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Nadie lo ha visto

Электронная книга - «Nadie lo ha visto». Краткое содержание книги:

La idílica isla sueca de Gotland se prepara para la temporada turística. Como cada año, Helena, que ahora reside en Estocolmo, vuelve a la isla y celebra con sus amigos el inicio del verano. Pero el buen ambiente que se respira durante la fiesta se acaba de pronto cuando Per, el novio de Helena, tiene un ataque de celos y reacciona de forma violenta. A la mañana siguiente, la joven sale a pasear con su perro por la playa para reflexionar sobre lo ocurrido y desaparece en la densa niebla.
Cuando un vecino descubre su cadáver desnudo y gravemente mutilado, las sospechas recaen inmediatamente sobre Per. Pero algunos días más tarde aparece muerta Frida, una compañera de colegio de Helena, que ha sido asesinada en circunstancias similares. El seguimiento del caso por parte de los medios de comunicación es enorme y el pánico se apodera del pueblo.
El comisario de la policía judicial, Anders Knutas, está convencido de que el autor del crimen es un peligroso asesino en serie, que no dudará en atacar de nuevo. En su acelerada investigación contará con la colaboración no siempre deseada del inquieto periodista Johan Berg.
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Eran las cuatro de la tarde. Su hermana estaba en la cuadra y sus padres no volverían a casa hasta las seis.

El día le había ido mal de verdad. Lo pillaron en el camino desde la escuela hasta su casa. Había sido demasiado confiado. Hacía tanto tiempo que casi había olvidado cómo era. Un cosquilleo en la boca del estómago, mezclado con una pizca de esperanza de que tal vez su situación estuviera cambiando. Le habían dejado en paz, no se habían metido con él en todo el día y, en el recreo, un chico de otra clase incluso habló con él. Habían quedado en que cambiarían cromos de hockey al día siguiente. Cuando cruzó corriendo el patio, después de haberse dado prisa, como siempre, tras la última clase, los odiosos ya estaban allí.

Le cerraron el paso. Intentó escapar. Eran más rápidos. Lo agarraron y lo arrastraron escaleras abajo fuera del gimnasio. Entre la entrada del gimnasio y el hueco de la escalera había un cuartucho que no se utilizaba, y allí lo metieron. El pánico lo sumió en las tinieblas. Unas manos fuertes, secas e implacables le tapaban la boca. Notó el sabor salado de sus propias lágrimas que resbalaban entre aquellos dedos y llegaban a su boca. Dos de ellos le sujetaban los brazos y le tapaban la boca, mientras los otros lo empujaban. Le pellizcaron por todo el cuerpo, le arañaron y mordieron. La cosa se ponía cada vez más fea. Cuando uno de ellos empezó a desabrocharle los pantalones, pensó que iba a morir. Lo agarraron unos brazos fuertes y le obligaron a ponerse a cuatro patas.

Le golpearon en el culo con una cuerda de saltar a la comba. Azotes fuertes y decididos. Se turnaban, de uno en uno. Todos querían darle. Cerró los ojos y trató de pensar en otra cosa. El sol, el mar, los helados italianos. Los días de pesca con el abuelo. Los maltratadores seguían incansables, mientras le escupían insultos. Voces llenas de desprecio. Asqueroso, gordinflón, bola de grasa, cerdo…

Al cabo de un rato no podía respirar. La presión sobre la boca era tan fuerte que le faltaba el aire. Gritaba sin que se le oyera. Aquel grito se le iba a quedar dentro del cuerpo para el resto de su vida.

Sintió algo caliente que le resbalaba por los muslos.

– Joder, qué guarro, se ha meado -oyó que decía uno.

– Nos largamos -decidió otro.

Lo soltaron y desaparecieron del hueco de la escalera. Se derrumbó sobre el suelo de cemento. No sabía cuánto tiempo había permanecido allí. Al fin consiguió ponerse de pie, recoger su ropa y salir. Ya en casa, subió a su habitación. Cerró la puerta. Lloró y gritó alternativamente. Se metió en cama. Le escocía el culo y había empezado a sangrar. Nunca le pegaban en la cara. Suponía que era porque no querían que se notara. En medio de su desesperación, se avergonzaba. Debía de ser un engendro para que lo sometieran a todo aquello. No se atrevía a contárselo a nadie.

– ¡Mamá! -gritaba contra la almohada-. ¡Mamá!

