Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Nadie lo ha visto - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Nadie lo ha visto

Электронная книга - «Nadie lo ha visto». Краткое содержание книги:

La idílica isla sueca de Gotland se prepara para la temporada turística. Como cada año, Helena, que ahora reside en Estocolmo, vuelve a la isla y celebra con sus amigos el inicio del verano. Pero el buen ambiente que se respira durante la fiesta se acaba de pronto cuando Per, el novio de Helena, tiene un ataque de celos y reacciona de forma violenta. A la mañana siguiente, la joven sale a pasear con su perro por la playa para reflexionar sobre lo ocurrido y desaparece en la densa niebla.
Cuando un vecino descubre su cadáver desnudo y gravemente mutilado, las sospechas recaen inmediatamente sobre Per. Pero algunos días más tarde aparece muerta Frida, una compañera de colegio de Helena, que ha sido asesinada en circunstancias similares. El seguimiento del caso por parte de los medios de comunicación es enorme y el pánico se apodera del pueblo.
El comisario de la policía judicial, Anders Knutas, está convencido de que el autor del crimen es un peligroso asesino en serie, que no dudará en atacar de nuevo. En su acelerada investigación contará con la colaboración no siempre deseada del inquieto periodista Johan Berg.
1 ... 36 37 38 39 40 41 42 43 44 ... 62
Перейти на страницу:

La casa de veraneo del comisario estaba en la parte más alta de Lickershamn, al noroeste de Gotland. Gunilla Olsson, la nueva víctima, vivía en När, en el sudeste. Knutas tardaría por lo menos una hora y media en llegar en el coche hasta allí.

Era algo más de la una del día del solsticio de verano más caluroso en muchos años. El termómetro marcaba casi treinta grados. Por el camino recogió a Karin Jacobsson y a Martin Kihlgárd en Tingstäde, donde vivían los padres de Karin. Ella había invitado a Kihlgárd a su fiesta.

El resto de los compañeros del grupo de la policía nacional se había ido a Estocolmo, para pasar el fin de semana con sus familias. Kihlgárd insistió en quedarse en la isla. Por si pasaba algo.

– Esto es precisamente lo que necesitábamos -observó en el coche, mientras el paisaje cuajado de flores propio del verano pasaba a toda velocidad ante la ventanilla-. Tenía que ocurrir algo nuevo para que pudiéramos avanzar. Estábamos bloqueados.

A Kihlgárd le había dado tiempo a tomarse unos trozos de arenque y unas copitas de aguardiente, y expelía sus vapores al hablar. Knutas se puso blanco como el papel. Se desvió junto a unos contenedores que había al lado de la carretera y frenó en seco. Salió a toda prisa del coche, abrió la portezuela de atrás y sacó a Kihlgárd del vehículo.

– ¿Qué coño de estupideces estás diciendo? ¿Es que te has vuelto loco? -le gritó.

Kihlgárd se quedó tan pasmado que no supo cómo reaccionar. Lo hizo defendiéndose.

– ¿Qué demonios haces? Tengo razón, y lo sabes. Tenía que pasar algo por cojones. Está claro que no íbamos a ninguna parte.

– ¿Qué quieres decir, cabrón? -aulló Knutas-. ¿Cómo cono puedes decir que está bien que una mujer joven haya sido asesinada por un psicópata? ¿Estás mal de la cabeza tú también?

Karin, que se había quedado dentro del coche, salió y los separó. Agarró a Knutas que tenía asido a Kihlgárd por el cuello de la camisa. Dos botones habían saltado por los aires.

– ¿Es que os habéis vuelto locos los dos? -gritó-. ¿Cómo podéis comportaros así? ¿No os dais cuenta de que hay gente mirando?

Los dos hombres, muy cortados, miraron con sorpresa hacia la carretera. Al otro lado había una granja desde donde un grupo de personas vestidas de fiesta y con coronas de flores en la cabeza miraba hacia el coche policial y los dos hombres enfurecidos.

– ¡Uy! ¡Joder! -exclamó Knutas recuperando la compostura.

Kihlgárd se ajustó la ropa, hizo una leve inclinación dirigida al público y se volvió a sentar en su sitio.

Continuaron el viaje en silencio. Knutas estaba furioso, l'ensó que mejor sería dejar la discusión para otro momento. La frustración por no haber logrado encontrar al asesino debía de haberles afectado a todos ellos.

Karin se sentó en el asiento del copiloto. No dijo nada. Knutas comprendió que estaba disgustada.

Para evitar oír los juramentos de Kihlgárd, Knutas puso la radio. Bajó el cristal de la ventanilla. Un asesinato más. La locura. Otra mujer. Hachazos y las bragas en la boca. ¿Cuándo iba a acabar aquello? No habían avanzado nada en la investigación. En ese punto, Kihlgárd tenía razón. Se iba preparando mentalmente para el espectáculo que presenciarían en unos momentos. Lanzó una mirada al lado. A Karin. Permanecía callada y mirando al frente.

