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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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– No, no -dijo la pequeña Ruth, corriendo a cogerle las manos-, no temas: son buenas noticias, Eliza. ¡Pasa, pasa! -y la empujó suavemente hacia la puerta abierta, que se cerró a sus espaldas; ella se volvió entonces y cogió al pequeño Harry en brazos y se puso a besarlo.

– Vas a ver a tu padre, pequeñín. ¿Lo sabes? Viene tu padre -dijo una y otra vez, mientras el niño la miraba extrañado.

Mientras tanto, tras la puerta cerrada, se desarrollaba otra escena. Rachel Halliday abrazó a Eliza y le dijo:

– El Señor ha tenido piedad de ti, hija; tu marido se ha escapado de la esclavitud.

La sangre subió a las mejillas de Eliza con un brillo súbito y luego volvió al corazón con la misma rapidez. Se sentó pálida y desmayada.

– Ten valor, hija -dijo Rachel, poniéndole la mano sobre la cabeza-. Está entre amigos, que lo traerán aquí esta noche.

– ¡Esta noche! -repitió Eliza-, ¡esta noche! Las palabras perdieron su significado para ella. Se le puso la cabeza somnolienta y confusa; durante un momento, todo fue borroso.

Cuando despertó, se encontraba cómodamente instalada en la cama, cubierta con una manta, con la pequeña Ruth frotándole las manos con alcanfor. Abrió los ojos en un estado de languidez somnolienta y deliciosa como el de una persona que ha llevado mucho tiempo una carga pesada y ahora siente que ya no la lleva y puede descansar. La tensión de los nervios, que no había cesado ni un momento desde la primera hora de su huida, se había desvanecido y le sobrevino una extraña sensación de seguridad y descanso; y ahí tumbada con los grandes ojos negros abiertos seguía, como en un tranquilo sueño, los movimientos de los que la rodeaban. Vio la puerta abierta a la otra habitación; vio la mesa de la cena, con su níveo mantel; oyó el vago murmullo de la tetera; vio a Ruth correteando de acá para allá con platos de pasteles y platillos de conservas, parando de vez en cuando para ponerle un pastel en la mano a Harry o acariciarle la cabeza o enredar sus largos rizos con sus blancos dedos. Vio la amplia figura maternal de Rachel, que se acercaba una y otra vez a la cama para alisar o arreglar la ropa de cama y remeter las sábanas aquí y allí, como forma de expresar sus buenos deseos; y era consciente de una especie de luz de sol que emanaba desde los grandes ojos castaño. Vio entrar al marido de Ruth; la vio correr hacia él y ponerse a susurrarle algo con gran seriedad y gestos expresivos, señalando la habitación con su pequeño dedo. La vio sentarse a cenar con el bebé en brazos; los vio a todos alrededor de la mesa y al pequeño Harry en una silla alta bajo la sombra del amplia ala de Rachel; había tenues murmullos de conversación, suaves tintineos de cucharillas de té y el resonar musical de tazas contra platillos, todo mezclado con un delicioso sueño reparador, y Eliza durmió como no había dormido desde la espantosa noche cuando cogió a su hijo para huir a la luz escarchada de las estrellas.

Soñó con un hermoso país, una tierra, le pareció a ella, de descanso, de verdes orillas, bonitas islas y hermosas aguas centelleantes; y allí, en una casa que amables voces le decían era un hogar, vio a su hijo jugando como un niño libre y feliz. Oyó los pasos de su marido; lo sintió aproximarse; la rodeaban sus brazos, sus lágrimas regaban su rostro y ¡se despertó! No era un sueño. Hacía rato que había desaparecido la luz del día; su hijo yacía plácidamente dormido a su lado; una vela ardía débilmente en la mesilla y su marido sollozaba sobre su almohada.

