La otra cara de la verdad
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La otra cara de la verdad». Краткое содержание книги:
A partir de aquí, la nieve casi había desaparecido y, cuando Brunetti desembarcó en San Zaccaría, quedaba tan poca que las botas ya eran un estorbo, además de una afectación.
El guardia de la puerta le dedicó un saludo indolente. Brunetti preguntó por Vianello y el agente le dijo que el ispettore no había llegado todavía. Tampoco, el vicequestore, lo cual no sorprendió al comisario, que imaginaba a Patta en su casa, todavía en pijama, esperando a que alguien le escribiera una nota para comunicar que llegaría con retraso por culpa de la nieve.
Brunetti fue al despacho de la signorina Elettra.
Cuando él entró la joven dijo, sin preámbulos:
– No me dijo que había visto una foto de él -ella llevaba un vestido negro y una chaqueta de seda de un naranja de hábito budista, que contrastaba con la gravedad de su tono.
– Sí -respondió él sobriamente-, vi una foto.
– ¿Sufrió? -esta pregunta causó en Brunetti un cierto alivio, ya que indicaba que ella sabía de la existencia de la foto pero no la había visto.
Brunetti se resistió al impulso de tratar de suavizar la realidad, y sólo dijo:
– Fue instantáneo. Debieron de pillarlo por sorpresa.
– ¿Cómo lo sabe? -preguntó ella.
Él recordó a Guarino tendido en el suelo con la mandíbula destrozada.
– No hacen falta explicaciones. Créame y no insista.
– ¿Qué era él?
La pregunta desconcertó a Brunetti por tantas respuestas como acudían a su cabeza. Era un carabiniere. Era un hombre en el que Avisani confiaba plenamente. Investigaba el transporte ilegal de residuos, aunque poco más que eso sabía Brunetti de la investigación. Buscaba a un hombre de genio vivo, jugador al que no le gustaba perder, que podía llamarse Antonio Bárbaro. Estaba separado.
Mientras pasaba revista mentalmente a estas circunstancias, Brunetti tuvo que reconocer que no dudaba de nada de lo que le había dicho Guarino. Había rehuido ciertas preguntas, pero Brunetti comprendía que todo lo que le había dicho era verdad.
– Creo que era un hombre honrado -dijo.
Ella no respondió a esto, pero dijo:
– No cambia nada tener la foto, ¿verdad? -Brunetti negó con un gruñido, y ella añadió-: Pero, en cierto modo, sí. Lo hace más real.
A la signorina Elettra pocas veces le faltaban palabras, y tampoco Brunetti encontraba la frase adecuada. Quizá no la había.
– Aunque no era eso lo que quería decirle -empezó ella, pero, antes de que pudiera continuar, oyeron pasos y, al volverse, vieron a Patta, pero un Patta vestido como habría podido vestirse el capitán Scott de haber tenido tiempo y ocasión de equiparse en las tiendas de la Mercería. La parka beige, con capucha ribeteada de piel, desabrochada con negligencia, dejaba ver el forro y una americana Harris de espiguilla y suéter de cuello vuelto color vino, con aspecto de cachemir. Las botas de caucho eran como las que Raffi había enseñado a Brunetti en el escaparate de Duca d'Aosta la semana antes.
La nieve, que había alegrado el ánimo de casi todas las personas que Brunetti había visto camino del trabajo, parecía haber tenido en Patta el efecto contrario. El vicequestore saludó a la signorina Elettra con un movimiento de la cabeza que, tratándose de ella, nunca era seco, pero, hoy, tampoco parecía amistoso, y dijo a Brunetti:
– Venga a mi despacho.
Brunetti siguió a su superior y esperó a que éste se despojara de la parka, que puso en una de las sillas situadas frente a su mesa, con el forro por la parte de fuera, exhibiendo los cuadros Burberrys, y ofreció la otra silla a Brunetti.
– ¿Esto va a traer problemas? -dijo Patta sin preámbulos.
– ¿Se refiere al asesinato, señor?
– Naturalmente que me refiero al asesinato. Un carabiniere, un maggiore, nada menos, asesinado en nuestra jurisdicción. ¿Qué está pasando? ¿Es que pretenden endosárnoslo?
