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Cincuenta Sombras Liberadas

Электронная книга - «Cincuenta Sombras Liberadas». Краткое содержание книги:

La tercera entrega de la exitosa trilogía Cincuenta sombras
Cuando la joven Anastasia conoce al poderoso y enigmático Grey, comienzan un excitante, sensual y atormentado romance. Erótica, entretenida y profundamente conmovedora, la serie Cincuenta sombras es una historia que te cautivará, te poseerá y se quedará contigo por siempre.
Para público adulto.
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– ¿Bailas conmigo? -me pregunta.

– ¿Con esto? Es un réquiem… -digo escandalizada.

– Sí. -Me atrae hacia sus brazos y me rodea con ellos, enterrando la nariz en mi pelo y balanceándose lentamente de lado a lado. Huele tan bien como siempre… a Christian.

Oh… Le echaba de menos. Le abrazo y me esfuerzo por reprimir la necesidad de llorar. ¿Por qué eres tan irritante?

– Odio pelear contigo -me susurra.

– Bueno, pues deja de ser tan petulante.

Ríe y ese sonido cautivador reverbera en su pecho. Me abraza más fuerte.

– ¿Petulante?

– Imbécil.

– Prefiero petulante.

– Es normal. Te pega.

Ríe una vez más y me besa en el pelo.

– ¿Un réquiem? -pregunto un poco desconcertada por que estemos bailando eso.

Se encoge de hombros.

– Es una música preciosa, Ana.

Taylor tose discretamente desde la entrada y Christian me suelta.

– Ha llegado la señorita Matteo -anuncia.

Oh, qué alegría…

– Que pase -le dice Christian y me coge la mano cuando Gia Matteo entra en la habitación.

8

Gia Matteo es un mujer guapa; una mujer alta y muy guapa. Lleva el pelo corto de peluquería, con unas capas perfectas y peinado en una sofisticada corona. Se ha puesto un traje pantalón gris claro: unos pantalones de sport y una chaqueta ajustada que abrazan sus generosas curvas. Su ropa parece cara. En la base de su cuello brilla un solo diamante que va a juego con los pendientes de un quilate que lleva en las orejas. Va muy bien arreglada. Es una de esas mujeres de buena familia que crecieron con dinero. Pero su educación de buena familia se le ha olvidado esta noche. Lleva la blusa azul claro demasiado desabrochada. Igual que yo. Me ruborizo.

– Christian. Ana -saluda con una sonrisa que muestra unos dientes blancos perfectos y tiende una mano con una manicura cuidada primero a Christian y después a mí. Es un poquito más baja que Christian, pero lleva unos tacones increíbles.

– Gia -la saluda Christian educadamente.

Yo sonrío con frialdad.

– Qué bien se os ve después de la luna de miel -dice amablemente y mira con sus ojos castaños a Christian a través de sus largas pestañas llenas de rimel.

Christian me rodea con el brazo y me acerca a él.

– Lo hemos pasado de maravilla, gracias. -Me da un beso rápido en la sien que me pilla por sorpresa.

¿Ves? Es mío. Irritante, exasperante incluso… pero mío. Yo sonrío. Ahora mismo te quiero mucho, Christian Grey. Yo también le rodeo la cintura con el brazo, meto la mano en el bolsillo de atrás de su pantalón y le doy un apretón en el culo. Gia nos sonríe sin ganas.

– ¿Habéis podido echarle un vistazo a los planos?

– Sí -le confirmo. Miro a Christian, que me devuelve la mirada con una ceja levantada, divertido. ¿Qué es lo que le divierte? ¿Mi reacción ante Gia o que le haya tocado el culo?

– Acompáñanos, por favor -le dice Christian-. Tenemos aquí los planos -añade señalando la mesa de comedor. Me coge la mano y nos dirigimos a la mesa, con Gia detrás.

Por fin recuerdo que tengo modales.

– ¿Te apetece algo de beber? -le pregunto-. ¿Una copa de vino?

– Oh, sí, fantástico -dice Gia-. Blanco seco, si tienes.

¡Mierda! Sauvignon blanc. Eso es un blanco seco, ¿no? Apartándome de mi marido a regañadientes, voy a la cocina. Oigo el sonido del iPod cuando Christian enciende la música.

– ¿Tú quieres más vino, Christian? -le digo desde la cocina.

