Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
El sexo inevitablemente estropea la perfección. La partenogénesis habría funcionado mejor… al menos teóricamente.
Se sabe que en entornas simples y estáticos, los lagartos hembra bien adaptados que producen hijas duplicadas tienen ventaja sobre los que emplean el sexo.
Sin embargo, pocos animales complejos recurren a la autoclonación. Y todas esas especies viven en desiertos antiguos y estables, siempre cerca de especies que se relacionan sexualmente.
El sexo ha tenido éxito porque los entornos son rara vez estáticos. El clima, la competencia, los parásitos… todo crea condiciones cambiantes. Lo que es idea para una generación puede ser fatal para la siguiente. Con la variabilidad, vuestras retoños tienen una posibilidad de lucha. Incluso en tiempos desesperados, una o más de ellas pueden tener lo que hace falta para soportar nuevos desafíos y continuar.
Cada estilo tiene sus ventajas. La clonación ofrece estabilidad y conservación de la excelencia. El sexo da capacidad de adaptación a los tiempos cambiantes. En la naturaleza suele darse una cosa o la otra. Sólo las criaturas inferiores como los áfidos tienen la opción de cambiar de una a otra.
Hasta ahora, claro. Con las herramientas de la creación en nuestras manos, ¿no daremos posibilidades a nuestras descendientes? ¿Opciones? ¿Lo mejor de ambos mundos?
Equipémoslas para escoger su propio camino entre lo predecible y lo oportuno.
Preparémoslas para tratar con la igualdad y la sorpresa.
8
Calma tenía razón. Podías llegar a la Casa Lerner guiada sólo por el olfato.
Era una suerte. Maia podía distinguir el norte por la posición de las estrellas, que divisaba a través de las nubes. Pero las direcciones de las brújulas son inútiles cuando no tienes mapa ni conocimiento del territorio. Sólo Iris, la luna más pequeña, iluminaba su camino mientras seguía un gastado sendero a lo largo de la pradera, hasta que una bifurcación la condujo bruscamente a un laberinto de barrancos tallados por las aguas. De esa dirección parecía proceder un olor fuerte y metálico, así que, con el corazón redoblándole en el pecho, siguió adelante.
Tras internarse en el cañón, Maia tuvo al principio que tantear el camino, siguiendo con los dedos una gruesa capa superior de vegetación que pronto dio paso a duras láminas de barro. Maia se encontró bajando por una serie de infernales marcas en el terreno, como si unas garras gigantescas hubieran abierto la piel de Stratos.
Sus pupilas se adaptaron, hendiéndose para conseguir el máximo de luz. Las capas de barro y limo brillaban o resplandecían de modo alternativo o simplemente bebían los rayos de luna que podían alcanzar aquellas profundidades del cañón. Todo dependía, supuso Maia, de qué mezcla de diminutas criaturas marinas hubieran caído al fondo del océano durante las lejanas épocas de sedimentación que crearon aquellas zonas. Pronto incluso las sinuosas bandas dieron paso a dura roca nativa, retorcida y torturada por los movimientos continentales acaecidos antes de que los protohumanos caminaran por la distante Tierra. Las pautas entremezcladas de piedra clara y oscura le recordaron aquellas altas columnas «castillo» que había visto en la distancia desde el ferrocarril, restos rocosos de las montañas antaño orgullosas que allí se alzaban, pero que habían sido arrasadas por las tormentas, los ríos y el tiempo.
Tiempo era algo que Maia no creía tener en exceso. ¿Planeaba Tizbe esperar hasta la mañana para tenderle una trampa? ¿O acudiría la joven Beller durante la noche a la habitación que le habían dado a Maia, acompañada por una docena de musculosas Jopland? Después de oír aquellas siniestras palabras en el patio, Maia había decidido no quedarse para averiguarlo.
