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Cincuenta Sombras Liberadas

Электронная книга - «Cincuenta Sombras Liberadas». Краткое содержание книги:

La tercera entrega de la exitosa trilogía Cincuenta sombras
Cuando la joven Anastasia conoce al poderoso y enigmático Grey, comienzan un excitante, sensual y atormentado romance. Erótica, entretenida y profundamente conmovedora, la serie Cincuenta sombras es una historia que te cautivará, te poseerá y se quedará contigo por siempre.
Para público adulto.
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– ¡Ah! Deberíamos limpiar un poco esto. -Hay pelos por todo el suelo.

Christian frunce el ceño como si eso no se le hubiera pasado por la cabeza.

– Vale, voy por la escoba -dice-. No quiero que andes por ahí avergonzando al personal con ese atuendo tan inapropiado que llevas.

– Pero ¿sabes dónde está la escoba? -le pregunto inocentemente.

Christian se queda parado.

– Eh… no.

Río.

– Ya voy yo.

Cuando me meto en la cama y mientras espero que Christian venga también, pienso en el final tan diferente que podía haber tenido este día. Estaba tan enfadada con él antes y él conmigo… ¿Cómo puedo tratar esa tontería de que quiere que yo dirija una empresa? No deseo dirigir una empresa. Yo no soy él. Tengo que pararlo ya. Tal vez deberíamos tener una palabra de seguridad para los momentos en que él sea demasiado dominante y autoritario, para cuando sea petulante… Suelto una risita. Tal vez esa precisamente debería ser la palabra de seguridad: petulante. Me gusta la idea.

– ¿Qué? -me dice al entrar en la cama a mi lado, llevando solo los pantalones del pijama.

– Nada. Una idea.

– ¿Qué idea? -Se estira en la cama a mi lado.

Ahí va…

– Christian, creo que no quiero dirigir una empresa.

Se apoya sobre uno de los codos y me mira.

– ¿Por qué dices eso?

– Porque es algo que nunca me ha llamado la atención.

– Eres más que capaz de hacerlo, Anastasia.

– Me gusta leer, Christian. Dirigir una empresa me apartaría de eso.

– Podrías ser una directiva creativa.

Frunzo el ceño.

– Mira -continúa-, dirigir una empresa que funciona se basa en aprovechar el talento de los individuos que tienes a tu disposición. Ahí es donde está tu talento y tus intereses; luego estructuras la empresa para permitir que puedan hacer su trabajo. No lo rechaces sin pensarlo, Anastasia. Eres una mujer muy capaz. Creo que podrías hacer lo que quisieras solo con proponértelo.

Vaya… ¿Cómo puede saber que eso se me daría bien?

– Me preocupa que me ocupe demasiado tiempo.

Christian frunce el ceño de nuevo.

– Tiempo que podría dedicarte a ti -digo sacando mi arma secreta.

Su mirada se oscurece.

– Sé lo que te propones -susurra divertido.

¡Mierda!

– ¿Qué? -pregunto con fingida inocencia.

– Estás intentando distraerme del tema que tenemos entre manos. Siempre lo haces. No rechaces la idea todavía, Ana. Piénsatelo. Solo te pido eso. -Se inclina y me da un beso casto y después me acaricia la mejilla con el pulgar. Esta discusión va para largo. Le sonrío y de repente algo que ha dicho antes me viene a la cabeza sin saber cómo.

– ¿Puedo preguntarte algo? -digo con voz suave y tentadora.

– Claro.

– Antes has dicho que si estaba enfadada contigo, que te lo hiciera pagar en la cama. ¿Qué querías decir?

Se queda quieto.

– ¿Tú qué crees que quería decir?

Dios, ahora tengo que decirlo…

– Que quieres que te ate.

Levanta ambas cejas por el asombro.

– Eh… no. No era eso lo que quería decir en absoluto.

– Oh. -Me sorprende la ligera decepción que siento.

– ¿Quieres atarme? -me pregunta porque obviamente ha identificado mi expresión correctamente. Suena alucinado. Me ruborizo.

– Bueno…

– Ana, yo… -No acaba la frase y algo oscuro cruza por su cara.

– Christian… -susurro alarmada. Me muevo para quedar tumbada de lado y apoyada en un codo como él. Le acaricio la cara. Tiene los ojos muy abiertos y llenos de miedo. Sacude la cabeza con tristeza. ¡Mierda!-. Christian, para. No importa. Solo creía que querías decir eso.

Me coge la mano y se la pone sobre el corazón, que le late con fuerza. ¡Joder! ¿Qué pasa?