Brunetti no sabía si tomar las preguntas como meramente retóricas, pero la confusión y la indignación de Patta le parecieron lo bastante auténticas como para arriesgarse a responder:
– No, señor; no sé qué ocurre, pero dudo que quieran que intervengamos. El capitán con el que hablé ayer, el mismo que le llamó a usted según creo, dejó bien claro que ellos solicitan la jurisdicción.
El alivio de Patta era visible.
– Bien, pues para ellos. No comprendo cómo pudo pasarle esto a un oficial de carabinieri. Parecía una persona sensata. ¿Cómo pudo hacerse matar de ese modo?
Las respuestas sarcásticas se agolpaban en la lengua de Brunetti, como las furias que acosaban a un Orestes enloquecido por el arrepentimiento, pero él las ahuyentó y se limitó a decir:
– Imposible saber cómo ocurrió. Quizá eran más de uno.
– Aun así… -dijo Patta y se interrumpió, dejando en el aire el reproche por la imprudencia.
– Si a usted le parece que es lo mejor para nosotros, señor… -empezó Brunetti, con una voz en la que vibraba toda una sinfonía de reservas-. Aunque quizá… No; vale más que se encarguen ellos.
Patta lo acometió como un hurón.
– ¿Qué pasa, Brunetti?
– Cuando yo hablé con él -empezó Brunetti con ostensible reticencia-, Guarino me dijo que tenían a un sospechoso del asesinato de Tessera -y, antes de que Patta pudiera preguntar, añadió-: El del transportista. Fue antes de Navidad.
– No soy idiota, Brunetti. Leo los informes.
– Desde luego, señor.
– Bien. ¿Y qué dijo ese carabiniere?
– Que no había comunicado a sus compañeros el nombre de su sospechoso -dijo Brunetti.
– Eso es imposible. Naturalmente que se lo diría.
– No estoy seguro de que se fiara de ellos totalmente -lo cual podía muy bien ser verdad, aunque Guarino no lo había dicho.
Brunetti observaba a su superior mientras Patta decidía fingir que tal cosa lo sorprendía. Antes de que pudiera expresar su incredulidad, Brunetti prosiguió:
– Me lo dio a entender -mintió.
– A usted no le dijo el nombre, ¿verdad? -preguntó Patta secamente.
– Sí, señor -dijo Brunetti sin explicación.
– ¿Por qué? -fue casi un alarido.
Brunetti sabía que, si sugería que Guarino confió en él porque lo consideraba honrado, Patta no lo comprendería, por lo que respondió:
– Él había detectado injerencias en su investigación. Dijo que ya había ocurrido otras veces. Quizá consideró más probable que nosotros hiciéramos una investigación más meticulosa. Y, quizá, descubriéramos al asesino -Brunetti fue a sugerir más, pero la prudencia le aconsejó dejar que Patta considerara las ventajas. En vista de que Patta no respondía, decidió jugarse el todo por el todo-: Debo darles el nombre. No tengo alternativa, ¿verdad, señor?
Patta estudiaba la superficie de su mesa como el adivino lee los augurios.
– ¿Creyó usted lo que él le dijo del sospechoso? -preguntó finalmente.
– Sí, señor -no era necesario hablar de la foto ni de la visita al Casino. Patta no era detallista.
– ¿Cree que podemos continuar con esto sin que ellos sepan lo que hacemos? -el uso del plural bastó para indicar a Brunetti que su superior ya había decidido continuar con la investigación. Ahora Brunetti debía asegurarse de que se la encargara a él.
– Guarino pensaba que nosotros teníamos la ventaja de conocer el medio -Brunetti hablaba como si ni Patta ni Scarpa fueran sicilianos.
Con voz reflexiva, Patta dijo:
– Me gustaría poder hacer eso.
– ¿Qué, señor?
– Arrancarles el bocado a los carabinieri. Primero, Mestre nos quita la investigación del asesinato y, ahora, los carabinieri quieren quitarnos también esto -el hombre de acción había sustituido al especulativo, olvidando la complacencia que sintió al pensar que no deberían encargarse de la investigación-. Ahora verán que no pueden hacer eso; no mientras yo sea vicequestore de esta ciudad.