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Aire muerto [Dead Air - es]

Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:

Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.
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Luego pensé en Celia. Dios mío, Merrial. Quizá Merrial estaba detrás de lo que acababa de ocurrir.

No sé quién había imaginado que podría querer secuestrarme y llevarme al East End para… lo que fuera, pero desde luego el marido de Celia era el sospechoso número uno. ¿Por qué no se me había ocurrido de inmediato? ¿Podría tener algo que ver todo este asunto con Celia y conmigo? ¿Nos habían descubierto?

Creíamos que habíamos sido muy precavidos, pero ¿cómo estar seguros?

Mierda. ¿Debería llamar al número de móvil que tenía sin que Celia lo supiera y avisarla?

Pero si no tenía nada que ver con ella, con nosotros, y Celia descubría que le había copiado el número sin su permiso, sin decírselo…

Sí, pero si la situación estaba relacionada con lo nuestro, era más que posible que una llamada de teléfono le salvara la vida.

—A propósito, me llamo Ken —le dije al tipo que conducía el taxi, un blanco fornido con una mata de pelo teñida de rojo. Había preferido sentarme a su lado en lugar de en la parte de atrás. Nos dimos la mano.

—Dave.

—Dave, tengo una petición algo curiosa.

—¿Ah, sí? ¿Cuál?

—¿Me dejas el móvil? Tengo uno, pero necesito usar otro. Por favor. Añadiré cinco libras a la carrera. Es importante.

—Ten.

—Eres un santo.

Saqué mi móvil, busqué el número grabado de Ceel que nunca había usado y lo marqué en el teléfono Sony de Dave.

«El teléfono móvil al que llama está apagado…»

Otro par de intentos con idéntico resultado. No saltaba el buzón de voz ni ningún servicio de mensajería.

—Gracias —le dije a Dave devolviéndole el teléfono—. No he conseguido conectar. —Titubeé—. Oye, Dave, lo que he dicho de las cinco libras… Serán diez, pero en el poco probable supuesto de que una mujer… cualquiera… te telefonee acerca de una llamada hecha, pongamos, ahora, di que te equivocaste de número o algo así.

—No me has visto nunca, nunca he estado aquí —citó el tipo con una sonrisa—. Antes trabajaba en un bar, tío; mentir a la peña que busca a alguien por teléfono me sale sin pensar.

—Ya, bueno, gracias.

Después intenté hablar con Amy por mi teléfono, pero en el móvil saltaba el buzón de voz y en el fijo de su casa de Greenwich el contestador, con un montón de mensajes acumulados. Suspiré y llamé a Craig. Estaba en casa, viendo la tele y a punto de irse a dormir.

—Veamos, Dave. Cambio de destino…

Volví a intentar conectar con el móvil de Celia desde una cabina cerca de casa de Craig en Highgate. Nada.

—Deberías ir a la policía —insistió Craig, consultando el enorme plano callejero de Londres que había desplegado sobre la mesa de la cocina para ver si lográbamos encontrar el lugar donde había ocurrido todo. Imbécil de mí, no se me había ocurrido apuntar el número ni el nombre de la empresa del taxi con el que había escapado. Lo primero que recordaba del trayecto era ver el cartel de la estación de Stratford a mano izquierda mientras avanzábamos en dirección a Essex—. Informa de lo ocurrido. Por lo que pudiera pasar.

—¿Por lo que pudiera pasar? —repetí.

—Suponiendo que ocurra algo más y que sea algo en lo que la poli tome partido, si sale a relucir lo que ha ocurrido esta noche querrán saber por qué no lo mencionaste. Tienes que denunciarlo, tío. Quizá la poli pueda enterarse de si reparan la ventanilla de un taxi viejo en los próximos días.

—Dudo que ahora mismo un secuestro no consumado se incluya en su lista de prioridades; además, a lo largo de los años he dicho un par de cosas no muy halagadoras sobre los chicos de azul —apunté. Confiaba que en tono neutro.