Escapar de la Casa Jopland fue bastante fácil. Andando con cuidado para no alertar a los perros, se arrastró hasta el arroyo cercano que corría junto al huerto, y luego chapoteó durante un kilómetro en el agua helada con los zapatos atados en torno al cuello, hasta que la mansión quedó completamente fuera de su vista. Luego tuvo que pasar varios minutos frotándose los pies medio helados para recuperar la sensibilidad antes de calzarse de nuevo. Temblando, Maia pasó después una hora abriéndose paso campo a través por varios trigales hasta que por fin encontró la carretera.
Hasta ahí, muy bien. Plantearse su situación era mucho más complicado. Después de semanas de deprimido aturdimiento, el efecto brusco de toda aquella adrenalina era a la vez mareante y excitante. No podía dejar de comparar su situación con las cintas de aventuras que Lamatia permitía que vieran sus veraniegas durante las estaciones altas, cuando las madres estaban demasiado ocupadas para ser molestadas. O con los libros ilícitos que Leie solía tomar prestados de jóvenes vars de casas más indulgentes. En esas historias, la heroína, normalmente una hermosa muchacha de seis años nacida en el invierno en algún clan en alza, se encontraba atrapada por los temibles planes de alguna casa decadente cuya estabilidad y dinero eran mantenidos por medios subversivos y no gracias a la competencia honesta. Normalmente había un hombre objeto —o un barco entero de marineros decentes de ojos claros— en peligro de ser atrapado por la malvada colmena. El final era siempre igual. Tras ser salvados por la inteligencia y el valor de la heroína, los hombres prometían visitar el pequeño clan virtuoso cada invierno, mientras las madres y hermanas de la heroína así lo quisieran.
La virtud prevalecía sobre la venalidad. Resultaba excitante o romántico en las páginas o en la pantalla. Pero en la vida real Maia no tenía madres ni hermanas a las que acudir. Era una solitaria muchacha de cinco años sin ninguna amiga en el mundo. Estaba claro que Tizbe y sus clientas Jopland podían hacer con ella lo que se les antojase.
Si me cogen, claro, pensó Maia, mordiéndose los labios para detener los temblores. Apretar los puños también ayudaba. Plantar cara era un buen antídoto contra el miedo.
Uh,oh.
Se detuvo en seco y deglutió con dificultad. El camino serpenteaba a lo largo de un recodo por la parte inferior de la pared del cañón, pero al doblar una esquina se encontró de pronto ante un precipicio. Un desvencijado puente colgante lo salvaba, una mitad sumergida en las sombras y la otra reflejando ante sus ojos adaptados a la oscuridad la tenue luz de la luna.
Debo de haber tomado un desvío equivocado. ¡Calma nunca habría pasado con su carreta por ahí!
Siguiendo su contorno, Maia vio que el puente colgaba sobre una cañada cubierta de montañas de cenizas y hollín, y que se extendía desde una hilera de altas estructuras colmenares situada en el extremo opuesto. Aquí y allá, Maia percibió el rojo fluctuar de los hornos de carbón que se preparaban para la noche.
Fundiciones de hierro, reconoció con cierto alivio. Así que ésta era la Casa Lerner, después de todo. Calma debía de haber seguido una ruta más lenta por el fondo del cañón. Éste era el camino más directo.
Pasar el crujiente puente colgante tenía que ser aterrador incluso de día. ¿Pero qué otra opción le quedaba? Nunca he sido muy buena para estas cosas, pensó, recordando las acampadas con otras veraniegas en la estepa cercana a Puerto Sanger. A Leie y a ella les encantaban las expediciones, y soportaban alegremente las picaduras de los bichos y el frío espantoso. Pero a ninguna de las dos les gustaba mucho cruzar arroyos sobre frágiles leños o piedras resbaladizas.
El puente era muchísimo peor. Tras avanzar con cautela, Maia se agarró a la cuerda guía que se extendía sobre el barranco a la altura de la cintura. Avanzó de asidero en asidero y de tabla en tabla, temiendo escuchar en cualquier momento un grito de persecución a sus espaldas, o el restallar de algún cable al ceder. El extraño silencio aumentaba su incomodidad, recalcando su soledad.