Deja en paz al diablo
- Автор: Вердон Джон
- Серия: Dave Gurney [es] #3
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Deja en paz al diablo». Краткое содержание книги:
Han pasado seis meses. David Gurney apenas ha conseguido reincorporarse a una cierta normalidad después de haberse encontrado al borde de la muerte tras resolver el caso más peligroso al que se había enfrentado. Madeleine, su esposa, está preocupada: ha sido diagnosticado con síndrome de estrés postraumático; nada parece alegrarle.
Hasta que recibe una llamada. Connie Clark, la periodista que creó la leyenda de superpoli, lo puso en la portada de una revista y lo catapultó a la fama, quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está realizando un documental sobre las familias de las víctimas de un asesino en serie al que nunca atraparon, el Buen Pastor, y Connie quiere que Gurney supervise sus investigaciones y la guíe. En parte por aburrimiento y en parte por hacerle un favor a Connie, Gurney acepta.
Sin embargo, esto no será más que el principio. Incapaz de ponerle coto a su curiosidad y a su necesidad de resolver cada una de las incógnitas que se le presentan, David Gurney se verá arrastrado a una investigación para descubrir la verdadera identidad del asesino. Un asesino que es tan imprevisible como peligroso.
Si en Sé lo que estás pensando te asombró y en No abras los ojos te aterró, con Deja en paz al diablo, John Verdon consigue lo inesperado: sorprender al lector a cada página hasta dejarlo sin aliento.
– Les sugerí el camino de la cumbre, el que lleva hasta el sendero que conduce al estanque.
– ¿A qué hora se han ido?
– Cuando nos hemos enterado de que llegarías una hora tarde.
– Ojalá me hubieras hablado de esto.
– ¿Habría cambiado algo?
– Por supuesto que habría cambiado algo.
– Interesante.
El aceite del wok estaba empezando a humear. Madeleine fue al armarito de las especias, volvió con jengibre en polvo, cardamomo, cilantro y una bolsita de anacardos. Puso el extractor al máximo, echó un puñado de anacardos en el wok, una cucharadita de té de cada una de las especias y empezó a removerlo todo.
Señaló con la cabeza hacia la ventana de al lado del fuego.
– Están subiendo la colina.
Gurney se acercó y miró al exterior. Kim y Kyle estaban ascendiendo por el sendero de hierba, a través del prado, ella con un impermeable de Madeleine de color chillón, y Kyle con vaqueros gastados y una chaqueta de cuero negra. Parecía que se estaba riendo.
Gurney los observó. Madeleine lo miró fijamente.
– Antes de que lleguen a la puerta -dijo-, podrías poner una cara más agradable.
– Solo estaba pensando en la moto.
Madeleine volcó la picada de anacardos y especias del wok en la fuente de horno, sobre el resto de los ingredientes.
– ¿Qué pasa?
– Una moto clásica de hace cincuenta años restaurada y en estado impecable no es barata.
– ¡Ja! -Madeleine puso el wok en el fregadero y dejó que corriera el agua-. ¿Desde cuándo Kyle ha comprado cosas baratas?
Dave asintió vagamente.
– La única vez que vino a esta casa fue hace dos años, para alardear de su maldito Porsche amarillo recién comprado con su bono de Wall Street. Ahora es una BSA cara. ¡Dios!
– Tú eres su padre.
– ¿Qué significa eso?
Madeleine suspiró, mirándolo con una combinación extraña de exasperación y compasión.
– ¿No es evidente? Quiere que estés orgulloso de él. Tienes razón en que lo intenta de una forma que no funciona. Creo que no os conocéis muy bien…
– Supongo que no. -Dave vio que su mujer ponía la bandeja en el horno-. Todo este lujo…, todo este rollo de marcas…, supongo que me hace pensar en ese gen materialista que heredó de su madre. Era muy buena ganando dinero en su trabajo como agente inmobiliaria, y aún mejor era a la hora de gastárselo. No dejaba de decirme que estaba perdiendo el tiempo siendo policía, que debería ir a la Facultad de Derecho, porque se gana mucho más dinero defendiendo criminales que atrapándolos. Y ahora Kyle va a la Facultad de Derecho…
– ¿Estás enfadado porque crees que quiere defender a criminales?
– No estoy enfadado.
Ella le lanzó una mirada de incredulidad.
– A lo mejor estoy enfadado. No lo sé. Parece que últimamente todo me saca de quicio.
Madeleine se encogió de hombros.
– No te olvides de que es tu hijo el que ha venido a verte hoy, no tu exmujer.
– Exacto. Ojalá…
Lo interrumpió el sonido de la puerta lateral al abrirse. Oyó la excitada voz de Kyle en el pasillo.
– Ni hablar, ¡es demasiado raro! O sea, es lo más enfermizo que he oído.
