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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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Se acomodó en uno de los lujosos sillones de cuero, admiró las vistas panorámicas -el río Hudson, Nueva Jersey, una gran extensión de cielo- y se dejó llevar durante unos instantes por la música hermosa y sencilla que sonaba con una claridad digna de una sala de conciertos.

– Philip Glass -dijo Washington como si le hubiera leído el pensamiento-. Uno de los grandes compositores modernos. -Se sentó en el sillón de enfrente-. Le sorprende, ¿eh? Se imagina que un tipo grandote y negro como yo va a escuchar a Stevie Wonder o a Bob Marley o a algún rapero de los duros, ¿no?

– Tampoco me había parado a pensar tanto, señor Washington, pero Willie me ha dicho que representa a algunos grupos de rap.

– Sí. Por dinero -afirmó Washington-. Mejor dicho, los representaba. Ahora trabajo por mi cuenta. Dejé esa compañía musical autocrática, FirstRate, hace un par de semanas. Ahora puedo dedicarme a todo tipo de música: rap, pop, jazz, moderna, clásica. Cualquier cosa. -Sonrió-. Estudié música y arte en la universidad. No pensé que tuviera el talento necesario para el arte, por lo menos mis profesores no lo creyeron. -Sonrió-. Pero estoy muy satisfecho dedicándome a la música. En particular, a mí me gustan Steve Reich, Glass, Meredith Monk, Stravinsky; Bach siempre.

– Yo soy una ignorante en música -dijo Kate-. Mi idea de los grandes es Mary Wells, Martha and the Vandellas, Sarah Vaughan, Ella.

– No está mal. -Levantó un puro fino de una taza de plata que había sobre la mesita y se lo colocó entre los labios carnosos-. ¿Le importa?

Kate sacó un Marlboro tan rápido que él se echó a reír.

Darton deslizó un cenicero de cristal tallado por la mesita y le ofreció un mechero a Kate. Le tocó las manos -que eran enormes y hermosas- para estabilizar la llama.

– Gracias. -Exhaló-. Me estaba preguntando… sobre el cede que estaba grabando para Elena Solana… si estaba acabado o no…

La sonrisa de Washington se desvaneció de inmediato.

– No. Nunca se acabó.

– ¿Qué ocurrió?

Encogió los hombros de jugador de rugby.

– Supongo que perdió el interés… lo cual fue una lástima.

– ¿Era bueno?

– Era muy bueno. -Washington apartó la mirada unos segundos y los ojos se le llenaron de… Kate no estaba segura-. La habría hecho famosa.

– No lo entiendo. Si era tan bueno, por qué Elena…

Washington aplastó el puro fino contra el cenicero con tal fuerza que parecía que el cristal se iba a romper. Kate observó al hombre vacilando en sus emociones como si estuviera pescando un tiburón asesino.

– Lo único que puedo decir es que… todo iba bien hasta que Elena pareció… perder el interés. Pero fue hace meses.

– ¿Entonces hace meses que no estaba en contacto con Elena?

– Exacto.

Kate desdobló una copia de los registros telefónicos de Elena y la deslizó hacia él.

– Según esta lista, ella le llamó días antes de su muerte.

Washington entornó sus ojos oscuros.

– ¿Sabe?, esto empieza a parecer un interrogatorio. Si la policía quiere interrogarme sobre la señorita Solana, no me importa. Pero doy por concluida esta conversación.

– No creo -dijo Kate al tiempo que colocaba su placa del Departamento de Policía de Nueva York sobre la mesita.

Darton se levantó del sofá como si le acabaran de pinchar, casi se echó hacia atrás en el suelo rojo brillante, guardando las distancias entre Kate y él.

– ¿Qué cono es esto? Llama y dice que es amiga de Willie y…

– Soy amiga de Willie, pero colaboro con la policía. -Kate se puso en pie-. Y responderá a mis preguntas, señor Washington, aquí o en la comisaría. ¿Qué prefiere?

Washington dio unos pasos hacia ella, con la mandíbula apretada, moviendo las manos en los costados. Estaban a un metro de distancia, el aire que los separaba zumbaba, electrificado. Kate colocó la mano cerca de la Glock escondida, pero conservó la calma.

– Mire, no estoy aquí para tratarle como a un perro. Sólo quiero llenar algunos vacíos sobre la vida de Elena.

