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Esclavos de la oscuridad

Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:

Una novela deslumbrante que explora el filo entre la vida y la muerte, lo divino y lo satánico.
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
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– ¿De modo que el cuerpo fue trasladado posteriormente al claro?

– Por supuesto. Todo se llevó a cabo en un sitio cerrado. Quizá incluso en un laboratorio.

– ¿Cree que el asesino tiene una formación en química?

– No me cabe duda. Y acceso a productos muy peligrosos.

El forense cogió una foto y luego otra que colocó encima de la serie.

– Veamos unos ejemplos. Aquí, las caderas y el sexo en plena secreción: cuando la muerte se remonta a entre seis y doce meses, los humores aparecen mientras que las carnes se transforman en fluidos. Allí, la parte superior del abdomen está en estado gaseoso: fermentación amoniacal, evaporación de líquidos saniosos. Todo esto fue provocado, retenido, controlado. Ese demente es un auténtico director de orquesta.

Traté de imaginar al asesino manos a la obra. No vi nada. Una sombra quizá, con una máscara sobre el rostro, inclinado sobre su víctima en una sala de cirugía utilizando jeringas, aplicaciones, instrumentos desconocidos. Valleret seguía:

– En ese sentido, hay algo curioso. En la caja torácica hallé un liquen que no hacía nada allí. Quiero decir: nada que ver con la descomposición. Un elemento extraño inyectado bajo las costillas.

– ¿Qué tipo de liquen?

– No conozco su nombre, pero tiene una particularidad: es luminiscente. Cuando los de salvamento descubrieron el cuerpo, el interior del pecho aún brillaba. Según los tíos de urgencias, parecía una verdadera calabaza de Halloween, con una vela adentro.

Una pregunta me daba vueltas en la cabeza: ¿por qué? ¿Por qué semejante complejidad en la preparación del cuerpo?

– Otras partes son más «sencillas» -continuó el forense-. Los hombros y los brazos acababan de alcanzar el rigor mortis, que normalmente tarda en aparecer aproximadamente unas siete horas después del óbito y se disipa, según los casos, unos días más tarde. En cuanto a la cabeza…

– ¿La cabeza?

– Todavía estaba tibia.

– ¿Cómo pudo el asesino lograr ese prodigio?

– No es nada excepcional. Cuando se la descubrió, la mujer acababa de morir, eso es todo.

– Es decir que…

– Que Sylvie Simonis aún estaba viva cuando sufrió los demás tratamientos, sí. Murió de sufrimiento. No podría decir con certeza cuándo, pero seguramente al final del suplicio. El estado del rostro así lo atestigua. En los restos del hígado y del estómago descubrí rastros de lesiones de gastritis y de úlceras duodenales que demuestran un intenso estrés. Sylvie Simonis pasó varios días agonizando.

En mi cabeza sentía un zumbido y una opresión provocadas por la angustia. Valleret agregó:

– Me arriesgaría a decir que la asesinó… con los mismos instrumentos de la muerte. No olvidó nada. Ni siquiera los insectos.

– ¿Fue él quien colocó los bichos?

– Los inyectó en las heridas, bajo la piel. Escogió los especímenes necrófagos que correspondían a cada etapa. Moscas sarcófago, gusanos, ácaros, coleópteros, mariposas. Todo el batallón de la muerte estaba allí, escalonado según una cronología perfecta.

– ¿Eso significa que tiene un criadero de insectos?

– Sin la menor duda.

Bajo el rumor de mi cabeza, unos puntos precisos se dibujaban: un químico, un laboratorio, un criadero. Pistas reales para acorralar a ese cabronazo.

– En esta región vive uno de los mejores entomólogos de Europa, un especialista en esos insectos. Él me ayudó a hacer la autopsia.

Valleret escribió las señas en una de sus tarjetas. «Mathias Plinkh», seguido de todos los detalles de su dirección.

– ¿Él también tiene un criadero?

– Es su principal actividad.

– ¿Podría considerársele sospechoso?

– Usted nunca pierde el rumbo, ¿no? Vaya a visitarlo. Se hará una idea. A mi modo de ver, es extraño pero no peligroso. Su incubadora está cerca del monte de Uziers, en la carretera de Sartuis.