El chico entró el primero en la cocina, sonriendo de oreja a oreja.
– Hola, papá. ¡Me alegro de verte!
Se saludaron con un abrazo torpe.
– Yo también me alegro, hijo. Es un largo viaje hasta aquí en moto, ¿eh?
– En realidad ha sido perfecto. Había poco tráfico en la 17. Desde allí hasta aquí las carreteras son ideales para ir en moto. ¿Te gusta?
– Creo que nunca había visto una tan bien restaurada.
– Yo tampoco. Me encanta. Tú tenías una moto, ¿verdad?
– No tan bonita.
– Espero que pueda conservarla así. La compré hace solo dos semanas en la Exposición de Motos Clásicas de Atlantic City. No pensaba comprar nada, pero no pude resistirme. Nunca había visto una tan bonita, ni siquiera la de mi jefe.
– ¿Tu jefe?
– Sí, medio he vuelto a Wall Street; trabajo a tiempo parcial para algunos tipos de la empresa que quebró.
– Pero ¿sigues en Columbia?
– Claro, desde luego. Tengo toneladas de libros para leer. El primer año está pensado para echar a los que no están motivados. Estoy tan ocupado que me vuelvo loco, pero qué demonios.
Kim cruzó el umbral de la cocina con una sonrisa para Madeleine.
– Gracias por la chaqueta. La he colgado en el lavadero. ¿Está bien?
– Bien, pero me muero de curiosidad.
– ¿Sobre qué?
– Estoy tratando de imaginar qué es lo más enfermo que has oído.
– ¿Qué? ¡Oh! ¿Me has oído decir eso? Kyle me estaba contando algo…, puaj. -Miró al chico-. Díselo tú, yo ni siquiera puedo repetirlo.
– Eh, oh…, es sobre un trastorno peculiar que tiene alguna gente. Podría no ser el mejor momento. Necesita cierta explicación. ¿Quizá después?
– Vale, luego te lo pregunto. Me pica la curiosidad. Entre tanto, ¿queréis una copa o un aperitivo? ¿Queso, galletas, aceitunas, fruta…?
Kyle y Kim se miraron y negaron con la cabeza.
– Yo no -dijo él.
– No, gracias -contestó la chica.
– Entonces, poneos cómodos. -Madeleine hizo un gesto hacia los sillones situados en torno a la chimenea, en el otro extremo de la sala-. Son casi las cinco. He de terminar algunas cosas. Cenaremos a las seis.
Kim preguntó si podía ayudar en algo. Cuando Madeleine le dijo que no, se disculpó y se dirigió al cuarto de baño. Gurney y Kyle se acomodaron en un par de sillones orejeros situados uno frente al otro. Delante había una mesita de café de cerezo, frente a la chimenea.
– Bueno… -empezaron a la vez, y a la vez se rieron.
Gurney tuvo una idea extraña: Kyle había heredado la boca y el cabello negro de su madre, pero tenerlo delante era como mirarse en un espejo mágico que parecía devolverle una imagen restaurada de sí mismo, un espejo capaz de eliminar un par de décadas de desgaste físico de un plumazo.
– Tú primero -dijo Gurney.
Kyle rio. Tenía la boca de su madre, pero los dientes de su padre.
– Kim me estaba hablando de este asunto de la tele en el que te has metido.
– No me he metido directamente en la parte de la tele. De hecho, me gustaría permanecer lo más alejado posible.
– ¿Qué otra parte hay?
Una pregunta simple, pensó Gurney, que trató de responder con la misma concreción.
– El caso en sí, supongo.
– ¿Los asesinatos del Buen Pastor?
– Los asesinatos, las víctimas, las pruebas, el modus operandi, la lógica del manifiesto, la premisa de investigación.
Kyle parecía sorprendido.
– ¿Tienes dudas con algo de eso?
– ¿Dudas? No lo sé. Quizá siento cierta curiosidad.
– Pensaba que todo ese material del Buen Pastor se había analizado exhaustivamente hace diez años.
– Quizá me genera dudas el hecho de que nadie tenga dudas. Además de otras cosas extrañas que han estado ocurriendo.
– ¿Como el ex de Kim, ese loco que saboteó su escalera?
– ¿Es así como describió lo ocurrido?
Kyle frunció el ceño.
– ¿Hay otra forma?
– ¿Quién sabe? Como he dicho, siento cierta curiosidad. -Hizo una pausa-. Por otro lado, tal curiosidad puede que no sea más que una suerte de indigestión mental. Ya veremos. Hay un agente del FBI con el que me gustaría hablar.
– ¿Y eso?
– Estoy casi seguro de que sé tanto como la policía del estado, pero nuestros amigos federales acostumbran a guardarse algún que otro detalle. Y creo que ese puede ser el caso del individuo que dirigía la investigación.