Nadie lo ha visto
- Автор: Юнгстедт Мари
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Nadie lo ha visto». Краткое содержание книги:
Cuando un vecino descubre su cadáver desnudo y gravemente mutilado, las sospechas recaen inmediatamente sobre Per. Pero algunos días más tarde aparece muerta Frida, una compañera de colegio de Helena, que ha sido asesinada en circunstancias similares. El seguimiento del caso por parte de los medios de comunicación es enorme y el pánico se apodera del pueblo.
El comisario de la policía judicial, Anders Knutas, está convencido de que el autor del crimen es un peligroso asesino en serie, que no dudará en atacar de nuevo. En su acelerada investigación contará con la colaboración no siempre deseada del inquieto periodista Johan Berg.
Pidieron una cerveza cada uno.
– ¿Qué tal con Emma? -preguntó Peter.
– Ah, creo que no hay nada que hacer. No funcionará nunca.
– ¿Y tú estás colgado?
– Demasiado, probablemente. No lo sé. Nos hemos visto muy poco, pero no he conocido a nadie como ella. Es increíble -explicó, y sonrió burlón.
– ¿Qué vas a hacer?
– No sé; lo único sensato que puedo hacer es mandarla al cuerno, sencillamente. Pero no tengo ganas de hablar ahora de esto. Hoy ya hemos tenido más que suficiente.
– Vale. Feliz fiesta -brindó Peter y trasegó de un trago la cerveza que le quedaba.
Un par de chicas jóvenes, con tops muy ceñidos, la tripa al aire y el cabello largo, se abrían paso a codazos, sonriéndoles para intentar llegar a la barra. Labios pintados y ojos chispeantes. Peter aprovechó la ocasión al vuelo.
– Hola, chicas, ¿qué queréis?
Ellas cruzaron una mirada de complicidad. Observaron a Johan y a Peter, coqueteando con sus pestañas espesas y rizadas.
– Una copa de vino, gracias -respondieron a coro.
Para Peter la noche resultó más divertida de lo que había imaginado. Johan se esforzó por meterse en el ambiente festivo, sin conseguirlo. Bebió una barbaridad. Cuando el día despuntaba, estaba inclinado sobre el inodoro de su habitación vomitando a chorro.
SÁBADO 23 DE JUNIO
Emma llamó al día siguiente.
– Hola, soy yo.
– Hola -contestó medio dormido.
– Perdona que no te haya llamado, pero hemos pasado estos días fuera. Y necesitaba pensar -añadió.
La somnolencia fue dejando paso a la esperanza, que aumentaba gradualmente.
– ¿Qué te pasa? Pareces cansado. ¿Te acabas de despertar?
– Mmm.
– Pero si son las dos de la tarde…
– ¿Tan tarde?
– Tenemos que vernos. Hemos discutido. Le dije a Olle que tenía que estar sola un tiempo. Al menos, unos días. Él se ha quedado con los niños en casa de su hermano y su familia en Burgsvik. Necesito verte.
Parecía casi transparente. Apagada y encogida. Como si hubiera empequeñecido desde la última vez que se vieron. Sólo estaba allí, de pie. Con la nariz enrojecida y los ojos hinchados. La arrastró hacia dentro.
– ¿Qué ha pasado?
– No ha pasado nada. Estoy totalmente agotada. No sé si voy o vengo.
– Siéntate.
Emma moqueaba. Johan fue a buscar papel higiénico. Se sentaron en la cama.
– La fiesta fue horrible -dijo ella-. Fuimos a casa de su hermano y de su familia. Pensé que tenía que alejarme de ti, hacer vida normal. Distanciarme, vaya. Nos hemos bañado, hemos jugado y hemos preparado barbacoas por la tarde. Los niños se lo han pasado muy bien, claro, con sus primos, los abuelos y todo. Ha sido muy duro. A veces me sentía completamente vacía. Ha sido una tensión enorme, porque todos se comportaban como si no hubiera pasado nada. Hacían todas las cosas normales, ya sabes. Aderezar los filetes, preparar café, jugar al kubb, cortar el césped… Es como si cuanto más caótica me siento por dentro, más difícil me resultara afrontar todas esas cosas normales que uno suele hacer. ¿Me entiendes? -Continuó sin esperar respuesta-. Se va a quedar allí con ellos unos días. Yo he dicho que tenía que volver a casa. Para poder estar sola. Olle cree que es por todo lo que ha pasado. Que he sufrido algún tipo de conmoción y se trata de una crisis que superaré. Ha llamado a un terapeuta y me ha concertado una cita. Pero yo no creo que sea sólo eso. No lo siento así. Es como si ya no tuviera nada que decirle. Como si no tuviéramos nada en común. -Se sonó varias veces-. No sé qué voy a hacer. No puede ser sólo por esta relación entre nosotros. Sólo nos hemos visto unas pocas veces. Esto es una locura. No sé lo que me pasa, me he vuelto loca.
