La otra cara de la verdad
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:
Vianello apretó los labios y recuperó las fotos. Las puso en fila, ordenándolas de modo que pudiera seguirse la secuencia de izquierda a derecha, según la cámara se acercaba al cadáver. La primera mostraba un radio de dos metros alrededor del cuerpo y la segunda un radio de un metro. En las dos estaba claramente visible, en el ángulo inferior izquierdo, la mano de Guarino con el brazo extendido. En la primera foto la mano yacía sobre una superficie de barro despejada. En la cuarta, se veía una colilla a unos diez centímetros de la mano. Ocupaban la última foto la cabeza y el pecho de Guarino, con el cuello y la pechera de la camisa empapados en sangre. Vianello no pudo menos que remitirse al baremo universaclass="underline"
– Ni Alvise habría podido hacer mayor desastre.
Finalmente, Brunetti dijo:
– Eso debe de ser: el factor Alvise. Estupidez y error humanos -Vianello fue a decir algo, pero Brunetti prosiguió-: Ya sé que, en cierto modo, sería preferible atribuirlo a conspiración, pero creo que es la chapuza habitual.
Vianello reflexionó, se encogió de hombros y dijo:
– Las he visto peores -al cabo de un momento, preguntó-: ¿Qué dice el informe?
Brunetti desdobló las hojas, empezó a leer y fue pasándolas a Vianello. La muerte había sido instantánea, desde luego: la bala había atravesado el cerebro y salido por la mandíbula. El proyectil no había aparecido. Seguían especulaciones acerca del calibre del arma, y el informe terminaba con la escueta indicación de que el barro adherido a las solapas y el pantalón de Guarino tenía una composición distinta del que se hallaba debajo del cadáver, con mayor contenido en cadmio, radio y arsénico.
– ¿Mayor contenido? -preguntó Vianello devolviendo las hojas a Brunetti-. Que Dios nos asista.
– Nadie más lo hará.
El inspector no pudo sino levantar las manos en ademán de claudicación.
– ¿Qué hacemos ahora?
– Nos queda la signorina Landi -dijo Brunetti, para desconcierto del ispettore.
Capítulo 22
Brunetti y la dottoressa Landi se encontraron al día siguiente en la estación de Casarsa, elegida de común acuerdo por hallarse a mitad de camino entre Venecia y Trieste. Brunetti, al sentir el calor del sol, se paró en la escalinata de la estación e, imitando a los girasoles, volvió la cabeza en dirección al astro cerrando los ojos.
– ¿Comisario? -gritó una voz de mujer desde la fila de coches aparcados frente a él.
El comisario abrió los ojos y vio apearse de un coche a una mujer morena y menuda. Observó, primero, que su negro cabello, cortado a lo chico, relucía de gel y, después y a pesar de la parka de plumón, que su figura era esbelta y juvenil.
Él bajó la escalera y fue hacia el coche.
– Dottoressa -dijo ceremoniosamente-. Le agradezco que haya accedido a esta entrevista.
La mujer, que apenas le llegaba al hombro, parecía tener poco más de treinta años. El escaso maquillaje que llevaba había sido aplicado descuidadamente y la mayor parte del rojo de labios había desaparecido. El día era soleado en Friuli, pero ella entornaba los párpados por algo más que el sol. Facciones regulares, nariz ni grande ni pequeña: una cara que sólo llamaba la atención por el peinado y por la evidente tensión que reflejaba.
Él le estrechó la mano.
– He pensado que podríamos ir a algún sitio para hablar -dijo la mujer. Tenía una voz agradable, quizá con un ligero acento toscano.
– Desde luego -respondió Brunetti-. Apenas conozco la zona.
– Me temo que no haya mucho que conocer -dijo ella subiendo al coche. Cuando ambos se hubieron abrochado el cinturón, ella puso el motor en marcha diciendo-: Hay un restaurante no muy lejos de aquí -y añadió, con un escalofrío-: Hace mucho frío para quedarse en la calle.
– Como usted prefiera -dijo Brunetti.
Cruzaron el centro de la ciudad. Brunetti recordó que Pasolini era de aquí pero había escapado, a causa de un escándalo. A Roma. Mientras circulaban por la estrecha calle, Brunetti pensó que Pasolini había tenido mucha suerte al verse obligado a salir de esta bien ordenada mediocridad. ¿Cómo vivir en un lugar semejante?
Salieron de la ciudad por una autovía flanqueada de bloques de viviendas, tiendas y locales comerciales. Los árboles estaban desnudos. Qué sombrío era aquí el invierno, pensaba Brunetti. Y entonces imaginó lo sombrías que debían de ser también las otras estaciones.
Como no era experto en la materia, Brunetti no habría podido decir si la mujer conducía bien. Torcían a izquierda y derecha, pasaban rotondas y entraban en carreteras secundarias. A los pocos minutos, él estaba completamente desorientado y no habría podido señalar en qué dirección quedaba la estación ni aunque de ello hubiera dependido su vida. Pasaron por delante de un pequeño centro comercial con una gran tienda de óptica y enfilaron otra carretera bordeada de árboles desnudos. Torcieron a la izquierda y entraron en un aparcamiento.
La dottoressa Landi paró el motor y se apeó sin decir nada. Tampoco había hablado en todo el trayecto, y Brunetti, ocupado en observar las manos de la mujer y el modesto paisaje, no había roto el silencio.
En el interior, un camarero los llevó a una mesa de un rincón. Por el comedor, que contenía una docena de mesas, se movía otro camarero, poniendo cubiertos y servilletas y apartando o acercando las sillas a las mesas. De la cocina llegaba aroma a carne asada, y Brunetti reconoció el penetrante olor a cebolla frita.
Ella pidió un caffé machiato y lo mismo pidió Brunetti.
La mujer colgó la parka del respaldo y se sentó, sin esperar a que le sostuvieran la silla. Brunetti se acomodó frente a ella. La mesa estaba puesta para el almuerzo y la signorina Landi retiró cuidadosamente la servilleta hacia un lado, depositó encima el tenedor y el cuchillo y apoyó los antebrazos en la mesa.
– No sé cómo encarrilar esto -empezó Brunetti, deseoso de ahorrar tiempo.
– ¿Qué opciones tenemos? -preguntó ella. Su expresión no era amistosa ni hostil, con una mirada franca y desapasionada, como la del joyero que se dispone a valorar una pieza frotándola contra la piedra de toque de su inteligencia, para averiguar el oro que contiene.
– Yo doy un dato y usted da un dato, luego yo doy otro dato y usted otro, y así sucesivamente. Como en una partida de cartas -sugirió Brunetti medio en broma.
– ¿O si no? -preguntó ella con ligero interés.
– O, si no, uno dice todo lo que sabe y el otro hace lo mismo.
– Eso da una gran ventaja al segundo, ¿no le parece? -preguntó ella, pero con una voz más afable.
– A no ser que el primero mienta, desde luego -respondió Brunetti.
Ella sonrió por primera vez y rejuveneció.
– ¿Empiezo yo? -preguntó.
– Por favor -dijo Brunetti. El camarero les llevó los cafés y dos vasos de agua pequeños. Él observó que la dottoressa no echaba azúcar en el café, pero, en lugar de beber, se quedaba mirando la taza dando vueltas al líquido.