Al mismo tiempo era consciente de que, cuando ella volviera a casa, él se comportaría como siempre. Para entonces ya se habría secado las lágrimas y lavado la cara. Además de beber varios vasos de agua para tranquilizarse. Como en tantas otras ocasiones anteriores, su madre no notaría nada. La odiaba por ello.

Para la conferencia de prensa, la policía local había elegido la sala más grande de que disponían en las dependencias. La sala estaba abarrotada. Ahora, hasta la prensa de los otros países escandinavos se interesaba por el caso del misterioso asesino que tenía en jaque a la policía sueca.

El jefe de la investigación pidió a la prensa que no desvelara la identidad de la víctima. No todos los familiares estaban informados. La policía no había conseguido ponerse en contacto con el hermano, que se encontraba fuera navegando por la costa oeste.

No revelaron nada acerca del inhalador.

Knutas no se había sentido nunca tan agobiado. Estaba muerto de cansancio. Cabreado por haberse quedado sin celebración. Cabreado porque se hubiera producido un nuevo asesinato. Cabreado porque no habían avanzado nada en la investigación. Varias veces tuvo que pedir ayuda a sus compañeros, para que respondieran a las preguntas de los periodistas. Sobre todo, a Karin Jacobsson, pero también a Martin Kihlgárd, quien demostró ser firme como una roca en aquellas situaciones. El comisario se sentía obligado a defender el enorme trabajo que había hecho la policía, a pesar de su absoluto fracaso a la hora de detener al asesino. Las palabras sonaban huecas, incluso en sus oídos. La imagen de Gunilla Olsson muerta se le había quedado grabada en la retina y allí la tuvo fija durante toda la rueda de prensa.

El grupo de periodistas allí reunido hizo todo lo posible por pulverizar los argumentos policiales y criticar el trabajo hecho. Knutas se preguntaba a veces cómo podían soportar los periodistas su profesión; esa actitud siempre crítica; esa búsqueda constante de enfrentamiento; ese concentrarse siempre en lo negativo. ¿Cómo podían soportarse ellos mismos? ¿De qué hablaban durante la comida en sus casas? ¿De la guerra en Oriente Medio? ¿De la situación en Irlanda del Norte? ¿De la unión monetaria? ¿De la política tributaria de Persson?

De repente, sintió un enorme cansancio. Las preguntas zumbaban en el aire como avispones irritados. Perdió la concentración. Se bebió un vaso de agua y logró tranquilizarse.

Por último, los reporteros le solicitaron entrevistas individuales.

Al cabo de dos horas, por fin, había acabado todo. Les dijo a sus colegas que no quería ser molestado y se encerró en su despacho. Cuando se sentó ante su escritorio se sentía casi al borde del llanto. Dios Santo, una persona adulta. Estaba muerto de cansancio y hambriento y se dio cuenta de que sólo había comido un bocadillo entre el desayuno y la comida, interrumpida de aquella forma tan brutal. No era de extrañar que le doliera el estómago de hambre. Telefoneó a su mujer a la casa de veraneo en Lickershamn.

– Ven a casa, cariño. Ya hace un buen rato que se han ido los invitados. La fiesta se nos aguó un poco. Ha sobrado mucha comida. Te prepararé un buen plato de fiesta, y hay cerveza fría. ¿Qué te parece? Vente ya.

La voz suave de su mujer le hacía sentirse pequeño.

Johan respetó el ruego de la policía de no hacer públicos el nombre ni la fotografía de la mujer asesinada, Gunilla Olsson. Ni siquiera expuso que era ceramista. Cuando terminaron su trabajo, Johan y Peter decidieron salir a dar una vuelta, pese a que ya eran más de las doce y estaban rendidos.

Después de todo, era la noche del solsticio de verano, como señaló Peter.

Johan estaba de acuerdo: Había estado varios días llamando a Emma y enviándole SMS, sin recibir respuesta. Seguro que estaba fuera, en alguna pradera estival celebrando la fiesta del verano con la familia al completo. No valía la pena insistir y echarla de menos. Aquello no podía funcionar de ninguna manera. La ausencia le dolía y sólo se podía curar con alcohol. Quería olvidar a Emma, los asesinatos, a su madre deprimida… Sí, al carajo con todo.

Se dirigieron a un bar de la parte baja, en el puerto. Allí la gente estaba de fiesta, sin tener ni idea del último asesinato, o al menos eso parecía. «La mayor parte de la gente tiene cosas mejores que hacer la noche de midsommarafton que ver las noticias», pensó Johan. Por el momento, eran felizmente ignorantes.

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