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Cincuenta Sombras Liberadas

Электронная книга - «Cincuenta Sombras Liberadas». Краткое содержание книги:

La tercera entrega de la exitosa trilogía Cincuenta sombras
Cuando la joven Anastasia conoce al poderoso y enigmático Grey, comienzan un excitante, sensual y atormentado romance. Erótica, entretenida y profundamente conmovedora, la serie Cincuenta sombras es una historia que te cautivará, te poseerá y se quedará contigo por siempre.
Para público adulto.
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– Vamos a ver, ¿qué te voy a hacer? -me susurra. Detiene los dedos en el principio de mis medias-. Me gusta esto -me dice y mete un dedo bajo la media y la va rodeando hasta llegar a la parte interior del muslo. Doy un respingo y vuelvo a retorcerme en su regazo.

Él gruñe desde el fondo de su garganta.

– Te voy a follar mil veces peor que el domingo. Pero tienes que quedarte quieta.

– Oblígame -le desafío con la voz grave y jadeante.

Christian inhala con fuerza. Entorna los ojos y me mira con una expresión excitada y los párpados entrecerrados.

– Oh, señora Grey, solo tiene que pedirlo. -Su mano pasa de la parte de arriba de las medias a mis bragas-. Vamos a quitarte esto. -Tira un poco y yo me muevo para ayudarle. Deja escapar el aire entre los dientes apretados cuando lo hago-. Quieta -me ordena.

– Te estoy ayudando… -me defiendo con un mohín y él me muerde el labio inferior.

– Quieta -repite con voz ronca.

Me baja las bragas por las piernas y me las quita. Me sube la falda hasta que queda toda arrugada en mis caderas. Después me coge de la cintura con las dos manos y me levanta. Todavía tiene mis bragas en la mano.

– Siéntate. A horcajadas -me ordena mirándome intensamente a los ojos.

Hago lo que me pide; me quedo a horcajadas sobre él y le miro provocativa. ¡Vamos a por ello, Cincuenta!

– Señora Grey -me dice en un tono de advertencia-, ¿pretende incitarme? -Me mira divertido pero a la vez excitado. Es una combinación muy seductora.

– Sí, ¿qué vas a hacer al respecto?

Sus ojos se encienden con un placer lujurioso ante mi desafío y yo empiezo a notar su erección debajo de mí.

– Junta las manos detrás de la espalda.

¡Oh! Obedezco y él me ata las manos con mis bragas con una habilidad asombrosa.

– ¡Son mis bragas! Señor Grey, no tiene vergüenza -le regaño.

– No en lo que respecta a usted, señora Grey, pero seguro que ya lo sabía… -Su mirada es intensa y excitante. Me rodea la cintura con las manos y me desplaza para que quede sentada un poco más atrás en su regazo. Le cae agua por el cuello y por el pecho. Quiero agacharme y lamerle las gotas que resbalan, pero atada como estoy resulta difícil.

Christian me acaricia los dos muslos y baja las manos hasta mis rodillas. Suavemente me las separa un poco más y abre un espacio entre las suyas para que quede encajada en esa posición. Sus dedos empiezan a ocuparse de mi blusa.

– No creo que vayamos a necesitar esto -dice y empieza a desabrochar mecánicamente los botones de la blusa húmeda que tengo pegada al cuerpo.

No aparta su mirada de la mía. Se toma su tiempo en la tarea y sus ojos se oscurecen cada vez más según se acerca al final. El pulso se me acelera y mi respiración se vuelve superficial. No me lo puedo creer. Casi no me ha tocado y ya estoy así: excitada, necesitada… preparada. Quiero retorcerme. Me deja la blusa húmeda abierta. Me acaricia la cara con las dos manos y su pulgar me roza el labio inferior. De repente me mete el pulgar en la boca.

– Chupa -me ordena poniendo énfasis en la CH. Cierro la boca alrededor del dedo y hago exactamente lo que me ha pedido. Oh, me gusta este juego. Sabe bien. ¿Qué otra cosa podría chuparle? Los músculos de mi vientre se tensan solo de pensarlo. Él abre los labios cuando le rozo con los dientes y después le muerdo la yema del pulgar.

Gime, saca lentamente el pulgar húmedo de mi boca y lo baja por la barbilla, la garganta y el esternón. Engancha con él una de las copas de mi sujetador y tira de ella hacia abajo, liberando mi pecho.