La mañana siguiente fue una mañana alegre en casa de los cuáqueros. La «madre» se había levantado temprano y estaba rodeada de hacendosos muchachos y muchachas a los que no tuvimos tiempo de presentar a los lectores ayer, y que se movían todos obedientes a los dulces «haz» o, mejor dicho, «¿quieres hacer?» de Rachel, ocupados en preparar el desayuno; pues el desayuno, en los frondosos valles de Indiana, es una cosa complicada y multiforme y, como la recogida de los pétalos de rosa y el podado de los arbustos del Paraíso, necesita de otras manos que no sean las de la madre original. Por lo tanto, mientras John iba al manantial a por agua fresca y Simeon hijo tamizaba la harina de maíz para las tortas y Mary molía café, Rachel se movía suave y silenciosamente por todas partes haciendo galletas, cortando pollo e irradiando una especie de luz de sol sobre todos los preparativos. Si existía peligro de fricción o choque por el celo mal controlado de tantos jóvenes trabajadores, sus tiernos «vamos» o «yo no lo haría» eran suficientes para mitigar la dificultad. Los bardos han escrito sobre el cesto de Venus, que volvió loco a todo el mundo durante varias generaciones. Aquí teníamos, en su lugar, el cesto de Rachel Halliday, que evitaba que la gente se volviese loca y hacía que las cosas transcurriesen con armonía. Creemos que éste va mejor para los tiempos modernos, desde luego.

Mientras seguían los demás preparativos, Simeon padre estaba de pie en un rincón en mangas de camisa ante un pequeño espejo, ocupado en la tarea antipatriarcal de afeitarse. Todo se desarrollaba con tanta sociabilidad, tranquilidad y armonía en la gran cocina, parecía que todo el mundo estaba tan encantado de hacer exactamente lo que hacía y había tal ambiente de confianza mutua y camaradería por todas partes (incluso los cuchillos y los tenedores contribuían a la charla social al colocarse en la mesa, mientras que el pollo y el jamón emitían un chisporroteo alegre y contento en la sartén, como si les gustase ser fritos) que, cuando salieron George y Eliza con el pequeño Harry, ante semejante recibimiento de sincera bienvenida, no es de extrañar que les pareciese un sueño.

Por fin estaban todos sentados alrededor de la mesa del desayuno, mientras Mary estaba de pie en la estufa preparando hojuelas que, según adquirían el exacto tinte dorado de la perfección, eran trasladadas con destreza a la mesa.

Rachel nunca parecía más benignamente feliz que cuando se hallaba presidiendo la mesa. Había tanto de maternal y de generoso incluso en su forma de pasar un plato de pasteles o servir una taza de café, que parecía infundir de espíritu la comida y la bebida que ofrecía.

Era la primera vez que se sentaba George a la mesa de un blanco en igualdad de condiciones, y se sentó, al principio, con algo de embarazo e incomodidad; pero éstos se esfumaron como la niebla bajo los amables rayos matutinos de la amabilidad sencilla y desbordante.

Éste sí era un hogar, un hogar, palabra que nunca antes había significado nada para George; y empezaron a circular en su corazón la fe en Dios y la confianza en su providencia mientras, con una nube dorada de protección y confianza, se derritieron sus oscuras y misántropas dudas ateas y su fiera desesperación bajo la luz de las Escrituras vivas, respirada por rostros vivos y predicada por mil actos inconscientes de amor y buena voluntad que, como la taza de agua fría dada en nombre de un discípulo, nunca carecerá de recompensa.

– Padre, ¿qué pasará si te descubren otra vez? -preguntó Simeon hijo al untar de mantequilla su bollo.

– Pagaré la multa -dijo Simeon en voz queda.

– ¿Y si te metieran en la cárcel?

– ¿No sabríais llevar la granja tú y madre? -preguntó Simeon, sonriendo.

– Madre sabe hacer casi cualquier cosa -dijo el muchacho-. ¿Pero no es una vergüenza que hagan semejantes leyes?

– No debes hablar mal de tus gobernantes, Simeon -dijo gravemente su padre-. El Señor sólo nos da los bienes terrenales para que hagamos justicia y caridad; si nuestros gobernantes nos piden un precio por ello, debemos pagarlo.

– ¡Pues yo odio a los negreros! -dijo el muchacho, que se sentía tan poco cristiano como correspondía a cualquier reformador moderno.

– Me sorprendes, hijo -dijo Simeon-; tu madre no te ha enseñado esas cosas. Yo haría lo mismo por el amo que por su esclavo, si el Señor lo llevase afligido a mi puerta.

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