– A mí nadie me trata como a un perro. Nadie. A mí no, y la gente que me importa, menos. ¿Entendido?

– A mí tampoco me trata nadie como a un perro, señor Washington. ¿Entendido? ¿Quiere contarme de qué hablaron usted y Elena cuando le llamó o quiere que envíe un coche patrulla a recogerle para llevarle a la comisaría de la Sexta? Usted decide. -Kate seguía mirándolo fijamente, pero permaneció alerta por si había algún movimiento.

Washington exhaló un suspiro.

– Estaba pensando en volver a trabajar… en el cedé.

– ¿Y?

– Y… yo no quería.

– Pensé que había dicho que era muy bueno. ¿Por qué no quería?

– Habían pasado varios meses. Había perdido el interés. Estaba ocupándome de otros proyectos. No iba a dejarlo todo para volver a retomarlo donde lo habíamos interrumpido.

– ¿Retomar qué, exactamente?

– El cedé. ¿Qué más?

– Dígamelo usted.

– Ya se lo he dicho. Pasaba del tema.

– ¿Pasaba del tema o de ella? Estaban liados, ¿no?

– Estábamos liados haciendo el cedé hasta que Elena dejó de colaborar.

– Y eso le sentó mal.

– Me molestó, sí. Que hubiera sido tan displicente. Que dejara pasar la oportunidad. Yo había invertido en ella. Pensé que temamos un futuro juntos… en el negocio. -Tensó los labios sensuales-. Lo reconozco. Hirió mi orgullo.

– Entonces ella le hirió.

– Se hirió a ella misma… y a su carrera.

– ¿Y también la suya?

– Mi carrera va bien. -Washington se cruzó de brazos-. Y no había forma de que yo lo dejara todo y empezara a trabajar con ella sólo porque entonces le apetecía.

– ¿Puedo escucharlas?

– ¿El qué?

– Las demos.

Washington se dio la vuelta, encendió otro purito, le dio una calada.

– Si las encuentro.

– Habrá perdido muchos ingresos por no acabar el cede de Elena.

– Tomé una decisión -dijo Washington-. Reducir las pérdidas.

– ¿Ah, sí? -dijo Kate-. No fue muy buen negocio, señor Washington.

«¿Washington y Elena?» Kate intentó imaginárselos juntos mientras recorría el pasillo blanco y frío. Sin duda el hombre encajaba con la descripción del gordito Wally, un hombre negro que parecía jugador de rugby o boxeador profesional. Tampoco es que Wally fuera lo que Kate consideraba un testigo fiable.

Washington había reconocido haber mantenido una relación profesional con Elena. Pero ¿había sido algo más? Kate quería presionarlo un poco más, pero también quería obtener más información antes de hacerlo.

Había demasiadas conexiones: Trip, Pruitt, las películas pornográficas, el hecho de que Washington tuviera un cuadro de Ethan Stein. Era como si acabara de tropezarse con un hervidero.

Kate consultó la hora. Había quedado con Richard para cenar y parecía que iba a llegar tarde. Otra vez.

25

Un coche de policía pasó como un rayo con las luces ámbar encendidas y la sirena a todo volumen. A Willie le temblaron los oídos del dolor.

Harlem: calle Ciento veinticinco con Martin Luther King Jr. Bulevar. Willie le echó un vistazo al nuevo letrero de la calle: AFRICAN SQUARE. Tuvo la impresión de que ésa era la idea que tenían los blancos sobre lo que querían los afroamericanos.

En ese momento se oyó el coche de los bomberos, atronador. Willie se tapó las orejas cuando pasó por su lado a toda velocidad. ¿Iba en la misma dirección que el coche de policía? Todavía se lo estaba preguntando cuando, transcurridos unos segundos, pasó otro con las sirenas al máximo. Willie lo siguió con la mirada, se preguntó si algún niño se había caído por la ventana de una casa sin barrotes porque el casero pensaba que no le descubrirían si no los ponía ahí arriba, o si toda una familia había perecido porque no había ni un puñetero detector de humo ni salidas de incendio útiles. El sonido de las sirenas se fundió con música rap a todo volumen: un chico con los vaqueros caídos y holgados, mostrando los calzoncillos tipo short y con un equipo de música portátil pegado a la oreja. Oh, sí, qué guay, pensó Willie, eres un tío guay. Sólo que cuando tengas cuarenta tacos ya no estarás moviendo el esqueleto por estas calles de mala muerte.

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