Cincuenta Sombras Liberadas
- Автор: Джеймс Эрика Леонард
- Серия: Cincuenta Sombras #3
- Год: 2012
- Язык: испанский
- Жанр: Романы для взрослых
Электронная книга - «Cincuenta Sombras Liberadas». Краткое содержание книги:
Cuando la joven Anastasia conoce al poderoso y enigmático Grey, comienzan un excitante, sensual y atormentado romance. Erótica, entretenida y profundamente conmovedora, la serie Cincuenta sombras es una historia que te cautivará, te poseerá y se quedará contigo por siempre.
Para público adulto.
– No -le susurro-. Me estoy comportando como una tonta. Es que hoy… tú… -Todas las emociones en conflicto de antes vuelven a salir a la superficie. ¿Cómo puedo explicarle lo confusa que estoy? Me ha desconcertado y frustrado su comportamiento de esta tarde en mi despacho. En un momento me estaba pidiendo que me quedara en casa y poco después me estaba regalando una empresa. ¿Cómo voy a entenderle?
– ¿Qué pasa conmigo?
– Oh, Christian -me tiembla el labio inferior-, estoy intentando adaptarme a esta nueva vida que nunca había imaginado que llegaría a vivir. Todo me lo has puesto en bandeja: el trabajo, a ti… Tengo un marido guapísimo al que nunca, nunca habría creído que podría querer de un modo tan fuerte, tan rápido, tan… indeleble. -Inspiro hondo para calmarme y él se queda boquiabierto-. Pero eres como un tren de mercancías y no quiero que me arrolles, porque entonces la chica de la que te enamoraste acabará desapareciendo, aplastada. ¿Y qué quedará? Una radiografía social vacía que va de una organización benéfica a otra. -Vuelvo a detenerme, luchando por encontrar las palabras para expresar cómo me siento-. Y ahora quieres que sea la presidenta de una empresa, algo que nunca ha pasado por mi cabeza. Voy rebotando de una cosa a otra, sin comprender, pasándolo mal. Primero me quieres en casa. Después quieres que dirija una empresa. Es todo muy confuso. -Me detengo al fin, con las lágrimas a punto de caer y reprimo un sollozo-. Tienes que dejarme tomar mis propias decisiones, asumir mis propios riesgos y cometer mis propios errores y aprender de ellos. Tengo que aprender a andar antes de echar a correr, Christian, ¿no te das cuenta? Necesito un poco de independencia. Eso es lo que significa mi nombre para mí. -Por fin… Eso es lo que quería decirle esta tarde.
– ¿Sientes que te voy a arrollar? -me pregunta en un susurro.
Asiento.
Cierra los ojos, inquieto.
– Solo quiero darte todo lo del mundo, Ana, cualquier cosa, todo lo que quieras. Y salvarte de todo también. Mantenerte a salvo. Pero también quiero que todo el mundo sepa que eres mía. Me ha entrado el pánico cuando he visto tu correo. ¿Por qué no has hablado conmigo de lo de tu apellido?
Me sonrojo. Tiene parte de razón.
– Lo pensé cuando estábamos de luna de miel, y, bueno… no quería pinchar la burbuja. Y después se me olvidó. Me acordé ayer por la noche, pero pasó lo de Jack… Me distraje. Lo siento, debería haberlo hablado contigo, pero no conseguí encontrar un buen momento.
La intensa mirada de Christian me pone nerviosa. Es como si estuviera intentando meterse en mi cabeza, pero no dice nada.
– ¿Por qué te entró el pánico? -le pregunto.
– No quiero que te escapes entre mis dedos.
– Por Dios, Christian, no voy a ir a ninguna parte. ¿Cuándo te vas a meter eso en tu dura mollera? Te. Quiero -digo agitando una mano en el aire como él hace algunas veces para dar énfasis a lo que dice-. Más que… «a la luz, al espacio y a la libertad».
Abre unos ojos como platos.
– ¿Con el amor de una hija? -me sonríe irónico.
– No. -Río a pesar de todo-. Es que es la única cita que se me ha ocurrido.
– ¿La del loco rey Lear?
– El muy amado y loco rey Lear. -Le acaricio la cara y él agradece mi contacto cerrando los ojos-. ¿Te cambiarías tú el apellido y te pondrías Christian Steele para que todo el mundo supiera que eres mío?
Christian abre los ojos bruscamente y me mira como si acabara de decir que la tierra es plana. Frunce el ceño.
– ¿Que soy tuyo? -susurra como probando el sonido de las palabras.
– Mío.