Bajé otra vez la vista sobre los primeros planos y me obligué a mirarlos en detalle. Carnes hinchadas por los gases. Heridas abiertas llenas de moscas. Gusanos blancos succionando los músculos rosados. A pesar del frío, sudaba a chorros.

– ¿Ha observado otras huellas de violencia? -pregunté.

– ¿No ha tenido ya suficiente?

– Me refiero a otro tipo de violencia. Por ejemplo, señales de golpes, de brutalidades cometidas durante el secuestro.

– Hay señales de ligaduras, lógicamente, pero sobre todo de mordeduras.

– ¿Mordeduras?

El médico titubeó. Me sequé los párpados, que me picaban por el sudor.

– Ni humanas, ni animales. Según mis observaciones, la «cosa» que le ha hecho eso dispone de numerosos dientes. Parecen colmillos, desordenados, invertidos. Como si… Como si los dientes no estuvieran colocados en el mismo sentido. Una especie de mandíbula surgida del caos.

Una imagen se dibujó en mi mente. Pazuzu, el demonio asirio de la iconografía de Luc. La criatura con cola de escorpión agitándose en la sala de cirugía, su morro de murciélago inclinado sobre el cuerpo. Podía oír sus gruñidos roncos. Los ruidos de succión, de carne desgarrada. El diablo. El diablo encarnado, en flagrante delito de asesinato.

Valleret acudió en mi ayuda.

– Todo lo que puedo imaginar es una porra forrada con dientes de animal. De una hiena o una fiera. En todo caso, es un arma que tiene un mango. Debió de golpear con eso el cuerpo de Sylvie Simonis en diferentes lugares: brazos, garganta, costados. Pero subsiste el problema de las marcas de mandíbulas, muy precisas. Y, ¿por qué esa tortura en particular? No tiene relación con el resto. Yo… -Me observó de repente-. ¿Se encuentra bien, muchacho? Tiene mal aspecto.

– Estoy bien.

– ¿Quiere que vayamos a tomar un café?

– No, no, muchas gracias.

Proseguí con las preguntas habituales de un madero: concretas, para recuperar la sangre fría.

– ¿Se encontraron huellas alrededor del cuerpo?

– No. Seguramente se depositó el cuerpo durante la noche, pero la lluvia matinal lo borró todo.

– ¿Conoce la ubicación de la escena del crimen con respecto al monasterio?

– Sí, he visto fotos. En lo alto de un acantilado, encima de la abadía. El cuerpo dominaba el claustro, como una afrenta. Una provocación.

– Me han hablado de un crimen satánico. ¿Había señales o símbolos sobre el cuerpo o cerca de él?

– No lo sé.

– En cuanto al asesino, ¿qué puede decirme?

– Técnicamente, su perfil es preciso. Un químico. Un botánico. Un entomólogo. Conoce bien el cuerpo humano. ¡Quizá hasta es forense! Es un embalsamador. Pero un embalsamador a la inversa. No preserva. Acelera la descomposición, la orquesta, juega con ella. Es un artista. Y un hombre que preparó el golpe durante años.

– ¿Dijo todo esto a los gendarmes?

– Por supuesto.

– ¿Están trabajando sobre pistas precisas?

– No tengo la impresión de que las cosas estén para tirar cohetes, pero la juez y el capitán de la gendarmería llevan el asunto con mucha discreción. Quizá tienen algo…

Volvía a ver a Corine Magnan con su bálsamo de tigre y al capitán Sarrazin comiéndose las palabras. ¿Qué podían hacer contra semejante crimen? Hice una pregunta en otra dirección:

– ¿Ve alguna relación con el asesinato de la hija de Simonis, en 1988?

– No conozco bien el primer caso. Pero no hay ningún punto en común. La pequeña Manon fue ahogada en un pozo. Es horrible, pero no tiene nada que ver con el refinamiento de la ejecución de Sylvie.

– ¿Por qué dice «ejecución»?

Se encogió de hombros sin responderme. Durante su exposición había subido el tono y adquirido cierta seguridad. Ahora, recuperaba su posición encorvada. Se metía nuevamente en su piel de fracasado.

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