Nadie lo ha visto
- Автор: Юнгстедт Мари
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Nadie lo ha visto». Краткое содержание книги:
Cuando un vecino descubre su cadáver desnudo y gravemente mutilado, las sospechas recaen inmediatamente sobre Per. Pero algunos días más tarde aparece muerta Frida, una compañera de colegio de Helena, que ha sido asesinada en circunstancias similares. El seguimiento del caso por parte de los medios de comunicación es enorme y el pánico se apodera del pueblo.
El comisario de la policía judicial, Anders Knutas, está convencido de que el autor del crimen es un peligroso asesino en serie, que no dudará en atacar de nuevo. En su acelerada investigación contará con la colaboración no siempre deseada del inquieto periodista Johan Berg.
Desde el pueblo llegaban las notas suaves de un acordeón. Los festejos del solsticio de verano estaban en su punto culminante, a escasa distancia del lugar del crimen.
Después de mucho preguntar, Johan averiguó que Knutas había abandonado la casa hacía sólo un cuarto de hora, al igual que Karin Jacobsson.
De los policías de Visby, eran los únicos con quienes tenía buena relación.
Llamó a Knutas. Le confirmó que una mujer de treinta y cinco años había sido asesinada en su casa. La hora exacta a la que se cometió el crimen no se sabía con precisión. El policía no quiso revelarle ningún detalle sobre cómo la habían asesinado.
Knutas sabía que los periodistas se informarían de la identidad de la víctima, y pidió a Johan que no la hicieran pública, ni reprodujesen imágenes de ella. La policía aún no había conseguido ponerse en contacto con los familiares.
Johan tuvo tiempo de hablar con un chaval del montón de gente que se había reunido fuera del cordón policial antes de la hora de emisión.
Se trataba de una chica que vivía allí sola. Tendría unos treinta años, pudo saber. Se dedicaba a la cerámica.
Faltaban unos minutos para las seis cuando llamó a la redacción de Aktuellt en Estocolmo. Lo pusieron en conexión con el estudio y contó en directo a los espectadores lo que sabía.
Cuando finalizó la conexión, se dijo que debía tratar de buscar material para la siguiente emisión. Habían prometido que habría una rueda de prensa en las dependencias de la policía a las 21.00 horas.
Para entonces ya habría llegado el reportero de noticias nacionales y podrían colaborar. Magnífico.
Peter iba dando vueltas y filmando fuera de la zona acordonada. La policía no soltaba prenda. Johan decidió entonces hablar con la gente que se encontraba en el caminito de guijarros que había fuera de la casa. Algunos habían llegado allí en bicicleta, un par de jóvenes en una motocicleta y se veía algún que otro coche aparcado en el camino. La mayoría eran vecinos que habían visto los coches de la policía alrededor de la casa.
Johan se acercó a una mujer de mediana edad, de formas redondeadas, vestida con unos pantalones cortos y una camiseta de tenis. Llevaba un perro y estaba sola, algo apartada del resto de curiosos.
Se presentó.
– ¿Conocías a la mujer que vivía aquí? -le preguntó.
– No -contestó la mujer-. Personalmente, no. He oído que ha sido asesinada. ¿Es verdad? ¿Es el mismo tipo que ha asesinado a las otras mujeres? -La mujer siguió hablando sin esperar respuesta-. Esto es de locos, es como en las películas. No me puedo creer que sea cierto.
– ¿Cómo se llamaba?
– Gunilla Olsson.
– ¿Tenía familia?
– No, vivía sola. Era ceramista. Trabajaba en el taller, ahí al lado.
La señora le mostró una construcción baja con grandes ventanas dentro de la zona acordonada.
– ¿Cuántos años tenía?
– Tenía treinta y cuatro o treinta y cinco.
– ¿Vives por aquí cerca?
– Sí, vivo más allá, siguiendo el camino.
– ¿Había buena relación?
– Bueno, yo conocí a su madre cuando vivía, porque íbamos al mismo grupo de costura, pero con la hija no tenía mucho trato. Nos saludábamos cuando nos veíamos, pero parecía que no quería hablar. Se mantenía bastante alejada. Se mudó aquí hace relativamente poco. Puede hacer como medio año. Vivió en el extranjero mucho tiempo. Muy lejos, en Hawai. Sus padres vivían en Ljugarn, así que ella se crió allí. Murieron hace varios años, en un accidente de coche, cuando Gunilla estaba en el extranjero. Y figúrate, ¡ni siquiera vino al entierro! Habían perdido el contacto casi del todo, cuando ella se hizo adulta. No quería llevar el apellido de ellos. En cuanto fue mayor de edad, se cambió el apellido por el de Olsson, aunque sus padres se apellidaban Broström. Sé que su madre lo pasó mal entonces. Tiene también un hermano, que vive en la Península. Me parece que ha mantenido el apellido Broström. Creo que fue la chica quien les dio más problemas a los padres.
