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Nadie lo ha visto

Электронная книга - «Nadie lo ha visto». Краткое содержание книги:

La idílica isla sueca de Gotland se prepara para la temporada turística. Como cada año, Helena, que ahora reside en Estocolmo, vuelve a la isla y celebra con sus amigos el inicio del verano. Pero el buen ambiente que se respira durante la fiesta se acaba de pronto cuando Per, el novio de Helena, tiene un ataque de celos y reacciona de forma violenta. A la mañana siguiente, la joven sale a pasear con su perro por la playa para reflexionar sobre lo ocurrido y desaparece en la densa niebla.
Cuando un vecino descubre su cadáver desnudo y gravemente mutilado, las sospechas recaen inmediatamente sobre Per. Pero algunos días más tarde aparece muerta Frida, una compañera de colegio de Helena, que ha sido asesinada en circunstancias similares. El seguimiento del caso por parte de los medios de comunicación es enorme y el pánico se apodera del pueblo.
El comisario de la policía judicial, Anders Knutas, está convencido de que el autor del crimen es un peligroso asesino en serie, que no dudará en atacar de nuevo. En su acelerada investigación contará con la colaboración no siempre deseada del inquieto periodista Johan Berg.
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La mujer del mostrador echó una ojeada a la fotografía y negó con la cabeza.

– No, no la conozco. Ya he visto la foto en la prensa. Por aquí pasa tanta gente… También depende de cuándo hiciese ejercicio. Puede que sus horarios no coincidiesen con mi horario de trabajo.

Knutas le mostró la fotografía de Frida Lindh. La expresión de su cara cambió.

– Sí, a ésta la conozco. Frida. Frida Lindh. Vino varios años.

– ¿Solía venir aquí sola?

– Sí, creo que sí. Casi siempre.

– ¿La conocías bien?

– No; tanto como eso, no. Solíamos hablar a veces, cuando coincidíamos aquí. Nada más.

– ¿Sabes si se relacionaba con alguien aquí?

– No, no lo creo. La mayoría de las veces venía sola. Muy de vez en cuando acudía acompañada.

– ¿Por un hombre o por una mujer?

– Creo que sólo se trataba de alguna amiga, que yo recuerde.

– Gracias.

Del resto de los empleados, ninguno aportó nada nuevo. La mayoría conocía a las mujeres asesinadas, pero no recordaba nada especial que contar de ellas.

Una hora más tarde abandonaban el local, con She bangs de Ricky Martin zumbándoles en los oídos.

La parte de la muralla denominada Nordergravar estaba al otro lado de la carretera, visto desde la escuela, justo en la parte exterior de la zona norte de la muralla.

Aquel día era viernes y se había ausentado de la clase llamada «la hora divertida», con la excusa de que tenía que ir al dentista, pero se le había olvidado llevar el justificante. Aquello le daba la posibilidad de salir de la escuela antes que los demás. La señorita se lo creyó y le dio permiso para salir de la clase. Le parecía increíble que ella no hubiera notado nada. ¿No sabía lo que los demás le estaban haciendo o hacía como si no lo supiera? No sabía qué pensar.

Cuando dejó la escuela tras de sí aquel viernes por la tarde, se sintió aliviado. Casi feliz. Faltaba poco para las vacaciones de verano, y entonces la clase se dispersaría. El iba a empezar el ciclo superior en una escuela que estaba al otro lado de la ciudad y con ello se quitaría de encima a quienes lo atormentaban. Pensaba celebrarlo dándose a sí mismo un premio. Había visto un billete de diez coronas caído en el suelo debajo de una cómoda en casa. Se lo apropió. Se compraría unas golosinas. Y no unas golosinas cualesquiera, desde luego. Se dirigió hacia la tienda de golosinas que había en la calle Hästgatan, cerca de la plaza Stora Torget. Era un establecimiento antiguo, con grandes piruletas de caramelo que colgaban en las ventanas. Entrar en él era una de las cosas que más le gustaban. Cuando su hermana y él eran pequeños, solían ir allí con su padre los sábados; ahora apenas lo hacían. Su padre se distanciaba más de ellos cada día, y se había vuelto más callado y más brusco a medida que los hijos crecían.

El establecimiento le fascinaba y echó a correr por Nordergravar. Eligió aquel camino porque le parecía divertido. Solía imaginarse las batallas medievales entre suecos y daneses, en las que el combate se libraba hasta la última gota de sangre. Mientras corría a su aire, subiendo y bajando entre los montículos, se olvidaba de su horrible vida cotidiana.

