– Sí, hemos encontrado algo. Nate, si se te ocurre siquiera bajar por esa escalerilla sin mí…

– No bajaré, no bajaré. Id a desayunar.

– ¿Hay una escalerilla? -Stephanie estaba aún más perpleja.

Diana no pudo por menos de sonreír con sorna mientras Quentin y ella salían del cuarto de arreos y se alejaban.

– ¿Por qué tengo la sensación de que ella también va a querer bajar por esa escalera?

Quentin pareció percibir algo en su voz, porque su pregunta fue inmediata.

– ¿Tú no quieres bajar?

– La verdad es que no.

– ¿Por qué? ¿Has sentido algo?

Diana respiró hondo y exhaló despacio, removiéndose un poco mientras caminaban para desasir el brazo que Quentin le sujetaba ligeramente.

– Es un agujero negro en el suelo, Quentin. No parece muy acogedor. Me lo dicen mis cinco sentidos corrientes.

Quentin no se molestó en recordarle que ella era la responsable de que supieran de la existencia de aquel agujero negro.

– No hace falta que me digas -dijo-, que hubieras sido mucho más feliz si no hubiéramos encontrado nada ahí dentro.

Aquello sorprendió a Diana, que le lanzó una mirada rápida.

– Para así poder convencerte de nuevo de que sólo eran imaginaciones tuyas -explicó él.

A Diana no se le ocurrió qué decir para defender su reticencia, así que cambió de tema.

– ¿Qué puede tener que ver un agujero hecho hace mucho tiempo en el suelo con los niños asesinados?

– No tengo ni idea -reconoció él.

– Si llevas años investigando este lugar, ¿cómo es que has pasado por alto ese agujero?

– No he estado investigando este lugar… por desgracia -respondió Quentin-. Al menos, in situ, y sin remontarme más allá de los últimos veinticinco años. Tengo la sensación de que lo que hemos encontrado es mucho más antiguo.

– ¿La trampilla? ¿O el agujero?

– Las dos cosas, diría yo. Ese establo lleva ahí cien años, o casi. Era una de las edificaciones originales del hotel. Lo sé por las postales que venden en la tienda de regalos, las que muestran este sitio alrededor de 1902, justo después de su construcción.

– ¿Crees que ese pozo fue… excavado… antes de que se construyera el establo?

– Probablemente. Habría sido de locos cavar ese hoyo desde dentro del cuarto de arreos. Tú has visto el terreno. A menos que fuera una abertura natural, alguien tuvo que perforar o dinamitar el granito macizo, al menos en parte de la bajada. Quizás en otro tiempo fuera un pozo. Podría ser, por el tamaño. Puede que se secara o que el agua fuera mala y ya no se usara.

– ¿Y la escalerilla?

– Nunca he visto una en un pozo, aunque fuera viejo. Me parece que ese agujero tiene que haberse usado para otras cosas.

– Lo que significa que en el fondo encontraremos algo más que agua.

– Es más que posible.

Diana sacudió la cabeza de un lado a otro.

– Las bisagras no han chirriado. ¿Te has fijado?

– Sí. Bisagras de hierro viejas sin herrumbre y que no chirrían. Lo que significa que alguien se ocupa de esa trampilla.

– Estaba escondida.

– Pero de tal modo que los percheros de las sillas de montar pudieran retirarse con muy poco esfuerzo.

– ¿Por qué? -preguntó Diana, y notó que la crispación de su voz aumentaba.

– Eso ni quisiera podemos aventurarlo hasta que veamos qué hay abajo.

– ¿Y vosotros, cuando erais pequeños, no encontrasteis la trampilla? -Le miró a tiempo de ver que fruncía rápidamente el ceño.

– No, que yo recuerde -respondió él.

Diana se quedó callada un rato mientras seguían caminando por el sendero que conectaba los establos con el edificio principal de El Refugio. Era aún muy temprano, pero quienes solían levantarse al alba estaban ya en pie y en marcha: jardineros y trabajadores de mantenimiento, una persona que chapoteaba en la piscina, otra que practicaba su servicio en las canchas de tenis… Un corredor madrugador les saludó distraídamente con la cabeza al pasar a su lado, los ojos ya fijos en las altas montañas cuyas sendas sinuosas desafiaban a corredores y excursionistas.

Para la mayoría de los clientes del hotel, aquélla era una mañana más, marcada, como siempre, por la costumbre y el ritual.

Diana se preguntó cómo sería aquella normalidad.

Cuando llegaron a la terraza encontraron mesas de sobra para elegir. Sólo dos estaban ocupadas, una por una pareja joven y otra por la niña a la que Diana reconoció por haberla visto… ¿Era sólo del día anterior por la mañana? Parecía que habían pasado semanas desde que había estado con Quentin en la torre y había visto a la niña y a su perro en la pradera, allá abajo.

Ahora, el perro yacía sobre el regazo de la niña, que dedicó a Diana una sonrisa tímida y fugaz antes de seguir acariciando suavemente a su mascota dormida.

– Se levanta temprano -murmuró Diana.

– Otra vez -repuso Quentin. Señaló una mesa cerca de la que habían ocupado la víspera y al sentarse añadió-: De momento, sólo la he visto a ella y a otro crío, un niño pequeño. Hay un par de adolescentes que van y vienen. Ya te dije que este sitio no es muy familiar.

Una camarera se les acercó con un alegre «buenos días» y una cafetera, poniendo así fin, de momento, a la conversación. Aceptaron el café y pidieron el desayuno sin que ninguno de los dos necesitara ver la carta.

Diana envolvió la taza caliente con las dos manos, sintiendo de nuevo un escalofrío que le costaba comprender. El sol caldeaba la terraza y su mesa. El aire era cálido y olía agradablemente a flores, cuyos efluvios se mezclaban con el aroma más intenso del beicon a la plancha.

1 ... 37 38 39 40 41 42 43 44 45 ... 71
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)