El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
Harvey dijo:
– Coogan. Michael Coogan.
Dillon se quitó las gafas.
– El mismo que viste y calza, Jack.
Harvey dio una lenta cabezada de asentimiento y se volvió hacia su sobrina.
– Myra, te presento a un viejo amigo, el señor Coogan de Belfast.
– Ya veo -dijo ella-. Uno de ésos.
Dillon encendió un cigarrillo y se sentó, colocando el maletín junto a sus pies, y Harvey dijo:
– La otra vez pasaste por Londres como Atila el rey de los hunos. Debí cobrarte más por todo aquel material.
– Tú me diste un precio, y yo lo pagué -contestó Dillon-. No hay nada más justo.
– ¿Y qué será esta vez?
– Necesito un poco de Semtex, Jack. Podría arreglármelas con cuarenta libras, pero eso es un mínimo. Cincuenta estarían mejor.
– ¿No pides demasiado tú? Ese género es como el oro. Todo estrictamente controlado por la autoridad.
– Tonterías -dijo Dillon-. Lo pasan de Checoslovaquia a Italia, a Grecia y hasta Libia. Lo hay en todas partes, Jack, y tú lo sabes, conque no me hagas perder el tiempo. Veinte mil dólares.
Se colocó el maletín sobre las rodillas y fue arrojando el resto hasta diez mil sobre el escritorio, un paquete de billetes tras otro.
– Diez ahora y diez a la entrega.
La Walther con el silenciador Carswell montado estaba en el mismo maletín, lista para su uso. Esperó con la tapadera del maletín levantada, y luego Harvey sonrió.
– De acuerdo, pero te va a costar treinta.
Dillon cerró el maletín.
– Imposible, Jack. Puedo llegar hasta veinticinco, pero ni uno más.
Harvey asintió.
– De acuerdo. ¿Para cuándo lo quieres?
– Dentro de veinticuatro horas.
– Creo que podré solucionarlo. ¿Dónde podemos localizarte?
– No lo has entendido bien, Jack. Yo me pondré en contacto contigo.
Dillon se puso en pie y Harvey dijo con amabilidad:
– ¿Algo más en que podamos servirte?
– En realidad, sí -dijo Dillon-. A manera de prenda de buena voluntad, como si dijéramos. Me iría bien un arma corta de repuesto.
– Sírvete tú mismo, muchacho -Harvey empujó hacia atrás su sillón y abrió el segundo cajón del escritorio, a su derecha-. Puedes elegir.
Contenía un revólver Smith & Wesson del 38, una pistola checa Cesca y una Beretta italiana, que fue la que escogió Dillon, quien tras comprobar el cargador se guardó el arma en el bolsillo.
– Ésta servirá.
– Es una pistola de señorita -dijo Harvey-, pero no te discuto el gusto. Hasta mañana, entonces.
Myra le abrió la puerta y Dillon se despidió diciendo:
– Ha sido un placer, señorita Harvey -y salió rozando a Billy, que se había puesto en pie.
– Me gustaría romperle las piernas a ese enano cabrón.
Myra le palmeó la mejilla.
– No lo pienses más, cielito. Tú cuando estás de pie no sirves para nada; todo tu talento se manifiesta en la posición horizontal. Anda, vete a jugar con tu motocicleta o lo que quieras -y se metió de nuevo en el despacho de su tío.
Dillon hizo alto al pie de la escalera y guardó la Beretta en el maletín. La única cosa mejor que una pistola eran dos pistolas. A veces el detalle marcaba la diferencia, pensó mientras se encaminaba a paso rápido hacia el Mini Cooper.
Mary dijo:
– De ése no me fiaría yo ni tanto así.
– Es un tipo duro ese pequeño bastardo -advirtió Harvey-. Cuando estuvo aquí en el ochenta y uno, por cuenta del IRA, yo le suministré armas, explosivos, todo lo que pidió. Tú estabas en la universidad entonces, no en el negocio, así que seguramente no lo recordarás.
– ¿Coogan no será su nombre auténtico?
