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La otra cara de la verdad

Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:

Cuando el comisario Brunetti conoce a Franca Marinello, esposa de un hombre de negocios veneciano, descubre que está lejos de ser la rubia superficial que el vestuario caro y el notorio lifting facial hacían prever. Su evidente operación estética pasa a un segundo plano cuando en su conversación alude a Cicerón y Virgilio. Varios días más tarde, Filipo Guarino, jefe local de los carabinieri, acude a Brunetti para investigar la muerte del dueño de una compañía de camiones, presuntamente relacionada con el transporte ilegal de residuos y la llamada ecomafia. Las pesquisas del comisario demuestran que la deslumbrante Franca Marinello ha estado en contacto con el principal sospechoso, un hombre siniestro con un violento pasado. Pero la verdad siempre tiene un lado oculto.
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– ¿Y ella hace eso?

– Al parecer sí, señor.

Brunetti dijo tan sólo:

– Ya -la nieve había desaparecido del tejado de la iglesia, y él creyó ver que salía vapor de las tejas-. Muchas gracias, signorina.

* * *

Franca Marinello y Antonio Bárbaro. Una mujer sobre la que creía saber algo y un hombre sobre el que quería saber mucho más. ¿Quién había dicho que ella había tratado de impresionar a Brunetti? ¿Paola?

¿Tan fácil era impresionarle?, se preguntaba. ¿Bastaba con hablarle de libros y hacer como si supieras lo que dices para que Brunetti cayera en tus manos como higo maduro? Decirle que Cicerón te enamora y luego irte a cenar con… ¿con quién y para hacer qué? ¿Cómo era la expresión que usaban los norteamericanos refiriéndose a hombres como Bárbaro? ¿Un tipo duro? En la foto Bárbaro no parecía duro: parecía insustancial.

Pensando en su conversación con Franca Marinello, Brunetti tuvo que reconocer que, aun después de estar horas sentado frente a ella, en ciertos momentos, su cara seguía impresionándole. Si decías algo que la divertía, sólo podía leérsele en los ojos o en el tono de la respuesta. Y, si la hacías reír, su cara permanecía tan inmóvil como cuando le hablabas de tu odio hacia Marco Antonio.

Ella tenía treinta y tantos años y su marido le doblaba la edad. ¿No desearía, de vez en cuando, la compañía de un hombre más joven, el contacto de un cuerpo más vigoroso? ¿A él le había impresionado tanto la cara que había olvidado el resto?

Pero, ¿por qué ese hampón?, se preguntaba Brunetti una vez y otra. Él y Paola conocían los entresijos de la ciudad lo bastante como para hacerse una idea de cuáles eran las esposas de hombres ricos y poderosos que buscaban solaz en brazos que no eran los del marido. Pero esas cosas solían quedar entre amigos y conocidos, de manera que la discreción estaba asegurada.

Pero, ¿y lo del secuestro que ella decía temer? Quizá Brunetti se había dado mucha prisa en descartar la historia del intruso informático; y quizá el rastro de la intrusión no lo había dejado la signorina Elettra sino otra persona, deseosa de enterarse de la cuantía de la fortuna de Cataldo. Desde luego, los antecedentes de Bárbaro sugerían que no tendría escrúpulos en intentar un secuestro, pero no parecía que una investigación por ordenador pudiera ser su manera de iniciar la operación.

El conte Falier había comentado, años atrás, que él no había conocido a nadie que se resistiera al halago. Entonces Brunetti era más joven y lo había tomado como una observación acerca de una táctica que el conte aprobaba, pero, con el tiempo, al conocer mejor a su suegro, comprendió que la frase no era sino otra de las implacables sentencias del conte acerca de la naturaleza humana. «Franca Marinello se esforzaba por impresionarte», oía de nuevo la voz de Paola. Dejando aparte la compasión que le inspiraba la mujer, ¿cuánto de lo que ella le había dicho podría creer? ¿Le habría seducido el que ella hubiera leído los Fastos de Ovidio y él no?

Capítulo 21

Brunetti llamó a la oficina de los agentes y preguntó por Vianello. El ispettore no estaba, pero el que contestó al teléfono pasó la llamada a Pucetti. Ahora todos sabían ya que, en ausencia de Vianello, el comisario preguntaba por Pucetti.

– ¿Puede subir un momento? -dijo Brunetti.