– ¿En qué piensas? -le preguntó.

– Tenemos que echar el guante al asesino. ¡Ya! -dijo con determinación-. Esto va a asustar mucho a la gente.

La policía ya había acordonado el lugar cuando llegaron a la casa. Sohlman y sus colegas estaban trabajando para proteger las posibles huellas.

Aparcaron el coche en el patio cubierto de guijarros y se apresuraron a subir por la empinada escalera de piedra. Cuando entraron en el taller, los tres retrocedieron instintivamente. Había salpicaduras de sangre en las paredes, el suelo y las estanterías. El olor dulzón y pesado a cadáver hizo que se cubrieran la boca con la mano. Karin se volvió y vomitó en la escalera.

– ¡Joder! -exclamó Kihlgárd-. Es lo peor que he visto.

El cuerpo desnudo de la mujer estaba en el suelo, bañado en sangre, con profundas heridas en el cuello, el vientre y los muslos. Knutas se obligó a sí mismo a hacer un esfuerzo para acercarse al cadáver. Exacto: en la boca tenía unas bragas blancas de algodón. Karin apareció en el vano de la puerta y se apoyó en el marco. Los policías miraban a su alrededor impotentes.

Sólo había una entrada y era la puerta por la que ellos mismos habían llegado. En el suelo se veía un espejo roto. Los trozos brillaban a la luz del sol. Un montón de arcilla estaba tirado un poco más lejos.

– Debía de estar sentada trabajando -concluyó Knutas-. ¿Veis la pieza de arcilla que hay allí?

– Sí -contestó Karin y se volvió hacia Sohlman, agachado al lado del cuerpo-. ¿Cuánto tiempo crees que llevará muerta?

– Está totalmente rígida. Teniendo en cuenta eso y las manchas del cadáver, yo diría que lleva muerta por lo menos doce horas. Pero no mucho más. El cuerpo está aún caliente.

– ¿Quién dio el aviso?

– Una amiga. Cecilia Ángström. Está en la casa.

– Voy allí -dijo Knutas levantándose.

Vista desde fuera, la casa de Gunilla Olsson se antojaba demasiado grande para estar habitada por una sola persona. Era una casa de piedra caliza de dos pisos y parecía muy antigua.

El comisario entró en la casa tratando de no pensar en la imagen violenta que se había visto obligado a contemplar poco antes.

A la mesa de la cocina estaba sentada una mujer joven con la barbilla hundida en el pecho. La melena larga y oscura le ocultaba el rostro. Llevaba un vestido de verano de color claro y con hombreras. Una mujer policía de uniforme estaba sentada a su lado, con una mano entre las suyas. Knutas saludó; conocía a su colega sólo de vista. La mujer del vestido tendría unos veinticinco años, supuso. Lo observó con la mirada perdida. Tenía la cara arrasada de lágrimas.

Knutas se presentó y se sentó enfrente.

– ¿Puedes contarme lo que ha ocurrido?

– Sí. Gunilla iba a ir hoy a mi casa. Habíamos planeado celebrar juntas el solsticio de verano, en mi casa de veraneo en Katthammarsvik. Debía presentarse nada más desayunar. Como no llamaba y seguía sin aparecer a las doce, me empecé a preocupar. No contestaba ninguno de sus números de teléfono. Entonces decidí venir aquí en el coche.

– ¿Cuándo viniste?

– Debía de ser casi la una.

– ¿Qué pasó entonces?

– La puerta del taller estaba abierta, así que entré. La vi inmediatamente. Tendida en el suelo. Había sangre por todas partes.

– ¿Qué hiciste?

– Salí, me metí en el coche y cerré las puertas. Después llamé a la policía. Tenía miedo y quería irme de aquí, pero me dijeron que me quedara. La policía llegó al cabo de media hora, más o menos.

– ¿Viste a alguien?

– No.

– ¿Notaste alguna otra cosa extraña?

– No.

– ¿Conocías bien a Gunilla?

– Bastante bien. Nos conocimos hace un par de meses.

– ¿Ibais a celebrar la fiesta las dos solas?

– Gunilla trabajaba en un pedido importante. Trabajó muchísimo las últimas semanas y sólo quería un poco de tranquilidad. A mí me ocurría lo mismo. Por eso decidimos celebrar el solsticio juntas.

– ¿Cuándo hablaste con ella por última vez?

– Anteayer. Tenía que haberme llamado ayer por la tarde, pero no lo hizo.

– ¿Sabes si pensaba hacer algo especial ayer o si iba a encontrarse con alguien?

– No. Tenía previsto trabajar todo el día.

– ¿Sabes dónde vive su familia? ¿Sus padres? ¿Sus hermanos?

– Sus padres murieron. Tiene un hermano, pero no sé dónde vive. Desde luego, aquí en Gotland, no.

1 ... 36 37 38 39 40 41 42 43 44 ... 62
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)