– ¿Qué tipo de problemas?
– Faltaba mucho a la escuela, se vestía de forma extraña y cada vez que te la encontrabas llevaba un color de pelo diferente. El padre era pastor protestante. Supongo que debió de ser especialmente duro para él. Gunilla era, cómo diría yo…, rebelde, eso es. Entonces, cuando era joven, quiero decir. Luego se fue a Estocolmo y asistió a la Escuela de Arte, y luego sólo sé que se largó al extranjero.
Johan se quedó atónito con su interlocutora, que parecía una agencia de información. Peter se había unido a ellos, con la cámara en marcha mientras la otra hablaba.
– El caso es que presentó un par de exposiciones la primavera pasada -prosiguió la mujer-. Y creo que le fue bastante bien. Bueno, la verdad es que hacía cosas muy bonitas.
La locuaz señora acarició al perro, que empezaba a impacientarse.
– ¡Uf!, esto es espantoso. Ya no se va a atrever una ni a salir de casa. Yo estuve en una de sus exposiciones e intenté hablar un poco con ella, pero no lo conseguí. Apenas me contestó.
– ¿Sabes si tenía alguna relación?
– No. Bueno, ahora que lo dices, últimamente he visto por aquí a un tipo al que no conozco. Salgo mucho de paseo con el perro y lo he visto varias veces.
– ¿Ah, sí? ¿Cuándo?
– La primera vez hace ya unas semanas. Pasaba por aquí una tarde, y vi que salía de la casa.
– ¿Hablaste con él?
– No. Creo que no me vio.
– ¿Puedes describirlo?
– Era alto y de pelo muy rubio.
– ¿Qué edad tenía?
– Era bastante joven. Unos treinta, quizá. Luego, he visto a un hombre un par de veces, y estoy casi segura de que era el mismo.
– ¿Cuándo?
– Volví a ver a ese hombre una semana después de la primera vez. Venía andando desde la casa de ella y bajaba por el camino hacia la parada del autobús. Parecía que tenía prisa, porque caminaba con rapidez. Me lo encontré en el camino y me fijé bien en él. Parecía elegante, bien vestido. Desde luego, no se trataba de ningún desastrado.
– ¿Y dices que tenía unos treinta años?
– Sí, más o menos. No lo sé con seguridad.
Johan sintió que se le aceleraba el pulso. Era posible que aquella mujer hubiera visto al asesino.
– ¿Sabes si tenía coche?
– Sí, un coche desconocido ha aparcado aquí un par de veces. Un Saab, bastante viejo. No sé de qué modelo, pero me pareció que tenía más de diez años.
Johan terminó la entrevista y volvió al coche para dirigirse a la comisaría, donde tendría lugar la rueda de prensa. Allí se encontró con el reportero de las noticias nacionales, Robert Wiklander, que ya había llegado. Aktuellt iba a emitir en directo. En Gotland no había ningún equipo móvil con el equipo técnico necesario para emitir en directo, pero ya había salido uno desde Estocolmo, que llegaría a tiempo para la emisión de las nueve. Lo cual significaba que Johan y Peter se podían ir a los locales de la antigua redacción a editar su material para las últimas emisiones de la noche.
Después estarían libres, Noticias Regionales no se emitía en los días festivos. Robert y su fotógrafo se encargarían de cubrir la información el resto de la tarde. A Johan le prometieron darle libre el día que se celebraba el solsticio de verano. Robert ya había trabajado antes en Gotland y conocía las condiciones. Prometió no llamar a Johan al día siguiente, salvo que fuera absolutamente necesario.
Mamá, ven. Está oscuro. Mamá, ayúdame. La almohada está negra. Lloraba con la boca apretada contra la suave almohada. Repetía las mismas palabras una y otra vez. Lloraba a lágrima viva. Cerraba los ojos con tanta fuerza que veía figuras macabras retorciéndose en medio de la negrura. Detrás de sus párpados se movían gusanos claros, serpientes de cabezas enormes y monstruos que se agitaban por todas partes. Estaba tumbado de lado, con las rodillas dobladas y abrazado a la almohada. Le dolía el estómago como si tuviera dentro de él un balón duro como una piedra. Se mecía de un lado a otro. El almohadón estaba mojado de lágrimas y de mocos.