Nadie lo ha visto
- Автор: Юнгстедт Мари
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Nadie lo ha visto». Краткое содержание книги:
Cuando un vecino descubre su cadáver desnudo y gravemente mutilado, las sospechas recaen inmediatamente sobre Per. Pero algunos días más tarde aparece muerta Frida, una compañera de colegio de Helena, que ha sido asesinada en circunstancias similares. El seguimiento del caso por parte de los medios de comunicación es enorme y el pánico se apodera del pueblo.
El comisario de la policía judicial, Anders Knutas, está convencido de que el autor del crimen es un peligroso asesino en serie, que no dudará en atacar de nuevo. En su acelerada investigación contará con la colaboración no siempre deseada del inquieto periodista Johan Berg.
– ¿Tenía novio?
– No, al menos que yo sepa. No llevaba aquí mucho tiempo. Había vivido en el extranjero un montón de años. Creo que volvió a Suecia en enero.
– Ya entiendo. Bien, basta por ahora -concluyó Knutas, antes de dar una palmada a Cecilia Ángström en el brazo y pedir a su colega que la llevara al hospital-. Ya hablaremos más después. Yo te llamaré.
Salió de la cocina y dio una vuelta por la casa. Sintió desánimo al mirar por la ventana. Ni un solo vecino a la vista. El cuarto de estar era amplio y luminoso. Algunos cuadros de colores alegres colgaban de las paredes. Obras de pintores para él desconocidos. Subió la escalera y entró en el dormitorio. Una cama de matrimonio. Al lado había una habitación para los invitados; parecía vacía. Un estudio, un cuarto de baño amplio y una salita de estar.
No descubrió nada que le llamase la atención. Al menos, no a primera vista. Ningún desperfecto o destrozo que pudiera observar. Sohlman se ocuparía más tarde de la casa, por eso tuvo buen cuidado de no tocar nada.
El piso inferior era igual de amplio y luminoso. Al lado de la cocina había un comedor grande con chimenea. Otro dormitorio y un cuarto lleno de libros y con un buen sillón de lectura. «Pues la verdad es que para vivir sola andaba sobrada de espacio», se dijo.
La presencia de Karin Jacobsson en la puerta interrumpió sus reflexiones.
– Anders, ven -le gritó con el resuello en la boca-. Hemos encontrado algo.
Quedaban menos de cinco minutos para que terminara la jornada escolar. Después de la escuela, solía irse directamente a casa. Deprisa. Deprisa. Con la llave colgando de una cinta alrededor del cuello. Puesto que la única manera de evitar a sus torturadores era sacarles una ventaja lo bastante grande para que no pudiesen alcanzarlo, empezó con sus preparativos varios minutos antes de que finalizara la última clase. Empezó a guardar sus cosas con cuidado. Cerró el libro sin hacer ruido. Luego, metió el lápiz en su pequeño compartimento dentro del estuche, la goma en el suyo. En todo momento mantuvo la mirada fija en la maestra, que no tenía que notar nada. Cerró con sigilo la cremallera del estuche. Le pareció que hacía tal ruido que se habría oído en toda el aula. La señorita tampoco notó nada esta vez. Por lo común, el silencio en clase era absoluto, la señorita era severa y no toleraba que se hablara ni que se hiciesen travesuras. Entonces se volvió de espaldas. Bien. Aprovechó para abrir la tapa del pupitre. Sólo una pequeña abertura, lo suficiente como para poder deslizar los libros dentro. Después, el estuche. Ya está. Notaba los latidos del corazón rápidos y nerviosos. Pronto sonaría el timbre. Sobre todo, que la maestra no notara nada antes. Lisa, que se sentaba a su lado, vio lo que estaba haciendo; le daba igual. Ella hacía como los demás, que pasaban de él, lo ignoraban. Exactamente igual que los otros cobardes. Nadie se atrevía a ser amigo suyo, por miedo a ser víctimas ellos mismos de la banda de los odiosos.
Johan colgó el auricular después de hablar con su confidente en Nynäshamn. ¿Cómo podía el tío enterarse de todo tan rápido? Se preguntaba con quién tendría tan buenos contactos su confidente. Recogió a toda prisa su bloc, el móvil y los bolígrafos, y salió a la carrera de la habitación. Se había cometido otro asesinato más. Tres en menos de tres semanas. Era aterrador, increíble. Los redactores en Estocolmo querían que fuera directamente a la casa de När y que informara desde allí, por teléfono, en directo, para los informativos Aktuellt y Rapport. Tendría que tratar de conseguir el mayor número posible de datos antes de las emisiones. Según su fuente, todo era como en los dos asesinatos anteriores: una treintañera asesinada a hachazos y con las bragas metidas en la boca.
