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Cincuenta Sombras Liberadas

Электронная книга - «Cincuenta Sombras Liberadas». Краткое содержание книги:

La tercera entrega de la exitosa trilogía Cincuenta sombras
Cuando la joven Anastasia conoce al poderoso y enigmático Grey, comienzan un excitante, sensual y atormentado romance. Erótica, entretenida y profundamente conmovedora, la serie Cincuenta sombras es una historia que te cautivará, te poseerá y se quedará contigo por siempre.
Para público adulto.
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– Creo que voy a tener que ir a Nueva York a finales de semana. -El anuncio de Christian interrumpe mis pensamientos.

– Oh.

– Solo voy a pasar una noche. Y quiero que vengas conmigo.

– Christian, yo no puedo pedir el día libre.

Me mira como diciendo: ¿tú crees, teniendo en cuenta que yo soy el jefe?

Suspiro.

– Sé que la empresa es tuya, pero he estado fuera tres semanas. ¿Cómo puedes esperar que dirija el negocio si nunca estoy? Estaré bien aquí. Supongo que te llevarás a Taylor, pero Sawyer y Ryan se quedarán aquí… -Me interrumpo porque Christian me está sonriendo-. ¿Qué?

– Nada. Solo tú -dice.

Frunzo el ceño. ¿Se está riendo de mí? Entonces se me ocurre algo preocupante.

– ¿Cómo vas a ir a Nueva York?

– En el jet de la empresa, ¿por qué?

– Solo quería estar segura de que no ibas a coger a Charlie Tango -le digo en voz baja y un escalofrío me recorre la espalda. Recuerdo la última vez que pilotó ese helicóptero y siento una oleada de náuseas al evocar las tensas horas que pasé esperando noticias. Probablemente ese ha sido el peor momento de mi vida. Noto que la señora Jones también se ha quedado muy quieta. Intento olvidarme de eso.

– No iría a Nueva York con Charlie Tango. El helicóptero no puede recorrer esas distancias. Además, todavía tiene que estar dos semanas más en reparación.

Gracias a Dios. Sonrío, en parte por el alivio, pero también porque sé que el accidente de Charlie Tango ha ocupado los pensamientos y el tiempo de Christian durante las últimas semanas.

– Bueno, me alegro de que ya casi esté arreglado, pero… -No acabo la frase. ¿Puedo decir lo nerviosa que me pone que vuelva a volar?

– ¿Qué? -me pregunta mientras se termina su tortilla.

Me encojo de hombros.

– ¿Ana? -pregunta con la voz tensa.

– Es que… ya sabes. La última vez que volaste con el helicóptero… Creí, creímos que… -No puedo acabar la frase y la expresión de Christian se suaviza.

– Oye… -Me acaricia la cara con el dorso de los nudillos-. Fue un sabotaje. -Algo oscuro cruza por su cara y durante un momento me pregunto si ya sabrá quién fue el responsable.

– No podría soportar perderte -le susurro.

– He despedido a cinco personas por eso, Ana. No volverá a pasar.

– ¿A cinco?

Asiente con expresión seria. Vaya…

– Eso me recuerda algo… He encontrado un arma en tu escritorio.

Frunce el ceño ante la falta de lógica de mi asociación y probablemente por mi tono acusatorio, aunque no era esa mi intención.

– Es de Leila -me dice por fin.

– Está cargada.

– ¿Cómo lo sabes? -Su ceño se hace más pronunciado.

– Lo comprobé ayer.

– No quiero que tengas nada que ver con armas -me regaña-. Espero que volvieras a ponerle el seguro.

Parpadeo, momentáneamente estupefacta.

– Christian, ese revolver no tiene seguro. ¿Sabes algo de armas?

Christian abre mucho los ojos.

– Eh… no.

Taylor tose discretamente desde la entrada. Christian asiente.

– Tenemos que irnos -dice Christian. Se levanta distraído y después se pone la chaqueta. Le sigo en dirección al pasillo.

Tiene el arma de Leila. Estoy desconcertada por esa información y me pregunto qué le habrá pasado a ella. ¿Seguirá en… dónde era? ¿East algo? ¿New Hampshire? No me acuerdo.

– Buenos días, Taylor -saluda Christian.

