Aire muerto [Dead Air - es]
- Автор: Бэнкс Иэн М.
- Год: 2004
- Язык: испанский
- Год: Mondadori
- ISBN: 84-397-1066-6
- Переводчик: Cruz Rodriguez Juiz
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:
—Tengo una botella de tinto. ¿Va bien un Banrock?
—Si es rojo y con mucho alcohol, me basta y me sobra.
Craig se levantó.
—Como tu sangre, tío.
—Maldito cabrón. La chaqueta me apesta a whisky.
—Lo siento. No la vi —mentí—. ¿Todavía la tienes? O sea, ¿no la habrás lavado o algo parecido, verdad?
—La prueba A está en una bolsa de basura en mi cocina —dijo Phil. Hizo una pausa. Sacudió la cabeza—. Sigo sin poder creer que pegaras a una mujer.
—¡Por última vez! ¡No tenía opción, cojones!
—Bueno —dijo Craig—. Mientras no disfrutaras…
—Casi tanto como estoy disfrutando con todo esto —musité.
Phil nos había recogido a Craig y a mí el sábado por la mañana para llevarnos al Bella del templo. Me preocupaba lo que pudiera encontrarme en el barco y quise llevar refuerzos. Phil y Craig se conocían tan bien que a menudo se lo pasaban en grande a costa de mis inseguridades, y me advertían que en realidad eran mejores amigos entre ellos que míos. Esta vez no hicieron eso, pero se confabularon para obligarme a jurar que, si me ayudaban, denunciaría a la policía lo ocurrido el lunes por la mañana.
La casa flotante estaba bien. No habían tocado nada, no encontré una cabeza de caballo sobre la cama, nada. En el armario de debajo de las escaleras guardaba una caja de herramientas; rebusqué hasta dar con un martillo y propuse llevarlo con nosotros por si nos atacaban, pero los chicos negaron al mismo tiempo con la cabeza, como si hubieran estado ensayando. Devolví el martillo a su sitio.
Salimos a tomar una cerveza y un almuerzo ligero y luego nos dirigimos al East End, a buscar el lugar en el que había tenido lugar la fiesta de la noche anterior.
Al final encontré el lugar: Haggersley Street, saliendo de Bow Road, que era donde estaban el puesto de patatas y la empresa de taxis. Resultaba muy distinto a la luz fresca y pálida de una tarde de octubre. Justo pasado el puente ferroviario, junto a los semáforos, aún quedaban cristales de la ventanilla en el asfalto. Recogí un puñado.
Dimos unas cuantas vueltas por la calle sin salida del otro lado de los semáforos, donde Haggersley Street iba a morir junto a Devons Road.
—Creo que los pájaros han volado, colega —dijo Phil pateando una lata de cerveza vacía—. Si es que alguna vez estuvieron aquí.
—Sí, gracias, Phil; muchas gracias.
En comparación con Craig, Phil se mostraba mucho más escéptico con relación a mi narración de lo ocurrido la noche anterior. Probablemente porque había visto lo borracho que iba. Y quizá por la chaqueta.
Estábamos en una zona de bordillos viejos y resquebrajados, de capas de asfalto medio peladas extendidas sobre los antiguos adoquines, cristales de ventanillas que crujían bajo las botas como gravilla, coches abandonados y quemados con tableros oxidados y embellecedores plásticos colgando y, enmarcando la escena por tres bandas, tiras de chapa inclinadas, cubiertas de pintadas desganadas y coronadas en ángulo herrumbroso reforzado por tiras de fina alambrada de nudos recortados, espaciados y decorados por los jirones descoloridos de destrozadas bolsas de basura negras que ondeaban al viento húmedo como estandartes con plegarias de un infierno monocromo y poco entusiasta.
Algunas de las placas de chapa servían de burdas cancelas, aseguradas con candados viejos y cadenas mugrientas.