Llamó a Knutas mientras esperaba que Peter pasara por el hotel a recogerlo. El fotógrafo había salido a probar uno de los muchos campos de golf que había en Gotland y lo interrumpió en mitad del recorrido. El comisario no contestaba. Karin Jacobsson, tampoco. El oficial de guardia, nada; lo remitió al jefe de la investigación, es decir, a Knutas. Mierda. El oficial de guardia sólo estaba autorizado a decirle que había ocurrido algo en una casa en När. Pero se negaba a precisar qué. La policía estaba ya en el lugar y tenía que poder trabajar con tranquilidad. Johan, impaciente, encendió un cigarrillo, mientras miraba a la calle. Cuánto tardaba Peter…
Un reportero de la redacción central llegaría a bordo del próximo avión. Los días siguientes, él cubriría la noticia para los informativos nacionales de la cadena pública de Televisión Sueca, mientras que Johan seguiría trabajando para la programación regional. De esa manera, razonaban los jefes, podrían ofrecer distintos puntos de vista sobre las novedades que se produjeran en torno al caso. Los reporteros de los informativos nacionales sólo aparecían cuando la noticia era candente. Como ahora, cuando, de manera tan incomprensible como inesperada, se había producido el tercer asesinato. En condiciones normales, Johan se habría sentido ofendido si a los de noticiarios nacionales no les hubieran parecido bastante buenos sus reportajes para sus programas. Pero en aquellos momentos se alegraba. Si trabajaba para todos los informativos, se quedaba sin tiempo para ver a Emma.
– Ven, Anders, date prisa.
Karin parecía alterada. La siguió hasta el patio. Al lado de unos arbustos, un poco más allá, vio a Sohlman y Kihlgárd inclinados sobre algo. Corrió hacia ellos.
Sohlman recogía un objeto del suelo con unas tenacillas. Era alargado y de plástico. Lo observó de uno y otro lado. El sudor le corría por la espalda.
– ¿Qué demonios es eso? -gruñó Kihlgárd.
– Un inhalador para asmáticos.
– ¿Tenía asma Gunilla Olsson? -preguntó Knutas.
Sus colegas se encogieron de hombros.
Se apresuró a entrar en la casa de nuevo. Cecilia Ángström y la policía uniformada estaban a punto de salir.
– ¿Sabes si Gunilla padecía asma?
– No, no lo creo -respondió Cecilia Ángström dubitativa-. No -añadió después, más segura-. No podía ser asmática. Estuvimos en una fiesta hace unas semanas en casa de unos amigos que tenían un perro y un gato. Gunilla no dijo nada acerca de que eso le supusiera ninguna molestia.
– Y tú, ¿padeces asma?
– No.
Knutas regresó donde estaban sus colegas, vueltos hacia él en actitud expectante.
– Sí -anunció-. Parece que sabemos algo nuevo acerca de nuestro asesino. Es asmático.
Johan no sabía mucho de När, aparte de que era el lugar de procedencia del grupo musical Ainbusk Singers. Tratando de dar con la casa de Gunilla Olsson, Peter y él acabaron en la carretera que conducía al puerto de Närhamn, constantemente azotado por los vientos. El pequeño pueblo pesquero recordaba Noruega o Islandia. Un muelle que penetraba directamente en el mar. En él, una hilera de barracas con las casetas de los pescadores. Redes de arrastre, cajas de pescado de porexpan blanco y montones de redes. Los barcos que no habían salido a faenar se mecían amarrados al muelle. Divisaron a lo lejos a un par de turistas que pedaleaban con fuerza en sus bicicletas en dirección al faro de Närsholmen. Las olas se sucedían a un ritmo que parecía preestablecido. Johan bajó la ventanilla del coche. El olor a algas le evocó recuerdos. Sintió deseos de ir derecho hasta la punta del muelle y dejar que el viento lo llenara de energía. La idea de Emma le rondaba y hacía presa en su corazón, su cabeza, su sexo y su estómago. Pero ahora era otro tipo de realidad la que requería su atención. Peter dio la vuelta.
– Hay que joderse, nos hemos equivocado.
Después de confundirse un par de veces más, por fin llegaron a la casa. Si en el puerto el aire era violento, fuera de la casa de la mujer asesinada no se movía ni una hoja. La policía había acordonado una zona amplia y algunos curiosos, tras interrumpir su celebración, se concentraban al lado del cordón policial.