– Sí, por favor, nena -dice con voz suave y sonriéndome. Uau… Puede ser tan perfecto a veces y tan insoportable otras…

Me estiro para abrir el armario y noto que Christian me está mirando. Tengo la extraña sensación de que Christian y yo estamos haciendo una representación, jugando a algo, pero esta vez desde el mismo bando y nos enfrentamos a la señorita Matteo. ¿Sabe que a ella le atrae y lo está haciendo a propósito para que lo vea? Siento una oleada de placer cuando entiendo que está intentando que me sienta segura. O tal vez le esté mandando a esa mujer un mensaje alto y claro de que ya está pillado.

Mío. Sí, zorra… mío. La diosa que llevo dentro se ha puesto el traje de gladiadora y ha decidido que no va a hacer prisioneros. Sonriendo para mí cojo tres copas del armario, la botella de sauvignon blanc del frigorífico y lo pongo todo en la barra para el desayuno. Gia está inclinada sobre la mesa y Christian de pie a su lado señalándole algo de los planos.

– Creo que Ana tiene alguna objeción acerca de la pared de cristal, pero en general los dos estamos encantados con las ideas que nos has presentado.

– Oh, me alegro -dice Gia, visiblimente aliviada, y al decirlo le toca el brazo a Christian en un gesto coqueto. Christian se tensa de inmediato de forma sutil. Ella no parece notarlo. Déjale tranquilo ahora mismo. No le gusta que le toquen…

Dando un paso para alejarse y quedar fuera de su alcance, Christian se vuelve hacia mí.

– Por aquí empezamos a tener sed… -me dice.

– Ya voy.

Sigue jugando. Ella le hace sentir incómodo. ¿Por qué no me he dado cuenta de eso antes? Por eso no me cae bien. Él está acostumbrado a la forma en que las mujeres reaccionan ante él. Yo lo he visto muchas veces y él no suele darle importancia. Pero que le toquen es otra cosa. Bien, la señora Grey al rescate.

Sirvo el vino rápidamente, cojo las tres copas y voy corriendo a salvar a mi caballero en apuros. Le ofrezco una copa a Gia y me coloco entre ella y Christian. Ella me sonríe educadamente al coger la copa. Le paso la segunda copa a Christian, que la coge ansioso, con una expresión de gratitud divertida.

– Salud -nos dice Christian a las dos, pero mirándome a mí. Gia y yo levantamos las copas y respondemos al unísono. Le doy un sorbo al vino que me sienta de maravilla.

– Ana, ¿tienes objeciones sobre la pared de cristal? -me pregunta Gia.

– Sí. Me encanta, no me malinterpretes. Pero prefiero que la incorporemos de una forma más orgánica a la casa. Yo me enamoré de la casa como estaba y no quiero hacer cambios radicales.

– Ya veo.

– Quiero que el diseño sea algo armonioso… Más en consonancia con la casa original. -Miro a Christian, que me observa pensativo.

– ¿Sin grandes reformas? -me pregunta.

– Exacto. -Niego con la cabeza para enfatizar lo que quiero decir.

– ¿Te gusta como está?

– En su mayor parte sí. En el fondo siempre he sabido que solo necesitaba unos toques de calor humano.

Los ojos de Christian brillan con ternura. Gia nos mira a los dos y se ruboriza.

– Está bien -dice-, creo que sé lo que quieres decir, Ana. ¿Y qué te parece si dejamos la pared de cristal, pero la ponemos mirando a un porche más grande para seguir manteniendo el estilo mediterráneo? Ya tenemos la terraza de piedra. Podemos poner pilares de la misma piedra, muy separados para que no se pierda la vista. Y añadir un techo de cristal o azulejos como los del resto de la casa. Así conseguimos una zona techada y abierta donde comer o sentarse.

Tengo que reconocerlo… Esa mujer es buena.

– O en vez del porche podemos incorporar unas contraventanas de madera del color que elijáis a las puertas de cristal. Eso también puede ayudar a mantener ese espíritu mediterráneo -continúa.

– Como los postigos azules que vimos en el sur de Francia -le digo a Christian, que me mira fijamente. Le da un sorbo al vino y se encoje de hombros, sin hacer ningún comentario. Mmm… No le gusta esa idea, pero no la rechaza, ni se ríe de mí, ni me hace sentir estúpida. Dios mío, este hombre es una contradicción en sí mismo. Me vienen a la cabeza sus palabras de ayer: «Quiero que la casa sea como tú desees. Lo que tú desees. Es tuya». Quiere que yo sea feliz, feliz en todo lo que hago. En el fondo creo que lo sé, pero es solo que… Freno en seco. Ahora no es momento de pensar en la discusión. Mi subconsciente me mira enfadada.

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