Seguía temblando y me dolía la pierna donde había golpeado contra la ventana; en un par de días luciría un espléndido cardenal. Notaba unos cuantos dolores misteriosos más, molestias, rasguños y magulladuras que no recordaba haberme hecho en medio de la confusión, y además tenía pequeños cortes en manos y dedos de agarrarme a la ventanilla. Craig me había dado una botella de agua oxigenada y un trapo para que me las apañara.

—Ya lo sé —dijo—. Pero, aun así, tienes que denunciarlo.

—¿Qué podría ocurrir exactamente? ¿En qué estabas pensando?

—No lo sé. —Craig desperezó su desgarbada figura contra la silla de cocina y apoyó las manos en la nuca—. ¿No tienes ni idea de quiénes eran?

—Dos blancos del sudeste de Inglaterra, tal vez londinenses. Había un tipo llamado Danny al que no llegué a ver. Me llevaban a algún lugar del East End y el conductor parecía conocer la zona. Supuse que era taxista, en vista de sus conocimientos. Estábamos… —Señalé el mapa que teníamos delante—. Por ahí.

—¿Sospechosos? ¿Motivos? —preguntó Craig con una sonrisa.

—Deja de disfrutar con todo esto, cabrón.

—Que no, lo digo en serio. ¿Se te ocurre algún sospechoso o motivo posible?

—Joder, ¿los quieres en orden alfabético o de aparición? El mundo se compone básicamente de gente que quiere verme muerto y amigos íntimos.

—No estoy seguro de que ambas categorías se excluyan mutuamente.

—Vete a la mierda.

—Resulta un poco paranoico, incluso tratándose de ti.

—Craig, he perdido la cuenta de las amenazas de muerte que he recibido a lo largo de los años. La poli ya tiene un formulario fotocopiado con todos mis datos. La gente que abre mi correo cobra un plus de peligrosidad. No es broma.

—Según tú, ese plus era dinero sucio.

—Vale, en general son tonterías, nada de bombas, pero aun así… La cuestión es que montones de personas han afirmado que quieren verme muerto y eso contando solo los que sienten el deseo incontenible de contármelo. Podría tratarse de fundamentalistas de cualquier rama, un trabajo organizado…

Craig soltó unas risillas.

—Anda ya.

—¿Cómo? He influido en el precio de las acciones de grandes empresas. Eso es un delito capital.

—Ya, ja, ja. Me parto de risa. Pero no, no lo has hecho. Tú solo, no. No eres periodista de investigación ni nada por el estilo, Ken. Eres polemista. Comentas lo que otros desentierran. Si no fueras tú, sería cualquier otro; los que descubren las noticias, por ejemplo. Detective privado, Mark Thomas… No sé. Rory Bremner, es decir… Joder, hace décadas que intentan acabar con Detective. Si Maxwell no pudo hacerlo, ni tampoco Jimmy Goldsmith… O sea, ¿por qué iba nadie a tomarse la molestia de intentar matarte?

—¿Tú le encuentras sentido a algo de lo que has dicho?

—Estoy cansado —dijo sacudiendo una mano—. Llevo toda la tarde descubriendo conspiraciones de alcance nacional.

—¿Has oído algunas de las cosas que he dicho de la gente? ¿De los fundamentalistas, en particular?

—Los fundamentalistas no escuchan tu programa.

—Jomeini no se leyó Los versos satánicos. ¿Y qué?

—Bueno, a mí no me parecen fundamentalistas, ¿no crees? Blancos, hombre y mujer, un tal Danny.

—En eso llevas razón. —Dejé el porro agotado en el cenicero—. Al menos no parecen fundamentalistas islámicos. Podrían ser fundamentalistas cristianos; de la milicia de Nación Aria o así. No puede ser que estén todos haciéndose pajas con fotos de Ayn Rand y sacándole brillo a sus Águilas del Desierto en Dakota del Sur. —Me seguía temblando la mano—. Tío, de veras que necesito un trago.

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