– No he conocido nunca a nadie como tú, pero no quiero haceros daño, ni a ti, ni a tu familia.
– La culpa no es sólo tuya. Yo me he metido en esto conscientemente. ¿Y por qué lo he hecho? Pues tiene que ser porque a Olle y a mí no nos queda nada en común, así de sencillo. Ya no hay nada entre nosotros. Se ha terminado. En el fondo creo que no tiene nada que ver con que nos hayamos conocido. En cualquier caso, la relación entre Olle y yo se habría acabado, antes o después.
Se le saltaron las lágrimas.
Johan la abrazó.
– Tal vez debiéramos dejarlo. ¿Es eso lo que quieres?
– No, no quiero.
Se quedaron un rato en silencio. Johan le acariciaba el pelo. La abrazaba. Sentía el calor de su cuerpo.
– Tengo que fumar un cigarrillo -dijo Emma levantándose.
Se sentó en el sillón que había junto a la ventana.
– ¿Tienes bebida?
– Sí; ¿qué quieres?
– Una coca-cola. ¿Hay algo de chocolate?
Johan abrió el minibar y sacó dos refrescos y una tableta de chocolate.
– ¿Y qué sabes del último asesinato? Esto es como una pesadilla. Pronto no me atreveré ni a salir de casa. ¿Quién es? ¿Lo sabes?
– Una ceramista; se llamaba Gunilla Olsson. Treinta y cinco años. Por lo visto residió en el extranjero muchos años. Vivía sola. Era de Ljugarn. ¿Sabes quién es?
– No, no lo creo. ¿Por qué mata precisamente a estas chicas? No parece que haya nada en común entre ellas. Una estaba casada y tenía hijos, otra vivía con su pareja y la tercera, sola. Una vivía en Estocolmo, otra en Visby y la otra en el campo.
Emma bebió un trago de coca-cola y encendió un cigarrillo.
– Una trabajaba con ordenadores, otra era peluquera y la tercera, según dices, se dedicaba a la cerámica. Me pregunto si pertenecerían a alguna secta extraña o participarían en algún chat por Internet. A lo mejor llevaban una doble vida. ¿No has averiguado nada?
– No -reconoció avergonzado-. No he tenido mucho tiempo para indagar en ello.
Se vio obligado a aceptar que Emma tenía razón. ¿Cuánto había investigado para conseguir nuevos datos? No mucho. Por supuesto, estuvo en contacto con su confidente y con otras personas de la policía, pero él, personalmente, no había hecho ningún esfuerzo para averiguar la respuesta. No era propio de él. Se debía a Emma, pensó.
– Supongo que he pensado demasiado en ti.
– Y yo demasiado en ti -respondió ella-. Pienso en ti en todo momento. Sin interrupción.
Se acurrucó en sus brazos. Juntos formaron un solo cuerpo.
– Te quiero -murmuró Johan con sus labios en el cabello de Emma.
Era la primera vez que amaba a una mujer.
– Sueño contigo -prosiguió-. Quiero vivir a tu lado. Tener una casa aquí en Gotland. Cuidar de tus hijos y de los nuestros. Cultivar nuestras propias patatas. -Se echó a reír y tomó la cabeza de ella entre sus manos-. Imagínate, eso es algo que siempre he deseado. Tener mi propio huerto con patatas y con sólo salir arrancar unas patatas para el salmón en verano. Eso hacíamos en la casa de veraneo en el campo en mi niñez.
Emma se dio cuenta de que estaba enamorada cuando volvía a casa en el coche. Enamorada hasta las trancas.
Karin Jacobsson tenía razón. El hecho de que se hubiera producido un tercer asesinato, en el curso de unas semanas, asustaba tanto a los habitantes de Gotland como a los turistas. Muchas mujeres ya no se atrevían a salir de casa solas. La temporada alta en Gotland empezaba en serio por aquellas fechas y duraba casi dos meses, hasta la Semana Medieval, que se celebraba en la segunda semana de agosto. A los pocos días se acababan las vacaciones de verano para los escolares, y los turistas tenían que regresar a la Península.
A finales de agosto la vida solía recobrar la normalidad, sin más excepción que algún que otro veraneante rezagado. Ahora estaban a finales de junio, época de inicio de la temporada alta. Sin embargo, las cancelaciones empezaban a sucederse en agencias de viajes, hoteles e instalaciones de camping.