Su mirada nunca se separa de la mía. Está observando todas las reacciones que su contacto provoca en mí y yo le observo a él. Es muy excitante. Devorador. Posesivo. Me encanta. Empieza a hacer lo mismo con la otra mano, de forma que en un segundo tengo ambos pechos libres. Me cubre los dos con las manos y me pasa los pulgares sobre los pezones rodeándolos muy lentamente, provocándolos y excitándolos hasta que los dos se endurecen y se dilatan por su hábil contacto. Intento con todas mis fuerzas no moverme, pero parece que mis pezones están conectados con mi entrepierna y no puedo evitar gemir y echar atrás la cabeza hasta que finalmente cierro los ojos y me rindo a esa tortura tan dulce.

– Chis… -El sonido que emite Christian está en total contradicción con sus caricias y el ritmo constante y sostenido de sus diestros dedos-. Quieta, nena, quieta…

Deja un pecho y me coloca la mano extendida sobre la nuca. Se inclina hacia delante, se mete en la boca el pezón que acaba de descuidar su mano y lo chupa con fuerza. Su pelo mojado me hace cosquillas. Al mismo tiempo deja de acariciar el otro pezón y en su lugar lo coge entre el pulgar y el índice y lo gira suavemente y después tira.

– ¡Ah! ¡Christian! -gimo y siento que mi cadera da una sacudida. Pero él no se detiene. Sigue con su provocación lenta, pausada y desesperante. Mi cuerpo empieza a arder cuando el placer me invade.

– Christian, por favor -gimo.

– Mmm… -ronronea-. Quiero que te corras así. -Mi pezón logra un respiro mientras sus palabras me acarician la piel. Es como si estuviera dirigiéndose a una parte profunda y oscura de mi mente que solo él conoce. Cuando retoma lo que estaba haciendo, con los dientes esta vez, el placer es casi intolerable. Gimo muy alto, me revuelvo en su regazo e intento lograr algo de fricción contra sus pantalones. Tiro de las bragas que me atan sin conseguir nada. Quiero tocarle, pero me pierdo… me pierdo en esta traicionera sensación.

– Por favor… -le susurro de nuevo suplicante y el placer me llena el cuerpo desde el cuello hasta las piernas y los dedos de los pies, tensándolo todo a su paso.

– Tienes unos pechos preciosos, Ana -gime-. Algún día te los tengo que follar.

¿Qué demonios significa eso? Abro los ojos y le miro con la boca abierta mientras sigue chupando. Mi piel responde a su contacto. Ya no siento la blusa húmeda ni su pelo mojado. No siento nada aparte del fuego. Arde deliciosamente con un calor que nace de lo más profundo de mi interior. Todos los pensamientos desaparecen cuando mi cuerpo se tensa y los músculos aprietan… listos, muy cerca… buscando la liberación. Él no se detiene, no deja de chupar y de tirar, volviéndome loca. Quiero… quiero…

– Déjate ir -jadea Christian.

Y yo lo hago, bien alto, mi orgasmo haciéndome estremecer el cuerpo. Entonces él para esa tortura tan dulce y me abraza apretándome contra él a la vez que mi cuerpo entra en la espiral del clímax. Cuando por fin abro los ojos, tengo la cabeza apoyada en su pecho y él me está contemplando.

– Dios, cómo me gusta ver cómo te corres, Ana. -Suena maravillado.

– Eso ha sido… -Me faltan las palabras.

– Lo sé. -Se acerca a mí y me besa, todavía con la mano en mi nuca, sujetándome la cabeza ladeada para poder darme un beso profundo, lleno de amor y de veneración.

Me vuelvo a perder en ese beso.

Se aparta para respirar y sus ojos tienen ahora el color de una tormenta tropical.

– Ahora te voy a follar con fuerza -murmura.

Madre mía. Me agarra por la cintura, me levanta de entre sus muslos y me sienta más cerca de sus rodillas. Con la mano derecha se desabrocha el botón de los pantalones azul marino y con la izquierda me acaricia el muslo arriba y abajo, parándose cada vez que llega al borde de las medias. Me está mirando fijamente. Estamos cara a cara y yo estoy indefensa, atada y en sujetador y medias. Creo que este es uno de nuestros momentos más íntimos; aquí, cerca, sentada en su regazo, mirando sus hermosos ojos grises. Me hace sentir un poco descarada y a la vez muy conectada con él; no siento ni vergüenza ni timidez. Es Christian, mi marido, mi amante, mi megalómano dominante, mi Cincuenta… el amor de mi vida. Se baja la cremallera y a mí se me seca la boca al ver aparecer su erección, libre al fin.

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