– Ana, no sé cómo me sentiría si estuviera atado y tú me tocaras…

Se me eriza el vello. Es como si me estuviera confesando algo profundo y oscuro.

– Todo esto es demasiado nuevo todavía -dice en voz baja y ronca.

Joder. Solo era una idea. Soy consciente de que él está avanzando bastante, pero todavía le queda mucho. Oh, Cincuenta, Cincuenta, Cincuenta… La ansiedad me atenaza el corazón. Me inclino y él se queda petrificado, pero yo le doy un beso en la comisura de la boca.

– Christian, no te he entendido bien. No te preocupes por eso. No lo pienses, por favor. -Le doy un beso más apasionado. Él cierra los ojos, gruñe y responde a mi beso. Después me empuja contra el colchón y me agarra la barbilla con las manos. Y en unos momentos los dos estamos perdidos… Perdidos el uno en el otro una vez más.

9

Cuando me despierto antes de que suene el despertador a la mañana siguiente, Christian está enroscado sobre mi cuerpo como una planta de hiedra: la cabeza sobre mi pecho, el brazo alrededor de mi cintura y una pierna entre las mías. Además está en mi lado de la cama. Siempre pasa lo mismo. Si discutimos la noche anterior, así es como acaba: retorcido sobre mi cuerpo, dándome calor y restringiéndome los movimientos.

Oh, Cincuenta… Tiene tantas necesidades a ese nivel. Quién lo habría creído… La imagen de Christian como un niño sucio y desgraciado me viene a la mente. Le acaricio el pelo más corto y mi melancolía se va desvaneciendo. Él se mueve y sus ojos somnolientos se encuentran con los míos. Parpadea un par de veces mientras se va despertando.

– Hola -susurra y sonríe.

– Hola. -Me encanta ver esa sonrisa por la mañana.

Me acaricia los pechos con la nariz y emite un sonido de satisfacción desde el fondo de su garganta. Su mano va bajando desde mi cintura por encima de la fresca seda de mi camisón.

– Eres un bocado tentador -susurra-. Pero por muy tentadora que seas -dice mirando el despertador-, tengo que levantarme. -Se estira, se desenreda de mi cuerpo y se levanta.

Yo me tumbo, pongo las manos detrás de la cabeza y disfruto del espectáculo: Christian desnudándose para meterse en la ducha. Es perfecto. No le cambiaría ni un pelo de la cabeza.

– ¿Admirando la vista, señora Grey? -Christian arquea una ceja burlona.

– Es que es una vista terriblemente bonita, señor Grey.

Sonríe y me tira los pantalones del pijama, que casi aterrizan en mi cara pero consigo cogerlos en el aire a tiempo, riendo como una colegiala. Con una sonrisa perversa aparta el edredón, pone una rodilla en la cama, me coge los tobillos y tira de mí haciendo que se me suba el camisón. Chillo mientras él va subiendo por mi cuerpo, dándome besos desde la rodilla, por el muslo, siguiendo por… Oh, Christian…

– Buenos días, señora Grey -me saluda la señora Jones. Me ruborizo, avergonzada al recordar su encuentro con Taylor que presencié anoche.

– Buenos días -le respondo. Ella me pasa una taza de té. Me siento en un taburete al lado de mi marido, que está radiante: recién duchado, con el pelo húmedo, una camisa blanca recién planchada y la corbata gris plateado. Mi corbata favorita. Tengo muy buenos recuerdos de esa corbata.

– ¿Qué tal está, señora Grey? -me pregunta con la mirada tierna.

– Creo que ya lo sabe, señor Grey -le digo mirándole a través de las pestañas.

Él sonríe.

– Come -me ordena-. Casi no cenaste ayer.

¡Oh, mi Cincuenta, siempre tan mandón!

– Eso es porque tú estabas siendo petulante.

A la señora Jones se le cae algo en el fregadero y el ruido me sobresalta. Christian parece ajeno al ruido; ignorándolo, se me queda mirando impasible.

– Petulante o no, tú come. -Su tono es serio y no tengo intención de discutir con él.

– Vale. Ya cojo la cuchara y me como los cereales -digo como una adolescente irascible. Extiendo el brazo para coger el yogur griego y me echo unas cucharadas en los cereales. Después le incorporo un puñado de arándanos. Miro a la señora Jones y nuestras miradas se encuentran. Le sonrío y ella me responde con una sonrisa cariñosa. Me ha preparado mi desayuno favorito, el que descubrí durante la luna de miel.

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