– Buenos días señor Grey. Señora Grey. -Nos saluda con la cabeza a ambos, pero procura no mirarme a los ojos. Se lo agradezco, al recordar lo poco vestida que iba anoche cuando me lo encontré.

– Voy a lavarme los dientes -les digo. Christian siempre se lava los dientes antes de desayunar, no comprendo por qué…

– Deberías pedirle a Taylor que te enseñe a disparar -le sugiero a Christian mientras bajamos en el ascensor. Christian me mira divertido.

– ¿Tú crees? -me dice cortante.

– Sí.

– Anastasia, odio las armas. Mi madre ha tenido que coser a demasiadas víctimas de armas de fuego y mi padre está totalmente en contra de las armas. Yo he crecido con esos valores. He apoyado al menos dos iniciativas para el control de armas en Washington.

– Oh, ¿y Taylor lleva un arma?

Christian aprieta los labios.

– A veces.

– ¿No lo apruebas? -le pregunto al salir del ascensor.

– No -dice con los labios apretados-. Digamos que Taylor y yo tenemos diferentes puntos de vista en lo que respecta al control de armas.

Pues yo creo que estoy con Taylor en ese tema…

Christian me abre la puerta del vestíbulo y salgo en dirección al coche. No me ha dejado ir sola en coche a la editorial desde que descubrió que lo de Charlie Tango había sido un sabotaje. Sawyer me sonríe amablemente mientras me sujeta la puerta y Christian sube al coche por el otro lado.

– Por favor -le digo extendiendo el brazo y cogiéndole la mano.

– ¿Por favor, qué?

– Aprende a disparar.

Pone los ojos en blanco.

– No. Fin de la discusión, Anastasia.

Y de nuevo me convierto en la niña a la que regaña. Abro la boca para responderle algo cortante, pero decido que no quiero empezar el día de trabajo enfadada. Cruzo los brazos y miro a Taylor, que me observa por el retrovisor. Aparta la vista y se concentra en la carretera, pero niega con la cabeza con evidente frustración. Veo que Christian también le saca de quicio a veces. La idea me hace sonreír y eso mejora mi humor.

– ¿Dónde está Leila? -le pregunto a Christian, que mira distraído por la ventanilla.

– Ya te lo he dicho. En Connecticut con su familia -me dice mirándome.

– ¿Lo has comprobado? Después de todo, tiene el pelo largo. Podría ser ella la que conducía el Dodge.

– Sí, lo he comprobado. Se ha inscrito en una escuela de arte en Hamden. Ha empezado esta semana.

– ¿Has hablado con ella? -le pregunto. Toda la sangre ha abandonado mi cara.

Christian vuelve la cabeza para mirarme al notar el tono de mi voz.

– No. Flynn es quien ha hablado con ella. -Estudia mi cara para saber qué estoy pensando.

– Ah -digo aliviada.

– ¿Qué?

– Nada.

Christian suspira.

– ¿Qué te pasa, Ana?

Me encojo de hombros porque no quiero admitir que tengo celos irracionales.

– La tengo vigilada -continúa Christian- para estar seguro de que se queda en su parte del país. Está mejor, Ana. Flynn la ha derivado a un psiquiatra en New Haven y todos los informes son positivos. Siempre le ha interesado el arte, así que… -Se detiene y me observa. Y en ese momento me surge la sospecha de que él es quien paga ese curso de arte. ¿Quiero saberlo? ¿Debería preguntarle? No es que no pueda permitírselo, pero ¿por qué se siente obligado? Suspiro. El equipaje de Christian no se parece nada a mi Bradley Kent de la clase de biología y sus torpes intentos de darme un beso. Christian me coge la mano.

– No te agobies por eso, Anastasia -murmura y yo le aprieto la mano para tranquilizarle. Sé que está haciendo lo que cree que es mejor.

A media mañana tengo un descanso entre reuniones. Cuando cojo el teléfono para llamar a Kate, veo que tengo un correo de Christian.

De: Christian Grey

Fecha: 23 de agosto de 2011 09:54

Para: Anastasia Grey

Asunto: Halagos

Señora Grey:

Me han alabado tres veces mi nuevo corte de pelo. Que los miembros de mi personal me hagan ese tipo de observaciones es algo que no había ocurrido nunca antes. Debe de ser por la ridícula sonrisa que se me pone cuando pienso en lo de anoche. Es una mujer maravillosa, preciosa y con muchos talentos.

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