– Tuyo -me dice repitiendo las palabras que dijimos en el cuarto de juegos ayer-. Sí, lo haría. Si eso significara tanto para ti.
Oh, madre mía…
– ¿Tanto significa para ti?
– Sí -dice sin dudarlo.
– Está bien. -Lo voy a hacer por él. Para darle la seguridad que sigue necesitando.
– Creía que ya me habías dicho que sí.
– Sí, lo hice, pero ahora lo hemos hablado mejor y estoy más contenta con mi decisión.
– Oh -murmura sorprendido. Después sonríe con esa preciosa sonrisa juvenil que me deja sin aliento. Me agarra por la cintura y me hace girar. Yo chillo y empiezo a reírme; no sé si está feliz, aliviado o… ¿qué?
– Señora Grey, ¿sabe lo que esto significa para mí?
– Ahora sí lo sé.
Se inclina y me da un beso mientras enreda los dedos en mi pelo para que me quede quieta.
– Significa mil veces peor que el domingo -me dice junto a mis labios y me acaricia la nariz con la suya.
– ¿Tú crees? -le pregunto apartándome un poco para mirarle.
– Has hecho ciertas promesas… Si se hace una oferta, después hay que aceptar el trato -me dice y sus ojos brillan con un placer malicioso.
– Mmm… -Todavía estoy dudosa, intentando descubrir cuál es su humor ahora.
– ¿No tendrás intención de faltar a una promesa que me has hecho? -me pregunta inseguro con una mirada especulativa-. Tengo una idea -añade.
Oh, qué perversión se le habrá ocurrido…
– Hay un asunto importante del que tenemos que ocuparnos -continúa de repente muy serio-. Sí, señora Grey, un asunto de gran importancia.
Un momento… Se está riendo de mí.
– ¿Qué? -le pregunto.
– Necesito que me cortes el pelo. Aparentemente lo llevo demasiado largo y a mi mujer no le gusta.
– ¡Yo no puedo cortarte el pelo!
– Sí que puedes. -Christian sonríe y sacude la cabeza de forma que el pelo demasiado largo le tapa los ojos.
– Bueno, creo que la señora Jones tiene unos tazones… -Río.
Él también se ríe.
– Vale, entendido. Le diré a Franco que me lo corte.
¡No! Franco trabaja para la bruja… Quizá yo pueda cortárselo un poco. Lo he hecho con Ray durante años y él nunca se quejó.
– Vamos -le digo cogiéndole la mano.
Él me mira con los ojos muy abiertos. Le llevo hasta el baño, donde le suelto la mano para coger la silla blanca de madera que hay en un rincón. La coloco delante del lavabo. Cuando miro a Christian veo que él me está contemplando con una diversión que no puede ocultar, los pulgares metidos en las trabillas del cinturón de sus pantalones y los ojos ardientes.
– Siéntate -le digo señalando la silla vacía e intentando mantener mi ventaja momentánea.
– ¿Me vas a lavar el pelo?
Asiento. Arquea una ceja por la sorpresa y durante un momento creo que se va a echar atrás.
– Vale. -Se desabrocha lentamente los botones de la camisa blanca, empezando por el que tiene bajo la garganta. Sus dedos diestros se ocupan de un botón cada vez hasta que se abre toda la camisa.
Oh, Dios mío… La diosa que llevo dentro se detiene en mitad de su vuelta de honor al estadio.
Christian me tiende uno de sus puños en un gesto que indica «suéltamelo tú» y su boca esboza esa media sonrisa tan sexy y desafiante que a él se le da tan bien.
Oh, los gemelos. Le cojo la muñeca y le quito el primero, un disco de platino con sus iniciales grabadas en una sencilla letra bastardilla. Después le quito el otro. Cuando lo hago le miro y su expresión divertida ha desaparecido para dejar paso a algo más excitante… mucho más excitante. Estiro los brazos y le bajo la camisa por los hombros, dejando que caiga al suelo.
– ¿Listo? -le susurro.
– Para lo que tú quieras, Ana.
Mis ojos abandonan los suyos y bajan hasta sus labios separados para poder inspirar más profundamente. Esculpidos, cincelados o lo que sea… Tiene una boca increíble y sabe más que de sobra qué hacer con ella. Me doy cuenta de que me estoy acercando para besarle.
– No -me dice y coloca las dos manos sobre mis hombros-. Si sigues por ahí, no llegarás a cortarme el pelo.
¡Oh!
– Quiero que lo hagas -continúa, y su mirada es directa y sincera por alguna razón que no me explico. Eso me desarma.