Me apoyé en Craig a modo de estribo —me obligó a quitarme el zapato, cosa que habría hecho muy interesante una posible huida— y miré por encima de la pared de chapa. Aparcamientos de cemento frente a naves de industria ligera con aspecto de estar abandonadas. Contendores de mercancías. Cobertizos. Charcos. Pilas de palés de madera. Terrenos vacíos. Maleza. Más charcos. Nadie por los alrededores; ni siquiera salieron perros guardianes a saludarme con sus ladridos. Volvía a llover.
—Odio este lugar —dijo Phil.
—¿Ya has visto suficiente? —preguntó Craig.
—Noto cómo la energía vital se me escapa por la suela de los zapatos —musitó Phil.
—Ya nadie lleva calcetines grises, Ken.
—Ya, tienes razón —admití chasqueando la lengua y desenganchándome una manga de uno de los nudos de la alambrada—. De aquí larguémonos.
—Tú te quitas de la cerveza alemana hasta que recuperes una gramática normal, chaval.
Intenté telefonear a Ceel al menos dos veces al día desde diversas cabinas del centro de Londres.
Ya me sabía su número de memoria.
Nunca contestaba.
En cambio, el jueves, justo después de terminar el programa, me llegó un paquete por mensajero. Un paquete delgado y liviano, como la propia Celia, pero no me atreví a hacerme ilusiones. Firmé, lo abrí y, gracias a Dios, contenía una llave de hotel.
Me sonó el móvil. Algo dentro de mí se fundió y se fue al sur a pasar el invierno.
Desde el minúsculo altavoz del móvil, la voz de Ceel dijo:
—Aldwych. Suite Dome.
—¿Estás…? —empecé a preguntar, pero se cortó la comunicación. El corazón se me cayó a los pies.
Volvió a sonar el móvil.
—¿Qué? —preguntó Ceel.
—¿Estás bien? —pregunté, casi atragantándome.
—Sí —contestó en tono sorprendido—. Claro.
Sonreí a la distancia.
—Hasta pronto.
No pude follar. Solo quería acurrucarme. Completamente vestido. Ceel parecía más confusa que enfadada, pero también más confusa que comprensiva.
—No, no anoté el número del taxi —dije—. Nadie lo hace.
—Yo sí.
—¿Sí? ¿Cuál era el número del último taxi que…?
—Cuatro, cuatro, uno, siete.
—Venga ya, Ceel, estás de broma.
—No. Siempre me dejaba guantes, bufandas, bolsos, paraguas y cosas así en los taxis. Por extraño que parezca, me costaba menos recordar el número de licencia que…
—Vale, vale.
—Kenneth, ¿no quieres quitarte la ropa?
—Aaah…
—¿Quitarme la mía?
—Bueno, ah…
—Necesitamos drogas —sentenció Ceel con decisión—. Por suerte, tengo mis contactos.
Tenía razón.
—¿Sabes lo que hace John cuando no está conmigo ni en uno de sus viajes al continente?
—No.
—¿Quieres saberlo?
—No particularmente.
—Practica espeleología.
—¿Qué hace?
—Espeleología. Visita cuevas. Desciende a cavernas subterráneas. La mayoría de las veces en Inglaterra y Gales, pero también sale al extranjero.
—Vaya —suspiré—, no es lo que uno se espera de un gángster.
Estábamos tumbados en una mesa redonda gigantesca de una de las habitaciones de la suite Dome. La Dome ocupaba toda la última planta del hotel. Habíamos arreglado la mesa con las sábanas y las almohadas del dormitorio, situado a dos habitaciones del salón. La Dome tenía numerosas ventanitas altas con vistas al puente de Waterloo, la parte alta del Aldwych y casi todo Drury Lane. Si nos hubiéramos levantado, habríamos visto además parte del Strand. Alrededor de la enorme mesa redonda se distribuían, espaciadas, doce sillas de apariencia severa y formal. Ni siquiera toda la guarnición blanda que le habíamos añadido había conseguido que la dura superficie de la mesa resultara cómoda. La cama habría resultado más indulgente, pero así era como y donde lo había querido Ceel.
—Los móviles no funcionan en las cuevas —dijo al cabo de un buen rato.