– Claro que no -corroboró él-. ¡Un demonio colorado! En aquellos tiempos a mí me estaba fastidiando mucho un tal George Montoya, allá en Bermondsey, apodado George el Español. Una noche Coogan me hizo el favor de apiolarlos, a él y a su hermano, detrás de un bar que llamaban El Flamenco. Lo hizo de balde.
– ¿De veras? -dijo Myra-. Y ¿dónde vamos a encontrar el Semtex que pide?
Él soltó una carcajada, abrió el cajón superior y sacó un manojo de llaves.
– Voy a enseñarte una cosa.
Salieron del despacho a un pasillo, él primero, y abrió una puerta con llave.
– He aquí algo que ni siquiera tú sabías, querida.
Las paredes de la pieza estaban revestidas de estanterías. Él apoyó una mano en la fila central de las correspondientes a la pared del fondo, y toda la estantería giró sobre unos goznes ocultos. Buscó el interruptor, y cuando encendió la luz descubrió un pañol que contenía armas de todas clases.
– ¡Dios mío! -exclamó ella.
– Lo que quieras, aquí lo tengo -dijo él-. Pistolas, fusiles de asalto AK y MI5.
Rió con burla y agregó:
– Y Semtex -señaló con un ademán tres cajas de cartón puestas sobre una mesa-. Hay cincuenta libras en cada una de ésas.
– Entonces, ¿por qué le has pedido un plazo?
– Para que baile un poco -se volvió hacia la salida y lo dejó todo como estaba antes-. A lo mejor servirá para sacarle un poco más de pasta.
Cuando se hallaron de nuevo en el despacho, ella le preguntó:
– ¿Qué crees tú que se propone?
– Me trae sin cuidado, y además ¡a ti qué te importa! ¿No te habrá salido una vena patriótica de repente?
– No es eso, era sólo curiosidad.
Él recortó la punta de otro cigarro.
– ¿Sabes una cosa? Se me ha ocurrido una idea. Sería muy práctico que el pequeñín me ayudase a librarme de Harry Flood -y se echó a reír estentóreamente.
Eran poco más de las seis y Ferguson se disponía a dejar su despacho en el Ministerio de Defensa cuando sonó el teléfono. Era Devlin.
– Hola, viejo carcamal. Tengo novedades para ti.
– Desembucha -dijo Ferguson.
– En el ochenta y uno, el control de Dillon en Belfast era un tipo llamado Tommy McGuire, ¿te acuerdas de él?
– Ya lo creo que me acuerdo. ¿No lo liquidaron hará un par de años, por no sé qué rencillas internas del IRA?
– Eso fue lo que contaron, pero anda por ahí con otra identidad.
– Y ¿cuál sería ésa?
– Todavía no lo he averiguado. He de ver a unas personas en Belfast. Voy allá esta noche. Dicho sea de paso, entiendo que al actuar de esta manera me convierto en agente oficial del Grupo Cuarto. Quiero decir que no me gustaría dar con los huesos en la cárcel, a mi edad.
– Tienes nuestro pleno respaldo, te lo prometo. ¿Qué quieres que hagamos nosotros?
– He pensado que si Brosnan y esa capitana tuya, la Tanner, quieren intervenir en la operación, podrían volar mañana por la mañana a Belfast con la Lear. Que me esperen en el bar del hotel Europa. Dile a Brosnan que debe identificarse ante el jefe de recepción; seguramente me pondré en contacto con ellos hacia mediodía.
– Me ocuparé de ello -dijo Ferguson.
– Sólo una cosa más. ¿No te parece que deberíamos jubilamos en vez de meternos en esa clase de cacerías?
– Habla por ti -dijo Ferguson, y colgó el teléfono.
Lo pensó un rato y luego llamó pidiendo una secretaria.
Después llamó al piso de Mary Tanner en Lowndes Square; mientras estaba hablando con ella entró Alice Johnson provista de su bloc de notas y su lápiz. Ferguson le hizo seña de que se sentase y continuó hablando con Mary.
– Será a primera hora de la mañana. Desde Gatwick otra vez, supongo. Con la Lear os plantaréis allí en una hora. ¿Salís a cenar esta noche?
– Harry Flood ha propuesto el River Room del Savoy, le gusta la orquestina que tienen allí.