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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Finalmente, al llegar al otro lado, se apoyó contra una de las columnas de anclaje y dejó escapar un suspiro entrecortado. Desde el promontorio, Maia escrutó el sendero por el que había venido. No había ninguna señal de una partida de búsqueda a gran escala, pues sus luces habrían sido visibles desde una distancia de kilómetros. Probablemente lo estás exagerando todo, pensó. Para ellas eres sólo una estúpida var que ha metido la nariz donde no la llaman. No te dejes ver durante algún tiempo y te olvidarán.

Tenía sentido. Pero claro, tal vez era demasiado estúpida para saber hasta qué punto estaba metida en líos. Allí de pie, Maia sintió que el viento se volvía más frío. Tenía los dedos entumecidos, casi paralizados, incluso cuando se los soplaba. Tiritando, se frotó las manos y empezó a buscar entre los hornos y almacenes la mansión donde aquella rama del Clan Lerner residía y criaba a sus hijas.

Cuando encontró la casa, tuvo una decepción. Había imaginado a las industriales Lerner levantando una impresionante estructura de arcos de acero alineados con piedra o cristal. Se topó en cambio con una casa de ladrillo de un solo piso, que abarcaba casi un cuarto de hectárea. Sólo unas cuantas ventanas asomaban a un patio delantero cubierto de matojos y basura de todo tipo.

Las ventanas no estaban iluminadas. De no ser por el suave siseo de los hornos (y por el olor), Maia habría pensado que el lugar estaba desierto.

Captó otro sonido. Un sonido débil. Maia se volvió. Cruzó con cuidado el patio hasta que, al doblar una esquina de la casa, se topó con un puñado de estructuras bajas, aún más desvencijadas que la «mansión». De cada una sobresalía una pequeña chimenea con una fina columna de humo. Casas para las empleadas, supuso.

Una de aquellas casas, apartada del resto, parecía diferente. La tenue luz que surgía de la ventana iluminaba un senderito de grava… y un pequeño y cuidado lecho de flores. Al acercarse, Maia distinguió una suave música en el interior. También olió los aromas de la cocina.

Para cuando llegó a la puerta, temblaba demasiado de frío para temer alzar la mano y llamar.

Desde que habían empezado a trabajar en la fundición, hacía un mes escaso, Thalla y Kiel habían transformado la pequeña cabaña emplazada en el extremo del complejo de las trabajadoras.

—Renunciaréis a esa tontería muy pronto —les habían dicho las otras empleadas. Pero las dos jóvenes dedicaban fielmente una hora cada día, incluso después de los largos y agotadores turnos en los hornos, a atender su jardín y a poner en orden su vieja casa.

Fue la alta y fornida Thalla la que abrió la puerta aquella noche, gimió de preocupación y atrajo a Maia al interior, donde la cubrió con una manta y le sirvió una humeante taza de té junto a la chimenea. Kiel, con su tez casi completamente negra y sus chispeantes ojos claros, fue la que acudió a las madres del Clan Lerner a la mañana siguiente, y poco después regresó con la noticia de que Maia podía quedarse.

Naturalmente, tendría que trabajar.

—Empezarás por el montón de desperdicios —anunció Kiel la mañana siguiente a la huida de Maia de la Casa Jopland—. Luego pasarás una semana aprendiendo a dar paletadas con el resto de nosotras. Calma Lerner dice que si después sigues por aquí, te propondrá un aprendizaje después de horas en el laboratorio de mezclas.

La mujer negra se rió desdeñosa.

—Un aprendizaje. ¡Ésa sí que es buena!

Trabajar para un clan de fundidoras no era el camino en la vida que Maia habría escogido. Pero como no disponía de ninguna brillante estrategia para llegar a Grange Head sin toparse con el grupo de Tizbe, o con las Joplands, tendría que contentarse. De todas formas, era un trabajo honorable.