Encontró un palo largo y empezó a blandirlo en el aire. Hacía como si fuera uno de aquellos guerreros que lucharon al lado del monarca sueco contra el danés, Valdemar Atterdag, que conquistó Gotland y convirtió la isla en una provincia de Dinamarca en el siglo XIV. Estaba tan concentrado en su juego que no se fijó en las cuatro figuras que lo estaban observando desde lo alto de uno de los montículos. Dando un alarido todas a un tiempo, bajaron corriendo del montículo y se lanzaron sobre él. No tenía escapatoria. Eo sorprendieron y no pudo decir ni pío.

– Menudo susto, ¿eh, gordinflón? -gritaba la peor de todas, la líder, mientras las otras se reían con malicia y le sujetaban las manos.

– No pensarás mearte otra vez, ¿verdad? No, ya tendremos nosotras cuidado para que no te mojes los pantalones, no se vaya a enfadar mamá. No, no tendrás que hacerlo -se burlaba y, para su horror, lo agarró del cinturón y se lo desabrochó.

Cuando le empezó a desabrochar los botones del pantalón, se puso histérico. Aquello era casi lo peor que podía pasarle. Trató de zafarse con todas sus fuerzas, dio patadas, gritó. No lo consiguió. Con gesto triunfal, la líder le bajó los pantalones. Sintió vergüenza cuando su vientre y sus piernas quedaron al desnudo. Intentó morder las manos que lo sujetaban.

– Mira, pequeño gordinflón, ya va siendo hora de que empieces a adelgazar, ¿me oyes?

La líder tiró después de los calzoncillos y también los bajó.

– ¡Qué pito tan pequeño! -gritó y las demás se reían a carcajadas.

La humillación quemaba como el fuego y se sintió presa del pánico. Cerró los ojos y gritó con todas sus fuerzas hasta que notó que le metían algo blando en la boca y percibió el olor de sus propios calzoncillos. La líder y una de las odiosas apretaban la prenda dentro de su boca.

– Así te callarás de una puta vez -chilló la líder cerrándole la boca con fuerza para que los calzoncillos permanecieran dentro.

Creyó que se iba a ahogar. Le faltaba el aire y pataleaba desesperado bajo sus manos. Todo se volvió negro. A lo lejos oyó una de las voces.

– Déjalo ya. Suéltalo. No puede respirar.

Lo soltaron y oyó cómo desaparecían.

Permaneció un rato tendido con los ojos cerrados, por si se arrepentían y regresaban. Cuando por fin se atrevió a incorporarse, no sabía cuánto tiempo había estado tirado en aquel hoyo. Los calzoncillos y el pantalón estaban allí al lado. Se vistió rápidamente.

Cuando metió la mano en el bolsillo de los pantalones, descubrió que el billete de diez coronas había desaparecido.

Los padres de Helena Hillerström vivían en una zona residencial para gente acomodada, en Stocksund, al norte de Estocolmo. Karin Jacobsson y Anders Knutas habían decidido desplazarse hasta allí personalmente y hablar con ellos. Hans y Agneta Hillerström estaban en casa y el padre les dijo por teléfono que serían bienvenidos.

Ninguno de los dos había estado antes en Stocksund y admiraron aquellas casas enormes rodeadas de amplios jardines. Pasaron por la bahía de Värtan, con sus aguas resplandecientes. Los vecinos de Danderyd, bien vestidos, daban una vuelta por el paseo marítimo. La casa de los Hillerström, de principios de siglo, se encontraba en una colina y estaba rodeada de un jardín enorme. Vislumbraron parte del edificio a través del seto alto de lilas. Les abrió el padre de Helena. Un hombre alto, desgarbado, con poco pelo, aspecto saludable y muchas arrugas en el rostro bronceado y serio.

– Buenos días -saludó algo formal-. Pasad.

Entraron en el vestíbulo, que tenía un techo de imponente altura. Unas columnas enmarcaban la suntuosa escalera de madera que conducía al piso superior.

Karin suspiró para sus adentros. «¡Qué casa!»

Desde el vestíbulo pudieron vislumbrar parte del salón y varias salitas de estar con grandes ventanales corridos que daban al jardín. Enseguida apareció Agneta Hillerström, también alta y delgada, con el cabello de color gris acero y un corte estilo paje que le sentaba muy bien.

Se sentaron en unos cómodos sofás en el salón. Sobre la mesa había unas tacitas de café y una bandeja con pastas. «Son pastas de coco -constató Knutas metiéndose una en la boca-. Qué curioso, este tipo de pastas, de alguna manera, no encaja en este ambiente. Son las pastas que solíamos hacer los gemelos y yo para el cumpleaños de ellos. A los niños les encantaban…»

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