Parecían no haber transcurrido más que unos segundos después de que Brunetti colgara cuando Pucetti abría la puerta y entraba en el despacho, con las mejillas coloradas, como si hubiera subido la escalera corriendo, o volando.

– ¿Sí, comisario? -dijo ansiosamente, como si ya tirase de la correa, ansioso por salir de la oficina o, cuando menos, dejar lo que estuviera haciendo.

– Gilda Landi -dijo Brunetti.

– ¿Sí, señor? -preguntó Pucetti sin dar señales de sorpresa sino sólo de curiosidad.

– Funcionaría civil de los carabinieri. Mejor dicho, supongo que civil y supongo que de los carabinieri, pero quizá no. Quizá del Ministerio del Interior. Vea si puede enterarse de dónde trabaja y, si es posible, qué hace.

Pucetti alzó una mano en un esbozo de saludo y se fue.

Aunque no existía razón para ello, salvo la de que había pasado buena parte de la mañana pensando en otra mujer, Brunetti llamó a Paola y le dijo que no iría a almorzar. Ella no hizo preguntas, circunstancia que preocupó a Brunetti más que si hubiera protestado. Salió de la questura solo y bajó a Castello, donde comió muy mal en una trampa para turistas de la peor especie y salió sintiéndose estafado y, al mismo tiempo, redimido, como si hubiera expiado una deslealtad para con Paola.

Al volver a la questura, entró en la oficina de los agentes, pero no vio a Pucetti. Fue al despacho de la signorina Elettra, a la que encontró frente al ordenador. Detrás de ella estaba Pucetti, con la mirada puesta en la pantalla.

Al ver a Brunetti, el agente dijo:

– He tenido que pedir ayuda. Yo solo no podía. Si en un punto hubiera…

Brunetti lo interrumpió levantando una mano.

– Está bien. Debí decirle que le preguntara -y, dirigiéndose a la signorina Elettra, que le había mirado un momento-: No quería darle más trabajo. No pensé que eso fuera tan… -dejó la frase sin terminar. Les sonrió, y se le ocurrió que, en la questura, ellos dos eran como sus hijos ficticios, y Vianello, el tío de ambos. ¿Y quién sería Patta? ¿Un abuelo chiflado? ¿Y Scarpa, el malévolo hermanastro? Sustrayéndose a estos pensamientos, preguntó-: ¿Han podido encontrarla?

Pucetti dio un paso atrás, dejando el primer término a la signorina Elettra.

– He empezado por el Ministerio del Interior -dijo ella-. Es fácil acceder a su sistema, hasta cierto nivel -hablaba en tono puramente descriptivo, sin darse aires de superioridad, criticando la falta de rigor de algunas agencias en la protección de su información-. Pero, en un punto, me he encontrado bloqueada y he tenido que volver atrás para buscar otra vía de acceso -al observar la expresión de Brunetti, dijo-: Pero los detalles no interesan, ¿verdad?

Brunetti miró a Pucetti y vio el gesto con que el joven la contemplaba. Aquella expresión la había visto por última vez en la cara de un drogadicto, cuando le arrancó la aguja de la mano y la aplastó con el tacón.

– … brigada especial formada para investigar el control de la Camorra sobre el negocio de los residuos, y resulta que la signorina Landi trabaja en el Ministerio del Interior desde hace tiempo.

Intuyendo que esto era lo menos que ella tenía que decir, Brunetti preguntó:

– ¿Qué más ha averiguado sobre ella?

– Es funcionaría civil, en efecto, licenciada en Ingeniería Química por la Universidad de Bolonia.

– ¿Y sus funciones?

– Por lo que he podido encontrar hasta que… Hace los análisis químicos de lo que los carabinieri encuentran o consiguen embargar.

– ¿Qué iba a decir? -preguntó Brunetti.

Ella miró fijamente a Brunetti y luego a Pucetti antes de responder.

– Es lo que he podido encontrar hasta que se ha interrumpido la conexión.

Con un sobresalto, Brunetti se volvió hacia la puerta del despacho de Patta. La signorina Elettra, al advertirlo, dijo:

– Esta tarde el dottor Patta tenía una reunión en Padua.

Recordando la vacilación que ella había tenido, Brunetti preguntó:

– ¿Cómo debe entender un ignorante eso de que se ha interrumpido la conexión?

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