—¿Qué tiene de malo un aprendizaje? —preguntó a la otra muchacha—. Pensaba…

—Pensabas que era un peldaño más en la escalera, claro. —Kiel agitó una mano callosa—. Tal vez en una ciudad de moda, donde puedas contratar a una clónica de alguna colmena de abogadas para que examine tu contrato. ¿Pero aquí? Supongo que no sabes qué significa «después de horas» en la Casa Lerner, ¿me equivoco?

Maia sacudió la cabeza.

—Significa que no cobras salario por el tiempo de aprendizaje, ni tienes puntos de alojamiento. De hecho, pagas por el privilegio de hacer trabajos extra en su laboratorio. ¡Te cobran por las lecciones!

—No hay forma más rápida de caer en una trampa deudora —coincidió Thalla—. Excepto el juego.

Las trampas deudoras eran algo de lo que Thalla y Kiel hablaban constantemente, como si temieran caer en malos hábitos si alguna vez pasaban por alto el tema. Sólo la vigilancia constante y la frugalidad les permitirían prevalecer. Además de atender el jardín y barrer el suelo, las dos jóvenes seguían el ritual de contar sus varas de dinero cada noche.

—Es posible progresar, incluso después de descontar la comida y el albergue —dijo Thalla la segunda noche, mientras ayudaba a Maia a atender torpemente su piel chamuscada por cenizas calientes. Los pesados petos de cuero y las gafas la habían salvado de recibir quemaduras de consideración, pero llevar todo aquel blindaje hacía aún más agotador el trabajo de arrastrar los pesados carros rebosantes de materiales fundidos. Era aún más duro que trabajar en los barcos, pues requería la fuerza de un hombre, la paciencia de un lúgar, y la disciplinada diligencia de una clon nacida en invierno. Sin embargo, en los hornos sólo se contrataba a las vars. Únicamente las vars necesitadas de trabajo soportarían aquel infierno artificial en miniatura.

—¿No lo exige la ley? —preguntó Maia, hundiendo un paño en una palangana de agua racionada—. Creía que las jefas tenían que pagarte lo suficiente para que pudieras ahorrar.

Thalla se encogió de hombros.

—Claro que es la ley, transmitida desde los tiempos de Lysos…

Maia estuvo a punto de alzar la mano ante la mención del nombre de la Primera Madre, pero se detuvo antes de trazar el signo circular. De algún modo, no le parecía que Kiel y Thalla fueran religiosas.

—Pero estamos cerca del límite —continuó la fornida mujer—. Compra unas cuantas comodidades en la tienda de la compañía. Pierde unos pocos créditos jugando… verás cómo te va. ¡Te cubrirás de deudas y no escaparás hasta el Día de la Amnistía, a finales de primavera! ¿Y entonces adónde irás? Yo no pienso quedarme aquí más allá de mi séptimo cumpleaños. Tengo cosas que hacer, ¿sabes?

Maia se abstuvo de señalar que, a pesar de su dedicación, Thalla y Kiel gastaban dinero en algo más que en necesidades básicas. Tenían una pequeña radio, y pagaban a la Casa Lerner la electricidad necesaria para poder escucharla, a veces hasta altas horas de la noche. Compraban semillas de flores y verduras para el jardín.

Pero claro, puede que fueran realmente necesidades. A medida que se adaptaba a la rutina del trabajo en la fábrica, Maia llegó a ver que aquellos restos de civilización, débiles como eran, constituían la diferencia crucial entre mantener la dirección y perder el rumbo para acabar sumida en la interminable semivida que parecía ser el destino de otras empleadas var. Oh, las vars trabajaban duro. En sus ratos de ocio, se reían y cantaban y depositaban considerables energías en sus juegos de azar. Pero no iban a ninguna parte. Tenían la prueba en el valle próximo, a sotavento y fuera de la vista de la factoría, donde se encontraban las guarderías y zonas de recreo. Las niñas, nacidas tanto en invierno como en verano, se alojaban e iban al colegio allí. Cada una de ellas había nacido de una madre Lerner. Ningún vientre var había florecido allí desde hacía tanto que nadie podía recordado.

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